Bailar también es resistir

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Una fiesta de cumpleaños. Una gran fiesta de cumpleaños. Asistentes cuyas edades oscilan entre los 20 y 30 años, y una muchacha de 16. Cada quien lleva su alcohol y por tanto, abunda. Una fiesta en la que primero se escucha algo electrónico, después pop, luego nosotras cambiamos la música por cumbias y reggaeton.

Nuestro grupo está conformado por dos hombres y cuatro mujeres, dos de nosotras lesbianas. Bailamos. Bailamos entre nosotras y a veces con alguno de los hombres que nos acompañan, pero sobre todo entre nosotras. Nos tomamos las manos, nos abrazamos, reímos. Algunos insisten en cambiar la música pese a que Alba, la cumpleañera, nos ha pedido que la mantengamos. Sin embargo, un grupo de muchachos llega y la cambia. Seguimos bailando. Cuando nos damos cuenta, unos quince hombres nos tienen rodeadas, miran, retan, algunos sonríen, no sabemos qué quieren. Uno de ellos avienta a otro para bailar con Ale. Ella acepta al principio pero pronto hay carcajadas, burlas. El que se acercó se va. Después viene otro, y otro, es una especie de apuesta. Luego ya no hay sonrisas, sólo se lanzan. La sacan a bailar y ella dice que no, insisten. La toman del brazo. Nosotras hacemos casita, la rodeamos y seguimos bailando. Ella sigue sonriendo, está nerviosa.

A Ale la acosan más que al resto de nosotras porque su ropa no es “femenina”, porque su cuerpo es grande, porque está muy lejos de arreglarse para el deseo masculino. La tratan como si fuera una atracción de feria, como si no fuera una persona. No importa cómo se llama, qué hace, qué estudia, importa cómo se ve y la incomodidad que su presencia causa.

Nosotras bailando hacemos un microespacio en el que no necesitamos hombres, y entonces ellos nos rodean, nos cercan, no pueden entender que no estemos coqueteándoles como casi todas las otras mujeres.

Alba también se acerca. Ella y Ale perrean, se aproximan. Sus ojos están al mismo nivel y puestos en los de la otra. Complicidad. Se toman de la cintura, bajan, sus cuerpos son la fiesta. La cumpleañera le pide que la bese pero está borracha. La cumpleañera se acerca más cada vez y sin embargo no sabe qué hacer. Las miradas de los demás invitados vuelven: ella es una niña bien, qué está haciendo, por qué está jugando así. Y en su cumpleaños.

Mientras, a la muchacha de 16 la busca un grupo de amigos de su hermana Alba. La adulan. Le dicen que qué bonita sonrisa, que el cabello, que la ropa que usa. Le ofrecen alcohol y ella lo acepta. Bebe un poco pero luego nos lo lleva a nosotras. Otra amiga, molesta: los favores se agradecen, le dice. El alcohol se agradece porque ella quiere volver con los muchachos, le gustó uno. Pero la de dieciséis no quiere regresar, y no lo hace, se queda en nuestro grupo. Pide que pongamos a Selena y canta. Los muchachos le insisten, ella los ignora hasta que uno la lleva a su mesa. Le dan más alcohol que ella no toma. La rodean, insisten, acosan. Ella se zafa y va con su hermana. Alba va hacia ese grupo y pregunta cuál es el problema. No responden. Siguen molestando y termina por pedirles que se vayan. Ellos se niegan. No se van a ir porque lo que sucede es que está molesta porque no han querido bailar con ella, dicen. No se van a ir. La cumpleañera insiste pero es inútil. No se van a ir.  

Ellos emborrachan a una menor para conseguir alguna cosa: nosotras hackeamos o creemos hackear su mecanismo bebiéndonos la cerveza que le dan: neutralizamos el intento. Los tipos no se quieren ir, hacen gaslighting a Alba, descalificándola, intentando hacerla quedar en ridículo en su propia fiesta.

La cumpleañera vuelve con nosotras, le pide a Ale que la bese, ella no acepta: todos las están mirando y, aunque Ale está acostumbrada, dice que ese tipo de decisiones no deben tomarse con alcohol encima, el ambiente se pone más tenso. Ella se siente intimidada. Qué difícil es el closet para la Alba, nos cuenta bajito.

La cumpleañera nos hace notar que los tipos que no se marchan, vamos todas, en montón, a pedirles que se retiren. Primero nos ignoran, cuando nos ponemos más serias ponen un poco de atención. Ya que gritamos empiezan a caminar a la salida.

Relato esto que sucedió en una fiesta por cotidiano, por real: podría decirse que ahí pasa poco y sin embargo, están muchas de los asuntos que nos cuesta articular. Creo que si no me hubiera enterado de un poco de feminismo no alcanzaría a nombrarlo más que como una incomodidad, como un grupo de personas que malacopean. Pienso también que quienes no tienen esas herramientas y cuentan solamente con intuición, como Alba, tardan más en darse cuenta de las dinámicas que se establecen en algunos espacios, es como una reacción lenta a ciertas cosas que necesitan movimientos rápidos.

Así opera también el patriarcado, con hechos pequeños, con violencias diarias que excluyen a unos y le dan la razón a otros, aunque no la tengan; en espacios que nos son familiares, seguros en apariencia, incluso privilegiados. Sé que hablar del patriarcado en una fiesta es una excepción, un derecho que no todas tenemos: intento decir que el patriarcado nos oprime también ahí, donde deberíamos sentirnos cómodas, ahí tanto como en la calle y en los trabajos. Y que a algunas nos/les va peor, pero que todas y todos perdemos.

Así es como muchas de nosotras terminamos haciendo cosas que no queremos, desde bailar hasta tener sexo, y así es como todos y todas somos en algún momento cómplices, si no lo frenamos. No me parece que haya ningún problema en nombrarlo así, con lo que tenemos a mano, y en querer disminuirlo de nuestras vidas, o salirnos de los lugares en los que se manifiesta con más fuerza,  con hacernos casita entre nosotras y con los amigos aliados, con el baile, con el gozo. Resistir también es eso.


Sobre la autora:

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Fotografía por Anaclara Muro

Yolanda Segura (Cadereyta, 1989) Esta joven poeta rural estudia el magnánimo doctorado en Literatura Latinoamericana en la UNAM. Acaba de regalarnos el poemario O reguero de hormigas (FETA, 2016). Poemas y artículos suyos, todos de absoluto deleite, han aparecido en diversos medios, entre ellos Periódico de Poesía y Bazar Americano. Cuando las labores del hogar se lo permiten, mantiene el bello blog http://elreversodelaspiedras.blogspot.mx/

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Un comentario en “Bailar también es resistir

  1. Es importante resistir porque el otro, el atacante, se da cuenta. ¿De qué se da cuenta? Pues no lo se a ciencia cierta. Apáticamente diría que se largaron echando pestes: “Pinches viejas argüenderas”, lo menos; que no entendieron nada y que seguirán haciendo lo mismo. Aún así, encontrarse otra vez, en algún otro lugar, con la misma resistencia, con la misma unión, les dirá que no es tan fácil. Por eso es importante resistir. De manera optimista diría que más de uno de ellos se vio a sí mismo siendo un patán rechazado y no se gustó y quizás llegó a casa diciendo: “Igual y ya no junto con estos cuates”. Por eso es importante resistir.

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