Recetarios

Por Yelitza Ruíz

Los recetarios guardan gran parte de la historia familiar, es a través de la comida que se pueden distinguir los estados de ánimo de un hogar o las costumbres más arraigadas que tienen las personas. Hace unos días decidí obsequiarle una libreta a mi abuela para que escribiera las recetas de su familia. Para mi abuela Martha escribir sus recetas es una forma de regresar a los primeros años, ha sido reparador tanto para ejercitar su memoria como para recobrar recuerdos al lado de su abuela y de su madre. Dice Alberto Manguel: “Todas las literaturas hablan de comida. No conozco ninguna que evite el tema”. Y tiene razón, la literatura siempre ha tenido presente la comida como un personaje que desata tramas, como en Charlie y la fábrica de chocolate de Roald Dahl, Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, Cuento de Navidad de Charles Dickens, Los cuentos de los hermanos Grimm, y también en historias más actuales como la novela Secretos de alcoba de los grandes chefs, de Irvine Welsh.

Mi abuela no tuvo un diario durante su juventud en el cual pudiera escribir sobre la rutina de los días o los primeros amores, no le dio tiempo detenerse a describir las emociones, se casó a los 16 años y las recetas que aprendió de su abuela y de su madre solo desfilaron por su cabeza y por el horno de piedra que mi abuelo le construyó años después para que pudiera hornear el pan en casa. Después de 56 años de matrimonio con mi abuelo, se ha dado a la tarea de escribir sus recetas.

Recuerdo que a los 12 años me regalaron un diario que conservo en la casa de mi abuelos, está desojándose así que las hojas son tan aleatorias que en lugar de nostalgia me dan risa. Cuando veo mi diario pienso en mi abuela, en la forma en que la genética nos vuelve una sola mujer a pesar de los años y de las generaciones, pienso en mi tatarabuela Brígida y en mi bisabuela Catalina, mujeres que no conocí pero que reconozco a través del pan de nata y el molinillo que levanta el turrón de la clara. Sí, también aprendí a hornear panqué de nata como ellas, aprendí a cernir el harina de arroz para impedir que las piedritas se colaran. Mi abuela nos ha enseñado a sus tres hijas y a mí, la medida exacta de azúcar que debe llevar un pastel, a distinguir el tomate agrio del dulce, a deshuesar un guajolote para rellenarlo de picadillo y degustar sin el apuro de los huesos durante la cena de noche buena, nos enseña a distinguir las especies y a preparar té con hierbas medicinales.

Al finalizar sus recetas agrega un apéndice sobre los detalles que sugiere para cada ocasión en la que se sirva determinada comida. El almendrado es mejor comerlo en primavera, los huanzontles se sirven en semana santa, los chiles rellenos en crema son más sabrosos en invierno porque su consistencia viscosa le da calor al cuerpo, el puerco en chile de ciruela se come en verano, porque la ciruela que se usa para ese guiso solo se da durante esos meses, la iguana en chile ajo se come en tiempo de agua, el pozole y el ceviche se comen todo el año. Así, guisado tras guisado mi abuela desliza su letra cursiva sobre la libreta, esas recetas son testimonio de cada momento que abuela, madre, hija y nieta han compartido.

Dice Ingrid Solana en su libro Barrio verbo que la moda es tradición, y lo es porque los hábitos de la comida casera son como un ritual para algunas familias. La comida refresca la memoria, cada vez que leo el recetario que escribe mi abuela, recuerdo el sabor que me dejó cierto momento, saboreo de nueva cuenta la tristeza de los marquesotes y la alegría de las chalupitas. Mi abuela sin saberlo, nos describe en su recetario, se convierte en ese espejo en el que nos reconocemos, hace su revolución en la cocina, nos sacude cada vez que leemos en sus recetas la combinación de vainilla con canela para hacer arroz con leche.

Durante la revolución mexicana las mujeres que no iban a combate, se encargaban de alimentar a toda la tropa, hervían los frijoles en una olla de barro a fuego lento para que no se espesaran y alcanzara para todos. Todos los cuarteles tenían una cocina improvisada, lo importante era alimentarse, mantenerse fuertes para la batalla, se ingeniaban recetas con lo que tenían para darle variedad al platillo y en la torre al hambre, esa era su revolución, mantenerlos con vida, curar los males con remedios rudimentarios que secaran las heridas de una bala o las grietas de un cañón.

A través de las recetas de cocina también podemos ver a las mujeres que hemos sido. Sor Juana Inés de la Cruz estuvo íntimamente ligada a la cocina, a las recetas, por medio de la comida también libró las batallas de su tiempo, en Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, Sor Juana hace uso de la comida para hacer una crítica hacia el sometimiento de la época y para la defensa del género femenino de los ataques sociales y eclesiásticos. Escribe: “Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”.

Hay que alminodar el recuerdo, como se alminodan los vestidos. Tener una memoria palpable paseándose en casa, nos recuerda que hemos tenido muchas mujeres la oportunidad de construir una habitación propia, la libertad de decidir sobre nuestro entorno y sobre nuestro cuerpo; sin embargo, no siempre es así, vivimos en un país que tiene altos índices de feminicidios, donde se nos recomienda ser valientes y no libres porque la violencia está tan normalizada que no todos aceptan que los piropos callejeros son amenazas y no cumplidos. En México son asesinadas 6 mujeres al día, es un ambiente lleno de rojo en los periódicos y demasiado gris afuera, como dice el poeta Ángel Carlos. Todavía no hay una receta para resarcir estas estadísticas, pero visibilizar los actos de violencia simbólica y material es el comienzo para preparar una receta que nos ayude a ir erradicando el cólico que esto produce.

Pienso en la fortaleza que nos han heredando las mujeres a través de sus recetas, dentro de lo simple que puede parecer, ellas describen los atajos para evitar que la sopa se nos amargue. Mi abuela sigue escribiendo el recetario, quizá un día al leerlo, descubra la fórmula con la que el corazón se aviva más a fuego lento.

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Yelitza Ruíz: esta jovencita tan asidua al siglo XX estudió Jurisprudencia y la Maestría en estudios de Arte y Literatura. Como buena muchacha que estudió latín, archiva ajeno. Como no pudo contener su emoción creativa, publicó los poemarios Abril en casa (Tarántula dormida 2011) y Cartografía del tren (Praxis-SECUG 2013). Dedicada beneficiaria del programa Jóvenes creadores del FONCA 2013-2014. Cuando las labores del hogar se lo permiten, dirige el proyecto #MujeresyRevolución y el Encuentro Nacional de Jóvenes Escritores Acapulco Barco de Libros. @Yelitaruiz

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