El Loop

Por Laura Méndez de Cuenca

Ya, por favor, están arriban…

Todas las viejas son una putas, tú también aunque te hagas la mustia… igual que tus hermanas y que tu mamá… Nada más para eso sirves…

Después, hubo silencio.

Yo estaba en el segundo piso, Ana y yo nos encerramos en la habitación del fondo. Escuchamos que había regresado. Cuando mamá bajó a recibirlo, yo subí el volumen de la televisión (una pantalla plana enorme que calentaba todo el cuarto) y traté de distraer a mi hermana a la que le llevo 8 años. Se siguieron escuchando los gritos, ahora incomprensibles gracias al sonido de los dibujos animados.

Sentí un hueco en el pecho, apretaba con los dedos de mis pies la alfombra verde de la habitación. Sabía que pasarían por mí en cinco minutos para ir al cine y me preocupaba que la pelea continuara cuando mis amigos llegaran a mi casa.

Un riesgo de vivir con violencia es comenzar a encontrarla cotidiana. Vives veinte o quince años con situaciones que se repiten una y otra vez y piensas: así es la vida. Soy incapaz de salir de mi propia experiencia, porque siento, existo y soy en tanto que yo. Mi propia existencia me enajena. El medio, el estándar, el más común de los humanos soy yo. Y, por supuesto, asumo que todos viven lo que yo vivo.

Es completamente normal que mi padre llegue en este estado, que se digan las cosas que se dicen, que ocurra lo de siempre. Es normal este asco y esta inquietud que a los minutos se transforma en un tedio que me permite ponerme los zapatos para salir a la calle y que hace que mi principal preocupación sea el carro que se estaciona afuera de mi casa.

Antes de irme le ordené a mi hermanita no abandonar la habitación.

Bajé las escaleras. Escuché otro golpe y fui hasta el recibidor.

La imagen no está muy clara en mi cabeza, cuando la evoco aparece suspendida, como en cámara lenta.

Mi papá tiene un rasguño en el mentón. No lleva la camisa, sólo está en bermudas. Contra la pared está mi mamá, en pijama, las dos manos de él la asfixian mientras ella intenta rasguñar los brazos para zafarse. Tiene rojo el rostro.

Me quedé un par de segundos asimilando.

Lo siguiente que hice fue en un estado de inconsciencia. Intenté separarlos, recuerdo mis manos apretando uno de sus hombros, algunos rasguños en su espalda, el lunar en la parte de atrás del cuello, que heredó Ana. La pared era blanca y eso no parecía correcto. Él giró y me dio un golpe seco en la cara. No me dolió, estaba fuera de mí. Lo miré a los ojos.

Ese semblante me es conocido, pero no es de él. Siempre aparece en medio de esas explosiones de violencia. Antes lo explicaba diciéndome que se disocia, que quien hace lo que hace no es él, sino un otro influenciado por el alcohol y esa enfermedad del ánimo que le hace perder los estribos.

Recuerdo todas las otras ocasiones: peleas, golpes, discusiones, objetos rotos, acciones absurdas que a la mañana siguiente se olvidan con un saludo y que pasan a formar parte de los recuerdos opacos, las hojas arrancadas del álbum familiar. Lo que no se dice en el día del padre, la comida del domingo o la celebración de cumpleaños.

Ya…; me interpuse, él intentó sacarme del camino, yo extendí mis brazos, la sentía detrás de mí. Él no dijo nada, el rostro desencajado, la mirada perdida.

Súbete; me ordenó ella. Cree que tiene control de algo de lo que sucede y lo ejerce sobre mí. Es pequeña: metro y medio, cuarenta y cinco kilos. Él es un pez ebrio y obeso que salpica las paredes y arremete contra todo lo que hay a su alrededor.

Ya… yalas palabras se me atoraban en la boca, como en una lengua ajena, todas las ideas de mi mente, los argumentos “esto es un delito que se persigue de oficio”, “no está bien, nos haces daño”, se materializaron en un balbuceo. Ya, ya, para, ya.

Me dedicó una última mirada. Sentí terror y confusión, pero no me quité de en medio. Mi teléfono vibraba, cuando pude revisarlo, tenía 5 llamadas perdidas y varios mensajes de “llegamos”.

Él se fue a la cocina y salió por la puerta al patio trasero, encendió un cigarro.

—Ya vete, te están esperando afuera. No regreses muy tarde—; me dijo ella, ya empezando la simulación:

                              nada había sucedido.

Durante un minuto tuve una crisis nerviosa en el umbral de la cochera. Me jalé el cabello, sentí ganas de llorar y gritar. Devolví el estómago cerca de alguna maceta. Regresé a la casa en automático: me limpié la boca, acomodé mi peinado y tomé algo de dinero.

Cuando salí de la casa estaban mis dos amigos esperándome. Me subí en la parte de atrás.

Perdón, no me dejaban salir porque estaba ayudando con unas cosas.

No hay bronca… Alcanzamos a pasar al oxxo para ahorrarnos lo de la botana.

Recuerdo que vimos una película en la que Jaime Camil se enamora de una cónsul gringa. Amor a primera visa o algún otro juego de palabras anodino. Camil es el mariachi más lastimoso de la historia, además no me dieron risa los chistes, pero recuerdo esos 90 minutos como agradables. Después fuimos por tacos, mi memoria también los conmemora gloriosamente

Llegué a mi casa a la medianoche, no me regañaron. Mi madre regaba las plantas. En la sala estaba él hecho un ovillo, ahogado en alcohol y autocompasión, llorando mientras balbuceaba.

Dame mi pistola, vieja, que quiero matar a un cabrón… Me siento mal…  

Como cada noche, subí hasta mi cuarto, cerré con seguro y me dormí.

Al día siguiente tenía que ir a la escuela. Hay cosas en la vida que no cambian. Heráclito se equivocó. El agua fluye y se renueva únicamente para regresar al punto de origen. Yo me baño siempre en el mismo río.


Sobre la colaboradora:

p9-foto1Sra. Laura María Luisa Elena Méndez Lefort de Cuenca (Hacienda de Tamariz, 1853). Afamada escritora mexicana, mujer indómita y moderna. Estudió en el Conservatorio de Música y en la Escuela de Artes y Oficios para Mujeres, en 1872. Su obra puede encontrarse en Mariposas fugitivas (1953), Poesía Rediviva (1977),  Simplezas. La Matraca (1983), La pasión a solas: antología poética (1984), Laura Méndez de Cuenca, su herencia cultura (2011). Sobresale su participación en la antología Poetisas mexicanas (1893).

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