Cecilia Juárez: Hay heridas que no termino de comerme

Por Cecilia Juárez

¿Los bonobos se preguntan si son iguales a otros bonobos?

Si se lo preguntan, ¿para qué se lo preguntan?

¿Qué es la redonda espesura de las rodillas temblando?

Eres algo, soy algo, habrá valido la pena encontrarnos

hacernos sufrir hacernos calor hacernos de nuevo después de tantos intentos.

La normalidad es la tabula rasa de las cocineras del mundo. La normalidad es un hacha que empareja las ramas de los árboles siempre por la mala.

 La normalidad es mi chicle, mi cuchillito de palo, es mi apéndice podrido, mi tormento,

es mi horca y mi satélite.

 Esperas averiguar qué es lo que traigo entre manos.

No traigo nada.

Sólo el deseo que desprecian los budistas. 

Desátame las venas, hazme llegar tu calma como una carta desde Tánger. Verás que no traigo nada. Arropa las ideas que como semillas van pudriéndose.  Verás que no traigo nada. Buena para la idea, mala para el acto. 

 

 Cómo se verá mi cuerpo estallando contra el suelo.

 

Cómo será el olvido de las aves

cómo se extienden las ramas de la lengua persa

qué ciudad hemos de tomar en nuestros sueños

qué costa fatal y burbujeante.

 

Bebe esto: es mi desesperación, lo más honesto que tengo para darte.

 

Y lo único.


Perro

Miro los autos con sus colas pesadas atravesarme

dos veces en la mañana

dos veces en la noche

me siento a la orilla de este microscópico universo

que se reduce a un par de puertas 

por donde el asombro transita

y la fauna trepa como entre caramelos

ya no soy yo:

soy un oso dormido

una pulga que aprendió a saltar océanos

y en su soledad brinca templos

con la compulsión de las moras tupiendo una valla.

Hay heridas que no termino de comerme

heridas como lámparas gigantes

heridas como camiones

heridas como espinas infinitas que vomitan a otras espinas

heridas que viven en el cuerpo y no se encuentran

heridas como los maremotos

             como las casas fantásticas llenas de fantasmas

heridas como tardes en las que el sol

es un escualo que no tiene piedad

ni casa

ni inocencia

yo qué sé cómo están confeccionadas las banderas

mi humo noble llena los ojos de la criatura que soy

y mi nombre se ve

lánguido relámpago

en los goznes del libro de la creación

pertenezco al conjunto de venablos

que lanzaron entre las llamas de luz y agua a este mundo

para hacer sentir a los otros

y darles papalotes

y mecerlos entre mis pestañas

y planear la herencia que les dejaré una vez muerto.

Todo un destino glorioso y vivaz será dado a quien que me ame.

Pero por ahora espero.

Dicen que ese es el oficio más lento

espero

para saber si la dirección en que no me muevo es la necesaria

espero la muerte con las patas atadas a la tierra

y a la voz de quien me puso en la nostalgia de este frío.


Concierto de cigarras toca la puerta

Vuelvo sobre mí

y tengo carne

y tengo frío y esporas y salterios

que me brincan apenas

muy dormidos

en la cárcel azul de las venas que recorren kilómetros de mí

ya no vive aquí ningún ojo suicida

ninguna lengua ajena

 no viven en este cuerpo las noches domésticas

me levanto de entre mis edificios abandonados

pelo la cáscara sutil de mi pasado

la vierto en la composta

surge caimana y lenta

pero surge

dolorosa como la caja fuerte rota de la semilla

dolorosa como los tallos de hilo que se van haciendo

cojo mis tormentas abisales

cojo mis calmantes y mi lepra

los levanto sobre mi cabeza

para arrojarlos al vacío que come todo

soy una cometa que se marcha y queda

tras de mí

este presente 

este amuleto ciego y cósmico

este presente

este vicio

por renacer en años que no llevan lejos

como si el tiempo fuera algo

más allá de la cerca de la humanidad y sus misterios 

Estás a tiempo de volver por donde vienes.

Aquí no vives ya.

La puerta que tocabas ya no existe.


La danza de los estorninos

(fragmento)

Sus ventanas dan a 

   

la nada

al infinito sombreado por rascacielos que cargan la pena de la metamorfosis

la nada que vive en una cucharada de cereal reflejada en el ojo 

de una niña de publicidad tipo latino internacional

la nada de las cinturas del tamaño de una hoja

y el hueco entre los muslos donde cabe completo el Corán

la nada de los trompos cruciales sobre el cosmos

y las cosas minúsculas que miran a los trompos convertirse

en especie de diosecillos con repuesto

los venden en cajitas de seis

la nada de los aparadores llenos con sus frutos neón

cortados de la rama con tarjetas de crédito

los frutos puestos en los platos húmedos

la nada de comer vidrio con luz

la nada de oír la voz cada vez más lejos de su centro

y arrancar todas las hojas de los árboles para venderlas

por separado

cada una envuelta en celofanes gloriosos

la nada de pasear por los supermercados entre la fauna en la sección de jugos

y asistir ante los potes blancos de la crema

como ante un milagro celeste y espacial

la nada de doblar las rodillas ante el cosmos de los virus

y rogar por nuestro espíritu de lava artificial

la nada de sentarnos hasta evolucionar en bífidas espinas

la nada

que se ve por estas ventanas

desde un apartamento blanco parecido

se suspende a causa de los estorninos:

no han sido repetidos por ninguna máquina

repetirlos es imposible

cada uno sólo sigue a sus siete más cercanos

y punto

la danza es lo único que nos queda

desde la ventana

de la muerte cerebral 

que lloramos

agarrados con las nalgas al borde casi inexistente de la maravilla.

 


Sobre la autora:

13147487_10154239808368203_8647252152943774282_oCecilia Juárez (Toluca, 1980) Esta talentosa dama ha vertido sus delicadas letras en las antologías Poetas en el andén, Cantar bajo la nieve, Últimos coros para la tierra prometida, además de sus excelsos libros de poesía Muerte para el coño dorado de Lavernia (Mirabilis, 2006), No te desanimes, mátate (Diablura, 2013), Bar Karaoke (Mirabilis, 2014), Lobos en un corral de lobos (Mantra, 2016) y el fanzine No estoy lista (El humo, 2016). En estos días dedica sus instantes a departir en la radio como locutora, guionista y productora.

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