Isabel y Rosario: No es siquiera un herida.

Torre, no hiedra, fui. El viento nada pudo
rondando en torno mío con sus cuernos de toro:
alzaba polvaredas desde el norte y el sur
y aun desde otros puntos que olvidé o que ignoraba.
Pero yo resistía, profunda de cimientos, ancha de muros, sólida
y caliente de entrañas, defendiendo a los míos.

(Testamento de Hécuba, 202).

Isabel Favila fue maestra de muchas generaciones en el CEDART “Ignacio Mariano de las Casas” en Querétaro, uno de estos bachilleratos artísticos que hay por el país y que pretenden formar a jóvenes interesados en el arte y la cultura.

Era una mujer poderosa. Desde que llegabas a la escuela sabías que en la torre de artes plásticas, un ojo omnipresente controlaba el funcionamiento de la escuela. Isabel era maestra de pintura y dibujo. Pero, con la misma importancia, era también maestra de Historia de la Cultura en los primeros semestres.

Para muchos de nosotros su aportación durante el bachillerato fue determinante. Podía acabar contigo con cualquier comentario, no se tocaba el corazón para destruir nuestros frágiles egos de pequeños artistas. Del mismo modo, reconocía los aciertos, siempre le interesó el diálogo con nuestras ideas. Su aprobación en los textos que escribí para su clase, significó para mí la entrada a un mundo que aún no logro descifrar, pero sé que tiene que ver con la necesidad de nunca sentirse demasiado cómodo con lo que piensas.

Para ella, la formación en el arte no tenía que ver únicamente con la técnica, tenía muy claro que era fundamental el desarrollo de un criterio, de un pensamiento detrás de la obra. Todos ahí teníamos que pensar.

Su clase fue clarividente, no sólo por su guía a través de los periodos históricos, que nos hizo investigar a profundidad, si no por las lecturas. Nadie antes me había dejado leer tanto en una clase. Lecturas de todos géneros y tiempos. Leer era necesario para la formación que fuera, artística o de cualquier tipo. Leer tenía que ver con aprender a pensar, con desarrollar ideas y dialogar con los autores, leer también implicaba escribir.

Entre aquellas lecturas ahora recuerdo un nombre: Poesía no eres tú de Rosario Castellanos. Yo no había leído más que libros de poesía infantiles o poemas sueltos, nunca un libro completo de puros poemas. No sabía cómo hacerlo y lo hice como pude, pero lo hice. Leí a los 15 años, un libro completo de poemas y no solo eso, un libro completo de poemas escrito por una mujer. Un libro en el que una mujer se rebela contra su papel de musa, callada y observada, al que el modernismo la había relegado.

En ese momento no sabía lo relevante que era tomar una decisión como esta. En ese momento no sabía que después me haría consciente de la inequidad de género en las clases, en la escritura, en las instituciones culturales. Era simplemente un libro, simplemente una tarea. La naturalidad de una maestra excéntrica que ponía música brasileña y nos invitaba café.

Recuerdo a Favila como una mujer autosuficiente y feliz. Fue soltera e hizo con su vida lo que quiso. Pintó mucho y enseñó mucho. Ahora pienso en ella como un ejemplo que ha estado ahí muchos años y del que no había tomado consciencia. Hasta ahora, con su muerte, su figura adquiere la dimensión y relevancia que merece.

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Agradezco toda la generosidad con la que compartió conocimientos, comida, críticas, hospitalidad y tiempo. Como breve homenaje comparto con ustedes una selección de fragmentos de Poesía no eres tú:

Montones de cadáveres ahogan el indefenso
embrión que mis entrañas niegan y desamparan.

No quiero dar la vida.
No quiero que los labios nutridos en mi seno
inventen maldiciones y blasfemias.

(De la vigilia estéril, 37)

Antes, para exaltarme, bastaba decir madre.
Antes, dije esperanza. Ahora digo pecado.
Antes había un golfo donde el río se liberta.
Ahora sólo hay un muro que detiene las aguas.

(De la vigilia estéril, 39).
No es siquiera un herida. Es el cimiento
roído de gusanos, la escalera
incompleta y las aguas estancadas.

(Elegías del amado fantasma, 42).
Del Sur hemos venido, entre cafetos
y platanares verdes y naranjales ácidos”.
Porque el Sur se evapora,
lo arrasa el tiempo, lo hunde la distancia.
se consume, incendiando, a nuestra espalda.

No miremos atrás que sólo llega
un abrasado aliento de desierto.

Si se pudrió la fruta
que ya no nos persiga su fragancia.

(Nocturno, 46).

A la mujer que vende frutas en la plaza

Amanece en las jícaras
y el aire que las toca se esparce como ebrio.
Tendrías que cantar para decir el nombre
de esas frutas, mejores que tus pechos.

Con reposo de hamaca
tu cintura camina
y llevas a sentarse entre las otras
una ignorante dignidad de ila.

Me quedaré a tu lado,
amiga,
hablando con la tierra
todo el día.

(A la mujer que vende frutas en la plaza, 63-64).

Estoy aquí, sentada, con todas mis palabras
como una cesta de fruta verde, intactas.

(Silencio cerca de una piedra antigua, 65).

He aquí el terraplén para la danza.
¿Quién dirá los silencios de mis muertos?
¿Quién llorará la ruina de mi casa?
Entre la soledad un flauta de hueso
derramando una música triste y aguda y áspera.

No hay otra palabra.

(Elegía, 83)
A veces tan ligera
como un pez en el agua,
me muevo entre las cosas
feliz y alucinada.

Feliz de ser quien soy,
sólo una gran mirada:
ojos de par en par
y manos despojadas.

(Misterios gozosos, 89)
Al tercer día todo resucita.
Sólo la muerte muere.

(El resplandor del ser, 100).

Así pues tomé la rienda de mis días: potros domados, conocedores del camino, reconocedores de la querencia.
Así pues ocupé mi sitio en la asamblea de los mayores.
Y a la hora de la partición comé apaciblemente el pan que habían amasado mis deudos.
Y con frecuencia sentí deshacerse entre mi boca el grano de sal de un acontecimiento dichoso.

(Lamentación de Dido, 102).

Dijimos soledad entonces. Lo que dice
la rama cuando cae desgajada,
lo que dicen las tapias cuando se vuelven sordas.

Y mentimos. No era soledad. Era miedo
y, locos ya, girábamos dentro de la prisión
como la rata que oye
primero que el marino los ruidos del naufragio.

(Crónica final, 108).

El que contempla, pájaro de las emigraciones.

Porque la ola exhala
una densa humareda de exterminio.

(Imagen, 111).

—Cuando decimos “yo”
nos atamos al cuello una vocal redonda,
una cuerda de ahorcar, nos taladramos
la nariz con un aro como el que rige al buey;
nos ceñimos con grillete de prisionero.

Círculo de exclusión, rómpelo, sáltalo.

Tus ojos son poliédricos como los de la avispa.
Cuando lo miras tú se quiebra el mundo.

(Diálogo del sabio y su discípulo, 113).

Piensa en la tejedora; en su paciencia
para recomenzar
una tarea siempre inacabada.

Y odia después si puedes.

II

Hombrecito, ¿qué quieres hacer con tu cabeza?
¿Atar al mundo, al loco, loco y furioso mundo?
¿Castrar al potro Dios?

(Dos meditaciones, 115).

Ahora estoy de regreso.
Llevé lo que la ola, para romperse, lleva
—sal, espuma y estruendo—,
y toqué con mis manos una criatura viva:
el silencio.

(Nostalgia, 119).
Juan, yo ya no te miro.
No te acerques. Aparta. Yo ya no soy el junco
flexible, que doblaban las manos del deseo.

Mi carne se ha curvado
como la hoz que empuña un destino funesto.

Entre todos los fuegos torcidos
que me lamen los huesos,
deja que arda uno solo: el que se llama cólera.

Entre todos los gestos que acechan en mis músculos,
sólo queda el del odio, fijo como una máscara.

El crimen duerme ya en mi corazón
como duerme el reptil en la caverna oscura.

(Judith, 159).

¿Qué ha pasado Judith?

No sé. Vine a mi boda
y traía mi cuerpo vestido de caricias.

Y de pronto me palpo y me encuentro sembrada
de cardos y de espinas.

(Judith, 161)

Os quedáis aquí, solas como torres
edificadas para contener
un mísero puñado de cenizas,
y afuera la ciudad alza sus brazos
con ademán de náufrago
y huye, despavorida,
mientras el fuego muerde sus talones.

(Judith, 164)

Y mis hijos, la hiedra que ceñí a mi cintura,
han burlado mi vientre.
Y en mi vientre burlado hierven las alimañas
y afilan su colmillo las serpientes.

(Judith, 164).

El día inútil

Me han traspasado el agua nocturna, los silencios
originarios, las primeras formas
de la vida, la lucha,
la escama destrozada, la sangre y el horror.

Y yo, que he sido red en las profundidades,
vuelvo a la superficie sin un pez.

(El día inútil, 177).

No te acerques a mí, hombre que haces el mundo,
déjame, no es preciso que me mates.
Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren
de algo peor que vergüenza.

Yo muero de mirarte y no entender.

(Agonía fuera del muro, 180).

(El otro es el espacio en que se siembra
o el aire en que se crece
o la piedra que hay que despedazar.)

(Monólogo en la celda, 183).

Límite

Aquí, bajo esta rama, puedes hablar de amor.

Más allá es la ley, es la necesidad,
la pista de la fuerza, el coto del terror,
el feudo del castigo.

Más allá, no.

(Límite, 184).

“Señoras y señores… el micrófono
funciona bien. ¿Se escucha? ¿Quién escucha?
¿Uno? ¿Varios? ¿Ninguno?
No me importa.
La sordera no es lo que hace al silencio.
Lo que hace al silencio es la mudez.

(Recital, 206).

Malhumorada, irónica, levantando los hombros
como a quien no le importa, yo digo que no sé
sino que sobrevivo
a mínimas tragedias cotidianas:
la uña que se rompe, la mancha en el mantel,
el hilo de la media que se va,
el globo que se escapa de las manos de mi hijo.

(Toma de conciencia, 207-208).

Porque soy algo más ahora, por fin lo sé,
que soy una persona, un cuerpo y la celda de un nombre.

Yo soy un ancho patio, una casa abierta:
yo soy una memoria.

(Toma de conciencia,210).

Aquí estoy. Tejedora, lavandera,
desgranadora de maíz y, a veces, en la noche,
cuando el sueño no acude,
relatora de historias.

(El talismán, 214).

Tal vez cuando nací alguien puso en mi cuna
una rama de mirto y se secó.
Tal vez eso fue todo lo que tuve
en la vida, de amor.

(Canción 215).

Elegía

Nunca, como a tu lado, fui de piedra.

Y yo que me soñaba nube, agua,
aire sobre la hoja,
fuego de mil cambiantes llamaradas,
sólo supe yacer,
pesar, que es lo que sabe hacer la piedra
alrededor del cuello del ahogado.

(Elegía, 290).

Temí… no el gran amor.

Fui inmunizada a tiempo y para siempre
con un beso anacrónico
y la entrega ficticia
—capaz de simular hasta el rechazo—
y por el juramento, que no es más retórico
porque no es más solemne.

(Accidente, 290).

No busques lo que no hay: huellas, cadáveres,
que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa:
a las Devoradora de Excrementos:

No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.

Ay, la violencia pide oscuridad
porque la oscuridad engendra el sueño
y podemos dormir soñando que soñamos.

Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangra con sangre.
Y si la llamo mía, traiciono a todos.

(Memorial de Tlatelolco, 297).

Yo soy una señora: tratamiento
arduo de conseguir, en mi caso y más útil
para alternar con los demás que un título
extendido a mi nombre en cualquier academia.

Así pues, luzco mi trofeo y repito:
yo soy una señora. Gorda o flaca
según las posiciones de los astros,
los ciclos glandulares
y otros fenómenos que no comprendo.

*

En general rehúyo los espejos.
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago el ridículo
cuando pretendo coquetear con alguien.

Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.

*

Sería feliz si yo supiera cómo.
Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las decoraciones.

En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.

Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo del impuesto predial.

(Autorretrato, 297-299).

Como todos los huéspedes mi hijo me estorbaba
ocupando un lugar que era mi lugar,
existiendo a deshora,
haciéndome partir en dos cada bocado.

Fea, enferma, aburrida,
lo sentía crecer a mis expensas,
robarle su color a mi sangre, añadir
un peso y un volumen clandestinos
a mi modo de estar sobre la tierra.

(Se habla de Gabriel, 300).

Y hay también la vajilla de la gran ocasión
y la otra que se usa, se rompe, se repone
y nunca está completa.

*

Algunas cosas. Por ejemplo, un llanto
que no se lloró nunca;
una nostalgia de que me distraje,
un dolor, un dolor del que se borró el nombre,
un juramento no cumplido, un ansia
que se desvaneció como el perfume
de un frasco mal cerrado.

Y retazos de tiempo perdido en cualquier parte.

(Economía doméstica, 301).

Pregunta el reportero, con la sagacidad
que le da la destreza de su oficio:

—¿Por qué y para qué escribe?

—Pero, señor, es obvio. Porque alguien
(cuando yo era pequeña)
dijo que gente como yo no existe.

Porque su cuerpo no proyecta sombra,
porque no arroja peso en la balanza,
porque su nombre es de los que se olvidan.

Y entonces… Pero no, no es tan sencillo.

(Entrevista de prensa, 302).

Ni el cielo constelado de estrellas ni la ley
moral, urdida en la raíz del hombre.
No, a diferencia exacta de Kant, no me suscitan
tales contemplaciones
tales meditaciones, maravillas o asombro.

Me conmueve más bien la vastedad
del espacio, la inmensa
magnitud de los tiempos
y las cosas que son y las que ocurren.

¡Tantas cosas! Orugas, tempestades,
hiedras alrededor de una columna
a medio derruir,
casitas suburbanas, tractores, incunables,
abrelatas, tratados de paz, mesas de bridge,
piedras semipreciosas, recetas de cocina
y más y más y más.

(Mala fe, 304).

¿Sabes?, la metafísica dora todas las píldoras,
sive de colagogo, lo mismo que la ética.

(Post-Scriptum, 310).

Cuando el programa acaba
la reunión se disuelve.

Cada uno va a su cuarto
mascullando un —apenas— “buenas noches”.

Y duerme. Y tiene hermosos sueños prefabricados.

(Telenovela, 327).

—¿Pero qué suponías que es la muerte
sino este llegar tarde a todas partes
y este dejar a medias cualquier cosa
y este sumar, restar, enredarse en los cálculos
y no contar con excedentes nunca?

(Tan-tan, ¿quién es?, 328).

Con frecuencia, que puedo predecir,
mi marido hace uso de sus derechos o,
como él gusta llamarlo, paga el débito
conyugal. Y me da la espalda. Y ronca.

*

Que me negaran
el derecho a negarme cuando no tenía ganas
porque me habían fichado de puta.

Y ni siquiera cobro. Y ni siquiera
puedo tener caprichos en la cama.

Son todos unos tales. ¿Qué que por qué lo hago?

Porque me siento sola. O me fastidio.

*

A los indispensables (como ellos se creen)
los puede usted echar a la basura,
como hicimos nosotras.

(Kinsey report, 329-322).

En otro tiempo me maravilló
lo fácil que era ser solamente una vaca.
Bastaba con echarse a rumiar y con parir
cada año un becerro. Con mirar sin asombro
la estructura del mundo y sus apariciones.
Con dejarse engordar y, mansamente,
ir con los otros hacia el matadero.

(Acto de humildad, 333).

Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no.
Pero sí de palabras,
muchas, contradictorias, ay, insignificantes,
sonido puro, vacuo cernido de arabescos,
jugo de salón, chisme, espuma, olvido.

(Pasaporte, 339).

Y tú sonríes, misteriosamente
como es tu obligación. Pero yo te interpreto.
Esa sonrisa es burla. Burla de mí y de todos
los que creemos que
la cultura es un líquido que se bebe en su fuente,
un síntoma especial que se contrae
en ciertos sitios contagiosos, algo
que se adquiere por ósmosis.

(Mirando a la Gioconda, 340).

La sentencia que dicta: “No existes”. Y la firman
los que para firmar usan el Nos
mayestático: el Único que es Todos

(Ninguneo, 342).

Castellanos, Rosario. Poesía no eres tú. México: Fondo de Cultura Económica; 2004

Sobre la recomendación:

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Anaclara Muro (Zamora, 1989). Después de decidir dedicarse a la eminente carrera de Letras Hispánicas, cultivó su formación en la creación literaria. Heredera de la tradición de la bucólica poesía, se desarrolló en el guionismo y otras artes. Participa con entusiasmo en el Slam Poético Queretano, Horizontal. Taller de escrituras y Lucha de Escritores Anónimos. En algunos momentos, en medio del ajetreo de la vida cotidiana, se detiene a seleccionar bellas poesías y compartirlas en El Periódico de las Señoras.

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