El tutorial y yo

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por  Janis Jacobo

Lo único que no quería era arruinar la navidad.

Y fallé.

Cada año, algo sucede, por su puesto en mi contra, por mi culpa, por esforzarme, por no hacerlo, porque sigo las tradiciones, porque quiero ser moderna, en fin, nada funciona, justo ahora hay cinco infantes llorando desconsolados bajo el árbol de navidad y por su puesto yo soy la causa.

No sé cuál fue mi error. Incluso este año conseguí un manual.

Hace un mes exacto que me venía preparando para la fiesta de Navidad.

Conchis, de Adquisiciones, es la mujer más ducha en cosas de tecnología, y a mí desde niña me dijeron – “para cada cáscara hay un puerco” – siempre recuerdo a mi padre con ese sabio consejo, por lo que ni tarda ni perezosa, me acerqué a la Conchis, en busca de ayuda precisa, le dije – Conchis, tú que le sabes a eso de la computación, a ver métete a navegar y búscate algo que me diga cómo tener la fiesta de navidad perfecta, quiero que mi familia tenga el sentimiento que se debe tener en esos días y no que les de pena ajena – entonces la Conchis me dijo – Pues mira Bertha, hoy en día, aquí se encuentra todo, pero debes saber lo que quieres, porque entre más específico eres, mejores resultados tienes – no se burlen, así habla la Conchis, le gusta eso de la rimada, conste que dije rimada no arrimada, es que se siente la muy medieval que por algo del siglo del oro o de los loros, no sé, algo por el estilo, y siempre se me queda grabadito lo que dice, suena a música, en fin, entonces le contesté, – Pues mira Conchis, no sé cómo decirlo en específico, es que es algo muy variado, a mí eso de la mala suerte se me da en todo, se me quema la cena, se me olvida que mis yernos tienen como treinta mil cuatrocientas treinta y tres alergias o le cambio el nombre a alguien en la casa, se me salen las lágrimas, o un pedo, y una vez hasta la chichi, o el juanete, pero siempre se me sale alguna cosa, además, cada año, hay un bebé nuevo, y eso me saca de quicio, parecemos orfanato, mis hijas no saben lo que es la educación sexual, y se embarazan a cada rato y a mí los chamaquitos, ya con mis años me ponen bastante nerviosa – entonces me dice – bueno Bertha, te haré llegar un tutorial que sin duda tu vida habrá de mejorar – y le digo, – a ver Conchis, primero explícame ¿qué fregados es eso de un tutorial, me vas a mandar con un maestro, o quieres decir que por eso de que me quedé huérfana hace cinco años ahora un tutor es quien me manda? O ¿a qué te refieres? – y la Conchis dijo – Ay Bertita tan querida, señora de mi corazón, no me queda duda que una mula, fuiste en tu vida anterior – me sentí un poco insultada, pero no hay bronca, la vida sigue, entonces que me vuelve a decir – Un tutorial Bertha querida, es una guía sencilla y ordenada de indicaciones específicas para conseguir un fin – eso era justo lo que ocupaba, no iba a tener error, por eso, me fui a mi lugar bien contenta, y esperé a que la Conchis me diera el tutorial de cómo no arruinar la Navidad impreso en papel reciclado.

Ya que lo tenía en las manos miré los pasos a seguir, parecía sencillo, ‘no se andaba por las ramas’, diría mi padre, y eso me gustó.

Estudié con verdadero ahínco cada punto, hasta el día de hoy, Navidad, cuando comenzó el desastre.

El primer punto era: ‘Evita hablar de temas polémicos durante la cena’ pero, cómo iba a saber que el estatus de tu relación amorosa en Facebook es tema de polémica.

Me arrepiento de haberle pedido ayuda a mi hija Servanda para que mientras yo preparaba los buñuelos, pusiera que tengo una relación en Facebook con su papá; acabamos de descubrir esa cosa y pues queremos hacerlo bien, digo, por algo te preguntan tanto detallito, yo creo que cualquier persona civilizada contesta a las preguntas y ya.

Pero fue suficiente para que Servanda se pusiera a llorar a moco tendido y por poco en la masa de buñuelos, empezó a gritarle a su marido que se quedó más blanco que nada cuando volteó y la vio en ese estado. Servanda entre lágrimas, mocos y groserías le dijo que era el colmo que hasta sus padres entendieran la importancia del Facebook estos días y que mejor se pusiera listo porque eso de tenerla bloqueada en la famosa red social, lo único que hacía era arrojarla a lo brazos de un montón de hombres más hombres que él (así tal cual lo dijo mija) y pues que se arma el debate. No sabía que fuera algo tan importante.

Después, de eso me quedé un poco desanimada, no podía evitar sentirme culpable por haber provocado un ‘chow’ como ese en pleno día de Navidad, y bueno no sé fingir sonrisas si no las siento, soy bastante auténtica, y entonces recordé ya tarde, que uno de los puntos del tutorial era “No contagies tu depresión”, la cara larga de todos en la mesa era evidente. Qué mal me sentí.

Me levanté, fui a donde el árbol de navidad y quise empezar a repartir los regalos. En eso, tocaron a la puerta. Como estaba cerca yo fui a abrir. No lo podía creer, mi hermana Rosaura con sus cuatro hijos pequeños, me saludaban y sonreían poniendo en mis manos topers con sopa fría, tortillas y otros guisos – agradézcanle a la tía Bertha la invitación muchachos, por fin aceptas que las familias grandes son las más felices – no sabía qué hacer, por poco entro en pánico, me olvidé por completo que mi hermana nos visitaría, no había comida suficiente, ni dulces, ni sillas, y mucho menos regalos.

Mi nieto el más chillón de todos, Elvis Juan Diego, se me acercó y dijo – abuelita, por qué dejaste de repartir los regalos, yo quiero el mío – y empezó a jalonearme la blusa casi provocando el temido accidente de las chichis otra vez, por fortuna, no pasó, pero en ese momento todos contentos de nuevo pidieron que se hiciera la repartición de regalos. Mi hermana me miraba con agradecimiento y ansias, estaba en pleno divorcio, en plena crisis económica, y segura de que les compré algo a sus hijos, la verdad sí estaba obligada a hacerlo, puesto que me pagó para que lo hiciera, y me olvidé por completo. Me sentí una rata vieja de cloaca.

Fui al cuarto alegando que aún no terminaba la repartición. Traje mi bolsa y les di cien pesotes a cada mocoso. Me dolió en el alma, y aún así me hicieron caras de fuchis y empezaron a llorar – por qué Elvis Juan Diego tiene un carro y soldaditos y yo no – decía Fernando, quien es de la misma edad que Elvis, no le contestó su madre quien se veía bastante extraña, como si de pronto fuera a dejar salir algo horrible de su garganta, se veía como si quisiera explotar, y como la conozco, sabía que con mi olvido la había ofendido más de lo que era capaz de soportar.

-No cambias Bertha, eres una pinche vieja egoísta – Me dijo y se cayó el mundo entero.

Nadie supo qué hacer, nos quedamos inmóviles, el perro se quedó estupefacto, los niños se veían como mensos, y mis hijas y sus esposos se pusieron de mi lado en un segundo. –Vete de mi casa Rosaura – dijo mi hombre señalándola con un tenedor, se veía muy macho, no lo niego, sentí como que amor, pero también sabía que mi hermana lo dijo por lo mal que se sentía y tenía razón.

– No viejito, no le digas eso, es mi hermana yo reconozco que le fallé; perdóname Rosaura, vente ayúdame a servir la sopa que trajiste, mañana les compro sus mentados carritos, a tu niños, no hay que dejar que un olvido mío sea tan importante. – dije tratando de calmarla, los ojos se le veían chiquitos de tanto que los apretaba, sentí su odio; entonces, sin mirarme si quiera, agarró a sus niños, sus topers de comida, mi dignidad y pasó de largo. “No olvides que todos tenemos momentos apremiantes”, recordé ese punto del tutorial demasiado tarde.

Finalmente, solos de nuevo, mi pequeña gran familia y yo, seguimos con lo que quedaba de la navidad, ya eran las doce de la noche, nos abrazamos y dimos besos, fue un momento bonito, “Disfruta de la familia”, ese era el punto, al fin estaba disfrutando de la familia. Me sentí contenta.

-¿Qué les parece si vemos un rato la tele?- les dije a todos, y contentos respondieron que si, nos fuimos a la sala, nos acomodamos y en el momento de apretar el botón de encendido del control remoto, la televisión decidió descomponerse. Nos quedamos silenciosos, callados, segundos después se apagó la luz. – Seguramente hizo corto algún fusible o será por el frío – dije tratando de guardar la calma.

Mi marido salió al patio a revisar la caja de fusibles, todo estaba en orden. Abrió la puerta de la calle y echó un ojito para ver si había sido una falla en toda la calle o si se debía a que el cableado de la casa ya era viejo.

Y entonces me acordé. Me sentí verdaderamente mal, ¡Olvidé pagar la luz! No lo podía creer, y lo que menos me creía, era que hubiese gente tan cruel que nos quita lo básico en un día importante.

Mi marido, quien suele ser una persona de paz, amoroso, fiel, caballeroso y en fin, el hombre perfecto, me gritó sobre lo irresponsable que era, lo triste que parezco a la gente, y lo patética por mirar largas horas programación de Netflix. No puedo evitarlo, tengo una adicción con las series gringas sobre abogados ricos y audaces. Pero eso qué tenía que ver. Lo admito, a veces paso gran parte de la madrugada capítulo tras capítulo y me imagino lo diferente que habría sido mi vida de haber sido abogada, gringa, güera, alta, de ojos azules, inteligente, con dinero, y esas cosas que por azar del destino no fui. A mi esposo le molesta mucho que pase tanto tiempo viendo esos programas y ahora estaba más molesto porque no hice lo que tenía que hacer y nos quedamos en penumbras.

-Ay viejito, perdón, no sé qué me pasó, la verdad es que estaba preocupada preparando lo de esta fiesta y se me olvidó pagar – le dije haciendo mi mejor mirada de arrepentimiento, con ojos acuosos y todo. La verdad si me sentía mal, ya es una tradición para mí, así que ya nomás me quedaba esperar a ver qué más ocurrirá.

Entonces tuve una idea. En las series de abogados que me gusta ver, los problemas se resuelven casi de forma mágica en el momento en que empieza alguna música bonita y todos reflexionan sobre lo que pasó.

Empecé a cantar el villancico más bonito que recuerdo, ‘Rodolfo el reno’, (canta la canción) ahí estaba la solución, por algo dicen que la vida es mejor cantando, así que canté a todo pulmón en la sala oscura, con los aromas de la post navidad emergiendo en el aire; sabía lo ridícula que me veía, pero no podía parar de hacerlo. Si las cosas funcionan en el mundo, no es por otra cosa que la Navidad, los mismos programas gringos lo saben, la Navidad mueve montañas.

En los programas que suelo frecuentar, siempre hay un especial navideño, y en ese momento éramos nosotros los actores de nuestra propia serie.

Podía sentir que estaban a punto de unirse a mi canto los más jóvenes, entonces me levanté del sillón y comencé a dar brinquitos en la oscuridad. Era invisible para todos en ese momento.

Mis nietos comenzaron a bailar, mis hijas también, hasta mi esposo que finalmente olvidó el enojo, quiso unirse al bullicio.

Por fin estábamos disfrutando de la fiesta, hasta que me aventuré y me subí a la mesita de la sala. Nadie me veía, ya no cantaba la canción de Rodolfo, ahora mi hija menor Blanquita, había sacado su celular y puesto unas canciones que sin querer me hacían moverlo todo.

Definitivamente hasta este momento tengo dudas de si la sidra que nos vendieron en el súper no estaría adulterada, porque cuando me percaté de lo que hacía, bailando sobre la mesa y cantando ‘si necesita reggeton dale’ y moviéndome como una desenfrenada sexual, ya sólo pude sentir los flashazos de las cámaras de medio mundo en la sala, burlándose de mi.

Un frío recalcitrante me recorrió la espina. Todos mirando, riéndose de mi, los niños señalando e imitando a su abuela, era algo que mi pobre corazón ya nomás no soporta.

Me bajé de la mesa con ayuda de mi esposo, a quien en ese momento dije que lo odiaba por hacerme sentir ridícula, y pisoteé con singular alegría los regalos de mis nietos, que al instante pasaron de la burla desmedida, al llanto inconsolable.

No podía detenerme, ese sentimiento negativo se apoderó de mi alma en un segundo.

Después de un rato dejé de pisotear y entre los llantos, reclamos y gritos caminé directo a esta cocina que afortunadamente hoy me sirve de refugio, pocas personas quieren refugiarse en el desastre, pero yo soy así, no me molestan los trastes sucios, los restos de comida o el desorden.

Siempre supe que sería una de esas personas que funcionan mejor en grupos pequeños. No soy muy sociable, disfruto de los ratos con la televisión y con mis fantasías con abogados. No puedo negarlo, me encantan los hombres en traje, y no es que menosprecie a mi esposo, pero a él nunca le gusto usar trajes.

Hasta ahora me doy cuenta de lo diferentes que somos todos en mi familia, no coincido con ninguno.

Voy a tomar un poco más de cerveza a ver si se me baja el espanto. En este punto ya no sé si soy una esposa solamente o la ‘señora menopausia’ comienza a asomarse en mis arrugas.

Lo único que tengo muy en claro es que no sirven los esfuerzos, las cosas que tienen que pasar pasarán.

Escucho mucho silencio en la sala, a lo mejor me abandonaron. A lo mejor todos se fueron a dormir. No lo sé. Yo sí me siento cansada. La lección que aprendí y que espero compartan conmigo es que no hay mejor tutorial para casos como este en que lo único importante es dejar que todo fluya al natural, sin fotos, sin Facebook, sin regalos, hay que mantener las cosas simples.

Lástima que nadie más comprenderá mi posición. Les hice un favor a mis nietos al pisotear sus soldados.


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Janis Jacobo (Querétaro, 1987) Esta jovencita queretana egresó de la prestigiosa Licenciatura en Derecho de la Magnánima Universidad Autónoma de Querétaro. En el 2016, bajo el sello de Editorial El Humo, vertió sus primeras letras en el poemario Venimos de gente mala. Es posible encontrar sus bellas palabras, hechas cuento y poesía, en el Suplemento Cultural Panóptico, Semanario Tribuna, Aeroletras, el Humo, entre otras publicaciones.

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