Abuelita Dalia

por Paloma Guzmán

Cuando llegaba a casa de mi abuelita Dalia, me saludaba e inmediatamente me invitaba a comer cualquier cosa que hubiera en su cocina: un plátano, un taco de arroz con mole, un jarro de canela dulce.  Lo que fuera sabía delicioso.  Dar de comer me significa, gracias a ella, un acto de generosidad y bienvenida.  La conocí anciana, siempre sentada junto al fogón o junto a la lavadora  esperando a que terminara el ciclo para, con trabajos, levantarse a tender la ropa de su último hijo soltero. León tenía fama de no encargarse de la abuela, sino todo lo contrario: ser una carga, un mediocre que no le daba dinero, siempre borracho o crudo, desaseado y malhumorado. Pero yo veía a mi abuela atenderlo con amor, sin reproches, sin comentar con otros nada malo sobre su hijo malo. Cuando alguien dice que a los hijos se les ama sin condiciones, me acuerdo de mi abuela y aunque yo no soy una madre permisiva, tampoco creo que el amor se deba condicionar. El amor se siente y ya; se demuestra y trasciende cualquier situación.

Muchos domingos de mi infancia los pasé con ella mientras mis padres se ocupaban de otras cosas. Recuerdo sus preguntas y su escucha atenta: ¿Eres feliz en tu escuela? ¿Quieres que te cocine algo especial el día de tu santo? ¿Qué le vas a pedir a los Reyes Magos? Luego su risa franca como si de mi boca saliera algo extraordinario.  Si yo le mostraba mi juguete favorito, veía su cara iluminarse como si el muñeco fuera para ella lo que para mí. ¿Cómo se llama? ¿Y dónde le compraste esos zapatos tan bonitos? Mi abuela, sin saberlo, me dice con su ejemplo cómo hablar con mis hijos y eso, creo yo, es lo que se llama trascender.  Ella sigue conmigo y me aconseja.

El comedor de mi abuela era un desorden total: tenía que buscar el teléfono debajo de alguna bolsa de mandado puesta con descuido sobre el trinchador. No podía usar las sillas porque todas estaban ocupadas con ropa, papeles o cualquier otro tiliche. En casa de mi abuela me limpiaba los mocos con las mangas del vestido, me iba a dormir con la ropa puesta, nunca sacaba el cepillo de dientes de la mochila y llegaba el lunes a la escuela sin tarea.  Era un verdadero paraíso de juegos con los primos, de vueltas a la cocina por tortillas embarradas de miel de abeja, de ir a hacer mandados a la tienda y comprarme un dulce, de correr y de saltar, de costras de mugre en codos y rodillas. Mi abuela pudo desatar con su paciencia el yugo represivo de mi madre y hacerme entender que educar no es sólo disciplina, también hay que enseñar a gozar de la vida.

El baño siempre estaba cochino y nunca había papel higiénico.  Por alguna razón el agua se salía de la regadera y aquello se convertía en un verdadero lodazal; cuidado en dejar caer los calzones al piso mientras me sentaba en el excusado. En ese baño disfruté las historias de Kalimán: El hombre increíble y las de un folletín que se llamaba Lágrimas, risas y amor.  La primera vez que leí Los miserables de Víctor Hugo fue en La novela semanal, una revistita gráfica de bolsillo.  Después insistí en que me compraran el libro porque alguien había arrancado páginas para limpiarse el trasero con ellas.  Su hijo, el fodongo malandrín, también era un genio de las matemáticas y gracias a él y a los momentos en que mi abuela lograba mantenerlo sobrio, entendí de qué se trataba realmente multiplicar y dividir. Hoy creo que no hay lugares ideales para llegar a ser alguien. Los paraísos no están en lo alto o más allá; están en cualquier lugar que te hace ser humano.

Recuerdo un ejército de tías que entraba y salía a dejar o a recoger hijos en la guardería gratis de mi abuela. Todas tenían algo malo qué decir de las demás. Una tenía un muestrario y significaba que cada uno de sus hijos era de diferente papá; otra, pobrecita, tenía que mantener a su marido desempleado y ocho hijos; otra trabajaba de noche en un hotel pues se había ido por el camino fácil (más tarde comprendí que no se referían a lo fácil que era recordar las calles para llegar al hotel); otra se creía mucho con su título universitario; otra bebía; otra dejaba que el marido la golpeara. Mi abuela las escuchaba a todas y a ninguna.  Oía a Sara quejarse de Magdalena y cuando Sara se iba y recibía a Magdalena, esas palabras malas se habían esfumado por completo, como si ella fuera un filtro que limpiara la casa de toda intolerancia. Me pregunto por qué no heredé esa virtud de mi abuela. Me imagino que responde “Me conociste anciana, así que tienes esperanzas”.


Sobre la autora: La renombradísma señora Paloma Guzmán nació el 7 de junio de 1966 en 12039652_1072621686089004_5688190867683741101_nQuerétaro, México, tierra de mujeres fuertes y delicadas fuentes.  Es madre, esposa, escritora por vocación (pues ella disfruta el delicioso deleite de las letras), alguna vez quiso ser lingüista y ahora se dedica con cariño a la docencia del inglés. Escribe en su mayoría cuento breve y de aventura, con muchos tropiezos hacia el maravilloso y encumbrado camino de la poesía.  Ha publicado más bien poquísimo, pero nos comparte con generosidad algunos links:
Cuento breve en Viento Inconstante, Año II Numero 2, diciembre 2011, editado por el Seminario de Creación Literaria de Instituto Queretano de la Cultura y las Artes.
Cuento breve en Cosmos La Revista C / Arte y Cultura, Año I Número 1, junio 2014.  http://issuu.com/larevistac/docs/revistac_cosmos_publicaciondigital
Tiene abandonados los blogs Historias de Querétaro  http://palomaguzman1966.weebly.com/ Paloma Guzmán (donde se atrevió a poner unos poemas) https://medium.com/@palomaguzmn, y Paloma escribe, https://palomaguzman1.wordpress.com/
Es alumna eterna de todo taller literario a su alcance, de donde, a veces, la gradúan en contra de su voluntad.

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