Dosis de Misoprostol

por Carmen Romero Rubio

La enfermera me dejó apoyarme en su hombro. Mi cuerpo se agitaba involuntariamente, el paladar me dolía cada vez que pasaba saliva. La doctora me pidió que me quitara la ropa interior y la colocara a un costado. Después me indicó que subiera a la camilla.

—Tienes que abrir bien las piernas ¿ok, nena? Acércate más a la orilla, un poco más, bien…— Seguía sintiendo que temblaba, vi el banquito en donde ella se sentaría y comencé a llorar. La enfermera me pidió que respirara lento y me dio unas pelotas anti estrés.

—A ver, yo sé que es una decisión difícil, pero ya está hecha ¿ok? Si nos ayudas, más rápido va a ser todo. Ahora tienes que respirar como te está pidiendo ella y abrir más las piernas ¿ok?

Apreté los ojos y separé mis ingles.

La primera semana del retraso tuve los síntomas normales de Síndrome Premenstrual: cólicos intensos, dolor en las mamas, irritabilidad. El novio de ese entonces me preguntaba continuamente si ya me había bajado, le dije que sí aunque no había ocurrido, sólo para sacármelo de encima. En la segunda semana del retraso, los síntomas eran más fuertes: los cólicos me impedían moverme de la cama, tenía la sensación de cuerpo cortado y todo el tiempo sentía ganas de llorar. Decidí acercarme a una amiga y le conté la situación.

—Mañana en la mañana hazte una prueba y ya vemos ¿sí? Así confirmas que no hay nada de qué preocuparse.

No hice me hice la prueba sino hasta la tarde. Vagué por toda la ciudad, cumplí los pendientes de todo el año, procrastiné la decisión de hacérmela. Cuando llegué a casa y vi que no había nadie, me apuré.

Siempre creí que la prueba era una herramienta para relajarme: una vez que apareciera la respuesta negativa, me calmaría y mi periodo regresaría como siempre.

Mi vida volvería a la normalidad.

Cuando vi las dos rayitas que significan positivo sentí un vacío en el pecho. Mentiría si dijera que tuve un momento de reflexión. No, no tuve dudas: nunca he querido hijos y mucho menos en la situación en que me encontraba. La respuesta era obvia, sólo había que afinar los detalles.

Llegué a la clínica junto con mi amiga. Las instrucciones que me dieron por teléfono fueron: llevar ropa cómoda, un cambio de ropa interior, dos toallas femeninas y beber un litro de agua 10 minutos antes de la hora acordada. Llené una hojita con mis datos y los de mi amiga, posteriormente me llamaron para la consulta.

Cuando le dije al novio que estaba embarazada, me preguntó que qué quería hacer. Me dijo que esto se trataba de mí, que quien debía estar bien era yo, que la decisión era mía. Tuve miedo de que me acompañara, quise ahorrarle el trauma y decidí que no era algo por lo cual él tuviera que pasar.

Ahora, en retrospectiva pienso que no se trataba de querer o no su presencia, sino de dejar que él se hiciera cargo de eso en lo que ambos estábamos implicados. Por supuesto, como en toda relación heterosexual, no estábamos implicados en la misma medida: no era su cuerpo el que estaba experimentando las molestias, no era a él a quien le introducirían un espéculo entre las piernas. Estaba en una posición de privilegio, incluso dentro de su comprensión y apoyo. Supongo que por eso le resultó tan fácil no ir, y terminar conmigo seis días después del aborto, alegando que el tiempo desgasta las relaciones.

La doctora habló de anticonceptivos para no volver a embarazarme. Yo no podía poner atención, tenía miedo. Me preguntó sobre mi último periodo y me hizo un ultrasonido. Dijo que por el número de semanas que tenía, debía realizarse por aspiración. Me enseñó los instrumentos con los cuales se hace cada cosa. Enumeró los riesgos: desgarre, hemorragia, infección. La última se prevendría con antibióticos. También recetó ibupofreno y ketarolaco para el dolor. Firmé una especie de contrato en donde se advertían los riesgos que tenía que asumir y se recomendaban los cuidados.

Yo no tenía dinero, pero mi amiga pagó en la caja con su tarjeta. Entiendo el privilegio que implica el que alguien me haya apoyado emocional y económicamente, la ventaja de haber estado en una clínica privada y sobre todo, la importancia de la comunidad en las situaciones complejas. No estuve sola y eso se lo agradeceré siempre.

Después de pagar, la doctora me dio unas pastillas sublinguales. Explicó que servían para dilatar el cuello uterino y así poder realizar la interrupción del embarazo. La enfermera fue por mí y me pidió subir a una sala de espera en donde había otras dos mujeres. Me dio una batita y unas botas médicas, me pidió dejarme sólo los calzones con la toalla femenina.

El espectro de reacciones que ocasionan las pastillas es muy variado, tanto que te advierten que puede haber desde mareos y fiebre, hasta hemorragia. Yo no sangré pero tuve fiebre y cólicos. Otra de las chicas que estaba junto a mí tenía vómito y dolor, la otra me dijo que únicamente sentía mucho frío, yo le ofrecí la cobijita que la enfermera me dio cuando me quité la ropa.

En la sala había un cartel que decía que era un espacio de confianza, podíamos hablar. De fondo, había en la televisión un reality show sobre inversiones, pensé en las mujeres que estaban en la misma situación que yo. En aquellas que no estaban acompañadas, en las que tienen que hacerlo en la ilegalidad o en situaciones insalubres y peligrosas. Nadie llega a estas clínicas por deporte. Es probablemente la última instancia, e implica el fracaso de un montón de niveles anteriores: planificación familiar, métodos anticonceptivos, seguridad sexual, en el peor de los casos.

Esta experiencia está atravesada por lo personal: la historia de las dos mujeres que estaban sentadas junto a mí en la sala de espera; o en sus cuartos colocándose bajo la lengua, a escondidas o acompañadas, la dosis de misoprostol; las que toman tés de ruda u orégano; las que se forman a las 6 de la mañana en la clínica pública para ser atendidas; las que tienen que viajar a CDMX para realizar el aborto y regresar el mismo día por la tarde, sin que nadie nunca lo sepa; las que diez minutos después del procedimiento, salen a marchar contra las violencias machistas. Sí, es un asunto personal, pero lo personal es político. Y desde ahí, pienso que debería ser una lucha colectiva el reclamo por espacios salubres y seguros, personal capacitado y procedimientos eficaces.

Cuando terminó, me dieron instrucciones de cómo levantarme de la camilla. La enfermera me asistió para que primero me sentara y después me ayudó a bajar cuidadosamente. Me puse mi ropa interior y de nueva cuenta, fui acompañada a otra sala de espera. Ahí me ofrecieron un jugo boing de mango y me dieron una encuesta de satisfacción de servicio. No podía sostener la pluma, mis manos temblaban, tampoco podía beber el jugo. El amarillo de la cajita me pareció absurdo, tuve ganas de tirarlo, pero la enfermera me dijo que era importante que lo tomara. Me indicaron que esperara unos quince minutos y que, en cuanto me sintiera bien, saliera a ver a mi acompañante.

Lloré mucho en la sala de espera. Un poco para exorcizar el miedo, un poco como acto involuntario de mi cuerpo tras la experiencia dolorosa.

Que la interrupción del embarazo sea legal en CDMX, no quiere decir que no haya misoginia y tampoco quiere decir que el mismo procedimiento no sea resultado del desarrollo androcéntrico de la medicina. Pienso en la necesidad de que científicas y médicas se ocupen de la labor de investigación para perfeccionar los métodos y lograr que el aborto sea lo más cómodo posible. Pienso también en la facilidad con que se quita un tumor o se reemplaza un órgano, en comparación con los instrumentos que se usan en los procedimientos exclusivamente femeninos (como el papanicolau o las mamografías), que la mayoría de las veces suelen ser invasivos.

Pienso y me regaño, porque sé que detrás de este dolor físico hay algo de dolor emocional, producto del estigma personal y social, como si el malestar, la fiebre y todo lo que sentí, fueran algo merecido. Sé que pensar así no es correcto. Pienso y me pregunto cómo evitar sentirme, aunque sea poquito y asumido, de ese modo, si incluso en el diccionario de sinónimos (espacio aparentemente neutro), en la entrada de “aborto” colocan las palabras: malogro, fracaso, frustración, interrupción, malparto y pérdida. Cómo no sentirme así, si hay todo un aparato que con estrategias variadas, como la invisibilización o la criminalización, me señala.

Cuando bajé, me dijeron que todo había salido bien. Salí de la clínica junto a mi amiga y la abracé. Comencé a llorar mientras balbuceaba que todo había sido doloroso. Ella me interrumpió:

—Estás a tiempo de detener esto. No cometas el error de asimilar el dolor físico como un trauma o un castigo.

Fuimos a la farmacia y después caminamos a la estación del metro para ir a casa. En el metro, rodeada de gente, sentí una enorme sensación de alivio. Leí las instrucciones. Recuerdo que la hojita ordenaba evitar el sexo durante los primeros quince días después de la intervención, pero que, de verse obligada, el hombre debía usar preservativo.

—¿En qué escenario se vería alguien obligada a tener sexo inmediatamente después de un aborto?—, le pregunté ingenuamente a mi amiga.

—Un marido culero, yo creo.

Cuando llegamos a casa, comimos y reímos. Sé que definitivamente no es una experiencia cualquiera, pero también sé que debe desestigmatizarse. Ahora sólo queda la recuperación física y el seguir adelante con la vida. No estoy segura de qué tanto permeará esta experiencia la relación con mi cuerpo, el amor o el sexo. No estoy segura si tendría que permear algo o no. Eso lo sabré con el tiempo. De lo que sí estoy segura es que me siento aliviada y orgullosa por haberme hecho cargo de mí misma, porque decidí aquello que era lo mejor desde mi circunstancia y mi contexto.


Sobre la autora:
 carmen-romero-17-annosMaría Fabiana Sebastiana Carmen Romero Rubio y Castelló (Tula, 1864). Conocida por todo el mundo como Carmelita. Célebre y experimentada primera dama, vio sus primeras ilusiones cumplidas al aprender inglés con un hombre muy guapo que acabó siendo su marido. Ha colocado la primera piedra de muchos edificios importantes, preside juntas de socorro y toma el té con algunas monjas francesas. Ardua lectora, miembra fundadora y brillante colaboradora de El Periódico de las Señoras.

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Un comentario en “Dosis de Misoprostol

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