El feminismo es lo más bonito del mundo

Otra vez, ¿por qué el feminismo se llama feminismo? ¿Por qué el machismo no es lo mismo que el feminismo al revés? ¿Por qué no hablar solamente de igualdad si es lo que queremos? ¿O qué busca el feminismo? Sí queremos igualdad, ¿no?

Bueno, hablaré a título personal, sí y no.

Se habla de igualdad de oportunidades, mismo pago por el mismo trabajo, pero no veo mucho más allá.

Si hablamos de violencia sexual por ejemplo, vemos un sistemático ataque de un género a otro. La violencia sexual se ejerce del hombre a la mujer en términos de género. Es decir, cuando un hombre es atacado por ser afeminado o por ser homosexual, es entonces un ataque al género mujer. El género mujer ha sido sistemáticamente reprimido, violentado y adoctrinado, para que siga en el lugar de la opresión. No queremos atacar al género hombre igual que este nos ha atacado, queremos simplemente ser dejadas en paz.

Podríamos claro, hablar de derechos humanos, hablar de libertad para decir que queremos andar igual de libres por la calle. Pero no quiero una libertad que implique la opresión de otro. No quiero andar con libertad porque tengo la fuerza para defenderme.

No podemos hablar simplemente de derechos humanos porque el simple concepto de lo que es humano tiene que ser pasado por miles de filtros en los que puedes, por mala suerte, no pasar tú. ¡Exagerada! Ya escuché que alguien me grita. Pero, ¿es exageración que todavía niñas tienen que casarse con sus violadores? ¿Es exageración que todavía haya redes de trata? ¿Es exageración decir que todavía existe la esclavitud?

Deconstruir el género se vuelve una urgencia identitaria en el proceso de asumir el feminismo. El feminismo genera su lucha a partir de deshacer y replantear al género mujer. Decide quitarse todas esas imposiciones de vida que vienen con el nombrecito, pero también con otros como mariquita, machorra, puto o señorita, todos asfixiantes y represivos.

Esta lucha comenzó con las mujeres buscando derechos que se suponían para todo ser humano, pero que por alguno de esos filtros, no los tenían.

Era necesario llamarle feminismo, para decir, sí, existimos, nosotras o nosotres, todos esos que no pertenecemos al género fuerte, al género poderoso, al género hombre. Sí, también somos personas, y si ustedes no nos nombran, gritaremos nuestro propio nombre hasta que ustedes, aunque sea para callarnos, aunque sea para quejarse de lo molestas que son nuestras voces, aunque sea para renegar de que no nos guste el nombre que nos han impuesto (es tan bonito que digan, por ejemplo, bella dama, hermosísima princesa, musa inalcanzable, mamacita), aunque sea para que se ofendan porque algo no se llama como ustedes y sienten un vacío muy profundo porque ya no pueden decir cosas como “la historia del hombre”, “el destino del hombre”, “el hombre y la trascendencia”.

El discurso de la igualdad no funciona, hay que llamar a las cosas por su nombre. Y si el nombre no funciona, hay que inventar uno nuevo. La palabra feminismo le ha dado voz a muchas voces distintas, ha generado procesos de concientización y de cambio. Ha despertado en muchas personas la duda de si lo que tomábamos por normalidad no sería tal vez injusto e incluso peligroso, e incluso, mortal. La palabra feminista nos hizo conscientes de que había un sector importante (pongan no sé, la mitad) de la sociedad discriminado y maltratado.

Llega el momento en que te das cuenta, de que sí, hay desigualdad, de que sí, eres constantemente objetificada, de que no, tus deseos no son importantes, de que es mejor que no digas lo que piensas, de que es mucho mejor que aproveches tus recursos femeninos para vivir bien. Que utilices tus argucias y tu sexto sentido, que seas seductora, difícil, caprichosa, que seas picky picky picky picky o puro, puro chantaje. Pero que no importa cuánto consigas siendo la mujer ideal, eso nunca te dará un lugar como persona. Siempre un objeto, una pertenencia, un apoyo, un adorno, una voz molesta pero necesaria, un hoyo para introducir un pene, o un hombro para llorar.

Quiero hablar de los peligros del discurso de la igualdad.

Cuando una se da cuenta de que ha estado en el lado oprimido toda su vida, la única otra opción que tiene es pasar al bando contrario. He ahí la masculinización. No conozco a ninguna mujer que alguna vez no haya dicho o por lo menos no se haya preguntado, si todo no sería mejor si hubiera nacido hombre. Nuestro papá no estaría permanentemente decepcionado, no sentiríamos miedo al caminar por la calle en noche, no tendríamos que pasar tanto tiempo maquillándonos y podríamos orinar en cualquier lado. Parece, en efecto, tener muchas ventajas.

Entonces, la salida fácil, por la que muchas hemos transitado: usurpemos el papel del hombre, seamos iguales a ellos y entonces el mundo dejará de ser hostil. Seamos los patanes antes que ellos, seamos más peleoneras, más groseras, más rudas, más libres, más gandallas. Hagamos lo que nos dé nuestra pinche gana. Ahora, si nos llevamos a otras personas entre las patas, ni modo.

Hey Hey Hey Hey I could be your girlfriend

Hey Hey Hey Hey I think you need a new one.

Cantó una vez una muchacha cool en su mundo de gente cool.

Avril Lavigne afortunadamente pasó de moda rápido, aún así, recuerdo haber visto cómo transformó en algunas chicas sus formas de vestir y de actuar. Ella encarnó esta figura de la chica cool masculinizada que se permitía humillar y violentar a otra mujer para ganar a un imbécil que desecha a una novia como basura y la reemplaza por otra igual pero más cool.  Esa de: “yo tengo puros amigos hombres, con las mujeres siempre tengo problemas”, “no entiendo a las mujeres, son demasiado complicadas”, “las mujeres son problemáticas, siempre se pelean”, “soy una patana”, “las mujeres somos muy malas”, “mejor ser una pinche manipuladora que una tonta sumisa”.

Pero no podemos fiarnos de que la libertad se adquiere así como así. Necesitamos al feminismo para deshacer nuestra necesidad de complacer, de humillar, de ganar una competencia en la que no decidimos concursar.

Yo también pasé por la etapa de ojalá hubiera sido hombre,  aunque nunca realmente me convenció la idea. Ser mujer claro, también tiene sus cosas bonitas. Si he tenido envidia de los hombres no es por poseer un pene, sino por sus deseables privilegios. Por su desenvoltura al hablar, por la seguridad de sus opiniones, porque confían más en ellos, porque seguramente toman decisiones más certeras y racionales.

Sí, lo admito, hubo una brecha argumentativa borrada en mi imaginario, en la que fue lógico que  considerara al género que decide ir a la guerra, violar mujeres arguyendo a su necesidad biológica, o pelear borracho con cualquier persona, como el más racional. Así, con las paradojas.

Digo feminismo porque no queremos ser iguales a los hombres.

Los hombres son violentos. A los hombres no se les permite llorar ni usar vestido. Los hombres abandonan. Los hombres son criados para la guerra. A los hombres se les enseña a luchar y a dominar, a oprimir a los otros y a hablar más fuerte. A tener todas las explicaciones. A saberse los más importantes, los que lo merecen todo.

Y ahora dirán que la feministas son unas odia hombres.

Yo pienso que odiar no es una decisión consciente, es una consecuencia inevitable.

Si no quieres que te odien, pues no hagas chingaderas.

Odiar no es necesariamente algo malo.

Odiar es repudiar lo que consideras inaceptable y no volver a tolerarlo.

Odiar es no olvidar para no bajar la guardia porque todavía no estamos libres de peligro.

Sé que muchos hombres se sentirán ofendidos con este texto porque creerán que se les digo personalmente a cada uno que los odio.

Pero sé que habrá otros que entiendan que es el género hombre el que recibe este odio, que las personas somos personas y nos equivocamos y asumimos nuestras chingaderas.

Sé que habrá otros que decidan deconstruir su género para construir una sociedad justa en la que podamos convivir todes.

A pesar de todo esto, mi feminismo no se enfoca a odiar a los hombres, porque bueno, a veces no todo se trata de ellos.

¿Por qué no hablamos menos de odiar a los hombres y más de sororidad?

¿Por qué no hablamos más de comunidad y comunicación?

¿Por qué no hablamos más de apoyarnos en vez de ponernos el pie?

¿Por qué no dejar de competir y nos enfocamos más en ser amigas?

Ha sido difícil y doloroso (y seguirá siendo) deconstruir el género mujer.

Pero también ha sido reconfortante, luminoso y divertido.

Feminismo ha sido tener personas increíbles con las que se puede platicar por horas y horas. Ha sido comprender cómo funciona el mundo. Ha sido encontrar una manera de escucharme a mí misma y sanar culpas que escapaban de mi entendimiento. Feminismo ha sido dejar el dolor y buscar la risa, tratar de ponerme en los zapatos de mi mamá, mi abuela, mi hermana, mi ex mejor amiga. Feminismo ha sido tener una red de apoyo para momentos difíciles, una forma de conocer gente chida. Ha sido lecturas con las que puedo sentirme identificada, ejemplos a seguir, esperanza. Feminismo ha sido un mecanismo de defensa en contra de los ataques de gente que quieres y no quieres, ha sido una protección contra el enojo. Feminismo han sido amigas, muchas amigas, apertura para ver en las personas más de los que nos imponen los roles sociales. Feminismo ha sido desconfianza, una oportunidad para transformar lo poquito del mundo que está cerca de ti, para creer en las comunidades y en que es posible quererse sin envidias ni resentimientos. Feminismo ha sido sobretodo quererse, quererse mucho desde y para la libertad.


Sobre la colaboradora:
16245004_10155046028882922_1412670157_oAnaclara Muro (Zamora, 1989). Después de decidir dedicarse a la eminente carrera de Letras Hispánicas, cultivó su formación en la creación literaria. Heredera de la tradición de la bucólica poesía, se desarrolló en el guionismo y otras artes. Participa con entusiasmo en el Slam Poético Queretano, Horizontal. Taller de escrituras y Lucha de Escritores Anónimos. En algunos momentos, en medio del ajetreo de la vida cotidiana, se detiene a traducir bellas poesías.
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