Zapatito blanco, vestidito azul

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por Mariana Escoto

No hay cartografía más incierta que la infancia. Por ello, recurrimos a las fugas geográficas para dejar aquello de lo que apenas y tenemos recuerdo, pero nos duele. Hacer memoria significa ponerse los zapatos de un turista para recorrer las ciudades luminosas, apreciando todo lo diferente, lo exótico y lo incomprensible. Lo que se olvida es porque no llevaba un traje fosforescente, o porque no tenía pintados los labios.

Esta historia no comienza con un nacimiento en un diez y tantos de julio, en plenas fiestas patronales del milenio pasado. Nacer es común a los hombres, vivir es otra cosa. Todo comienza con el rompimiento de un zapato, con la historia de una vida a la que a los ocho años se le reventó la correa de un zapato blanco (había una vez, era una historia de cosas que se rompen: “el mes más terrible del año, de todos los años y no sé qué hacer” era la ciudad herida y el ambiente como de que algo se nos iba a romper y se rompió)

Eran zapatos de primavera, que dejan descubiertos los pies y los ensucian, porque la edad primera está destinada a la tierra, y más si a una niña le gusta el futbol. Pero esa primera tarde de abril, tendríamos las niñas que admirar a nuestros compañeros de la primaria lucirse en el campo de Solís. Mientras, algunas antojadas, corríamos en las laterales de la cancha, como para darles ánimos, pero también soñándonos en algún rincón esperando la buena suerte de ser las que salvaran el partido. Pero ni el vestido, ni el moño para una ocasión especial, nos lo permitieron. Teníamos que guardarnos para la foto de cumpleaños número nueve de mi mejor amiga. Su mamá ya nos había hecho la invitación de acercarnos a la sombra, junto a las plantas. “Pónganse a platicar”, recuerdo que dijo.

El color de aquellos vestidos fue revelador. Estábamos todas cumpliendo el capricho de mamá. Aún tengo guardado el tacto de las manos de mamá tratando de acomodarme el cierre del vestido y felicitándose así misma por la elección. Saldríamos al mundo, amigas y compañeras del tercero “B”, con el color de los sueños de nuestras madres que también fueron niñas y por tanto, el sueño de nuestras abuelas, adormecidas por el dolor de tantos partos.

Nubes rosas, acarameladas con destellos amarillos; nubes blancas con puntitos negros, nubes azules, extrañísimas como de tormenta que se avecina. Las que llevaban pantalón, pues seguramente sus madres tenían poca voluntad para poner empeño en la elección, no fallaban en los deseos colectivos de las madres a sus hijas: pantalones colores claros que terminaron sucios de pastel y de refresco.

Sentadas, a plena hora del sol, decidimos vernos, unas a las otras, para formar clubes con la bandera de los colores más representativos de la infancia de una niña. Jugaríamos con esas divisiones objetivas a sabe dios qué cosa. Sólo sé que me tocó, por el azul sospechoso de mi vestido, con las de pantalón.

Después de la comida, nos llevaron a romper la piñata, que tenía cara de haberse guardado desde las posadas. La costumbre dice que las piñatas no tardan mucho en romperse. Así que los elegidos fueron los compañeros más populares, cuyo talento, me imagino, era existir y ser simpáticos. Las cortesías de un niño preparado para la caballería (y luego el divino matrimonio en caso de seguirse los pasos correctos) cedían su lugar a alguna niña que mereciera su atención. Yo, sabiendo mi destino, estaba dispuesta a tirarme, apenas y viera los primeros dulces caer.

Por la lentitud y la torpeza propia de la niñez, tardaron añales para darle al pueblo lo que es del pueblo. Pero igual, nos moríamos de risa, porque en cada uno de los concursantes habitaba un bufón. Acaso por las ganas de hacer reír a Jessica, a veces daba yo dos pasos adelante, para entrar en el escenario que tenía a todos felices. No se me concedió el favor y debía más bien chiflar y aplaudir a los niños estrella. Algo se nos iba a romper, y se rompió.

Los dulces y los pequeños juguetes se esparcieron por una buena parte del patio. Pero pasó exactamente lo que en las bodas cuando la novia lanza el ramo y el vestido de noche de las invitadas pasa a estorbar. Apenas te deja brincar y empujar a otra solterona que te quiere arrebatar la bendición. Casi todas las niñas se dedicaron a cuidar su medio metro cuadrado y dejaron pasar a los niños que embestían voraces por las Rockaletas.

Y si a mí por algo se me ha de conocer, es por el gusto de las paletas. Así que me lancé a competir al ruedo para llevarme mis reservas de la semana. Puedo recordar dos pequeñas cicatrices, que hoy están visibles para el que mira de cerca: mi rodilla, herida por la naturaleza y los problemas de fricción; mi madre diciéndome que por qué se me había ocurrido lanzarme como bestia. Esas cosas no hace una niña.

Después del golpe, con el azúcar al cien, decidimos mejor ir a descansar a los columpios. Esperé mi turno, porque en esta vida hay tarifas preferenciales. Acaso me valió el derecho de ser la mejor amiga de la cumpleañera, porque fui la sexta en subirse. Estando ahí, yo sola comencé a darme impulso. El columpio se balaceaba cada vez más alto y la sensación de alcanzar el cielo era una posibilidad.

Las puestas de sol remiten a la calma. Te entregan al descanso. Nunca es tarde para que te caiga un poco de luz sobre la cara y ese era el momento. Cerré los ojos y sentía como si mi vientre estuviera tratando de resistir los tirones de la gravedad. Era yo un péndulo que iba y venía, en vaivén, sin tiempo. Las niñas que iban detrás de mí me apresuraban, pero no incomodaron mi trayectoria rumbo al cielo.

Si me pidieran hallarme en un momento feliz, diría que es arriba de un columpio. Pero si pidiera el terapeuta que me encontrara con esa niña que me avergüenza, diría también que ahí mismo. Tomé mucha velocidad y quise disminuirla frenando de golpe con mis pies; sin decir agua va, mi zapato blanco de primavera salió volando.

Yo no quería estar ahí. Me estoy soñando. No tengo recuerdos de mi pueblo. Me estoy soñando. No tengo recuerdos de mi infancia. Me estoy soñando.

Todos reían, creo que vi lágrimas, en los gordos cachetes de Ramiro. Todas las bocas se hacían cada vez más grandes, porque no cabían tantas carcajadas. Se dibujaban monstruos con el hocico abierto, para comerme los siguientes días de mi vida.

Me creerán ustedes que hay quien se acuerda más de 12 años después: “Sí, Mariana. La conozco. Es lesbiana, ¿no? Una vez se le rompió un zapato y estaba llore y llore. La señora mamá de Kenia nos pidió que dejáramos de reír, porque la estábamos haciendo sentir mal”.

Pero a mí lo que me importó al desenterrar este pasado, es que me vio Jessica con un pie completamente descalzo. Para ese entonces, me sentí desnuda, descubierta. En un momento, todos se fijaron en mí y sentí que podían leer mi mente, que sabían que en días pasados mi papá me había comprado mi primera camisa de los Beatles con la manzana verde, pero mi mamá le prohibió dármela porque era una camisa de niño y aparte negra. Podían deducir por mi roja cara, llena de mocos por mi incontrolable llanto, que había escrito una declaración de amor a Jessica, cuidando que la letra luciera tosca como si la hubiese escrito mi mismísimo primo Iván. Porque yo sabía, quizá intuitivamente, que el mundo giraba por la rotación y la traslación, pero también el mundo se mantenía intacto y perfecto al callar cosas tales como que una mujer pudiera querer y desear a otra.

Sabían, como si fueran el mismísimo dios, que un día me miré al espejo de un centro comercial en Morelia y me sentí muy mal, porque no hallaba cómo decirle a mi mamá que ya no quería usar vestidos. Podían ellos mismos escuchar una pista musical cortada: “nada tienen de especial, dos mujeres que se dan la mano. El matiz viene después cuando lo hacen por de…”. Y de repente el silencio. Luego, volvía la alegría a retumbar en las paredes. Y fue aquel primero de abril mi juicio final. Tuve que admitir para mis adentros que tenía un zapato roto y también una alita rota, por aquella abrupta interrupción de mi viaje al infinito fallido, que marcaría mi vuelo siempre diferente.


11753665_918027688253906_8430213942414050072_nSobre la autora:
Mariana Escoto Maldonado (Acámbaro, 1995) Esta encantadora muchacha estudia la Licenciatura en Estudios Literarios en la Universidad Autónoma de Querétaro. Entre las vicisitudes de la vida rural, se ha hecho un tiempo para desarrollar su arte, no sólo en las letras, sino también en el dibujo como medio de expresión y narrativo. Su obra visual ha sido expuesta en Guanajuato, también se desempeña como editora en la prestigiosa Revista Aeroletras.

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