Un trilobite ante el holocausto emocional

por Rocío López

El arte del disimulo ha sido, desde siempre, una de las grandes armas que poseen los trilobites.
Guadalupe Nettel

En mayo de 2016 me pasó una cosa muy curiosa, que si la analizamos a detalle, no es tan extraña debido a que pasamos gran cantidad de tiempo conectados a redes sociales: recibí un mensaje de conversación vía inbox de un sujeto desconocido, un perfil falso. Respondí al saludo y pregunté quién era la persona del otro lado, pero no respondió y se limitó a decirme que pronto se presentaría en persona. Confieso que en un inicio esto no pareció importarme, hasta que un buen día la persona detrás del diálogo comenzó a detallarme lugares, personas y situaciones de mi contexto.

 Ante semejante descripción real de los detalles que este sujeto hacía sobre mí, me sentí doblemente intrigada y comencé a repasar nombres en mi cabeza, nombres de personas que me estaban cerca, haciendo una selección entre dos tipos de personas: aquellos que no me gustan y aquellos que sí. No sé por qué me decidí por el segundo tipo de personas y comencé a fantasear con que se trataba de la persona que, físicamente, más me atraía de mi trabajo, así pasaron los meses, mayo, junio, julio, hablando todas las tardes en un globo de conversación de inbox por Facebook, yo sin saber quién era, pero soñando con mi príncipe azul, una cosa ridícula tomando en cuenta que siempre me he repetido que un tal no existe.

Insistí mucho para que nos viéramos, la persona del otro lado accedió tres o cuatro veces a vernos, pero en todas las ocasiones cancelaba a último momento arguyendo excusas pueriles. Así, comenzó un proceso de ansiedad que palpé con una intensidad y una conciencia hasta entonces desconocida, la estocada final la puso su silencio en el globo de conversación, no escribió más, dejó en visto mi último mensaje, y así, de manera sorpresiva, como llegó, se fue. En agosto de 2016 comencé un proceso profundo que desencadenó una reflexión ante este suceso tan singular en mi vida.

Primero sentí taquicardia y dolor de cabeza, pues pensé que sin darme cuenta, había desarrollado una paranoia, una alucinación, tengo tres años sin pareja, y pensé que mi deseo de tener a alguien era tan intenso que me había inventado mentalmente un sujeto que se comunicaba conmigo por computadora, pues es la computadora mi única compañía en el día y en la noche. Cada que repasaba esta idea la respiración se volvía difícil.

Perdí el sueño, no pude dormir, y sólo se me ocurría llorar, hubo una noche que fui la expresión total del grito de Edvard Munch, mis ojos eran una bola de carne roja revuelta con trozos de cristales molidos, me dolía hasta parpadear. Las lágrimas salían del cuenco de mis ojos como si tuviesen libertad y vida propia, no quería hacer nada más que renegar ante mi jodida puta suerte.

Un día encontré una tabla de salvación, era una tabla de dimensiones pequeñas, pero contenía un universo infinito. Ese universo era la traducción al dolor que yo sentía, era como si estuviera describiendo mi sentir en ese momento. Sí, estoy hablando de un libro de superación personal que escribió un señor en 1908 que se llama Marcel Proust, el título de libro En busca del tiempo perdido. Entre las viejas páginas de ese libro, que encontré en 2013 en una biblioteca perdida en la sierra de Nayarit, descubrí las palabras-llave que abrieron mi mente a detalles que no estaba viendo.

Vi que mi casa y las paredes de mi casa eran humo, no tenían consistencia, pensaba que si era capaz de inventar que un sujeto me escribía, era capaz de inventar que “tenía una casa”, que “la casa tenía paredes”, que “las paredes estaban pintadas de blanco” y fue entonces que sentí un vértigo escandaloso, entonces agarré las paredes con fuerza y repetí “se llaman y son paredes”, lo escribí en un post-it color ROJO y lo pegué en la pared blanca “Esta es una  PARED”.

Acto seguido me inventé un mantra; Disciplina, Repetición, Constancia, Disciplina, Repetición, Constancia, Disciplina, Repetición, Constancia, Disciplina, Repetición, Constancia, Disciplina, Repetición, Constancia, Disciplina, Repetición, Constancia

Me subí a mi bici y continué pedaleando más allá del cerro, hasta el cielo, y encontré la respuesta a mi neurosis producida por un estado mental turbado de ansiedad, sentí que no dejar de repetir, constantemente, no dejar de REPETIR constantemente, era la clave. Infinito repetir y nombrar aquello que quieres que cobre existencia en tu vida.

En busca del tiempo perdido es un relato suave, lento, preciso, incisivo, de los mejores años de vida de Marcel. Yo tengo treinta dos años, y la posibilidad de hacer de este tiempo que ahora tengo un relato suave, lento preciso, e incisivo, de los mejores instantes de mi vida.

Ahora es una metodología que aplico para todo. Si nombro las cosas, entonces existen para mí, si las repito adquieren una presencia poderosa que me posee y remueve todo mi interior. Intento elegir cada nombre, cada palabra, cada expresión.

Nunca le conté a nadie este pasaje de mi vida en invención, pues me da vergüenza reconocer delante de otros que casi muero por una persona que no existió, que no fue verdad, que sólo estuvo en mi cabeza. Nadie se dio cuenta porque soy como las cucarachas que poseen una habilidad para disimular, y que como ellas, a través del disimulo soy capaz de sobrevivir a un holocausto emocional.


Sobre la autora:

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Rocío López es una distinguida miembro de su sociedad y amante de la belleza de los circunloquios del discurso. Se licenció en Derecho por la Universidad Autónoma de Nayarit, donde ejerce como docente de la Unidad Académica de Derecho. Con toda la propiedad de una dama, afirma que lee para conocer otros mundos y, a veces, escribe para hallar un breve reposo del alma.

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