Estudio rudimentario de la función de los bolsillos de los pantalones

por Jessica Robles Calderón

Un compañero del trabajo me pidió que le enseñara mi nuevo cel. Me lo saqué del pantalón, y el chico se mostró sorprendido, pero no por las razones correctas.

—¡Órale, tú si usas los bolsillos de los pantalones!

Mi reacción inmediata fue preguntarme quién diablos no las usaría; pero entonces me invadieron una sarta de reclamos pasados como una verdadera revelación. El regaño más cotidiano que he escuchado con respecto a los bolsillos de mis pantalones es que ‘parezco chiclera’. Y es que siempre los traigo llenos, ya sea con mi cartera, mi celular, morralla, y si quedara algún espacio vacío, algún papel higiénico con mocos por la rinitis. Cuando niña escuché muchas veces el regaño de “pareces una vulgar chiclera”, sin comprender muy bien qué significaba, mientras me sacaban todo de los bolsillos. Pero es que, ¿para qué tenían bolsas los pantalones, si no podía usarlos? Como mi mamá vio perdida esa batalla, optó por otra medida: me compró un pantalón lleno de bolsitas por todas partes, pero el canijo me caía gordo porque era a la cadera y se me marcaba mi lonjita, además de que no usaba todas las bolsas, sólo las dos de adelante para lo estrictamente necesario.

Mientras mi compañero revisaba mi smartphone, me senté y miré discretamente mis pantalones. De cajón sólo pude ver la nueva lonja que me crece arriba del pubis, pero al poner atención, noté una marca rectangular de desgaste en la mezclilla en cada bolsa, señal del teléfono y la cartera que guardo en cada uno. Conforme crecí y aumentaron los tamaños de mi cartera y celular, también debían aumentar las bolsas. Me acuerdo una vez que vi una tienda con un flamante letrero que anunciaba liquidación de jeans a cien pesos, pero al querer probarme uno, me di cuenta que las bolsas de adelante eran simuladas, y todos los que costaban cien pesos carecían de bolsitas. Pedí uno con bolsillos de verdad y me salía en doscientos ochenta. Órale, va, te creo que cada bolsa te salga en noventa varos ya con la ganancia, ¿pero que sólo le quepan unas dos monedas de a diez? La escena se repitió en un par de tiendas más, en diferentes ocasiones. Hasta entonces sólo había trascendido la molestia de no encontrar pantalones que me gustaran, pero en este momento, consciente de esas marcas cuadradas en mi vientre forrado de mezclilla, fue que comencé a preguntarme en verdad la razón por la que la mayoría de los pantalones para dama no traen bolsillos adelante.

Cuando me tocaba ir formal a la escuela, solía ponerme un pantalón de vestir que me quedaba bombacho, y tenía los bolsillos tan profundos como para meter y estirar mis manos, pero casi no guardaba nada en ellos porque todo se tambaleaba y me rozaba la pierna. Mis compañeros, con el pantalón que sea, se veían bien cómodos de guardar lo que sea que fueran a necesitar.  Una vez vi una chava con un pantalón de vestir bien pegadito, se le veía elegante, marcaba de maravilla la forma de sus piernas y la hendidura de su pubis sin verse vulgar; pude ver que tenía bolsitas pero no había nada guardado en ellas. Justo cuando recordé ese momento pensé que había resuelto el misterio. ¡Claro! La razón por la que los pantalones no tienen bolsas, o bien, éstas no deben utilizarse, es para que el pantalón se ajuste a nuestro contorno de piel sin nada que distorsione la forma original. Entonces pensé que las chicleras no se veían bien con los bolsillos llenos de moneditas (y he de confesar que, cuando niña, creía que les decían chicleras porque traían las bolsas llenas de chicles; por mucho tiempo me pregunté por qué me decían así aunque no trajera un mísero bubaló), y que esta clase de humildes damas creaban el estereotipo de mujer-pobre-que-necesita-generar-morralla-para-vivir-a-diario. También pensé en ese primer pantalón de vestir con bolsas guangas que deformaban la silueta si llevabas algo dentro, ¡entonces por eso me compró otro mi mamá, con el pretexto de que ‘el que tenía ya estaba viejito’! Nada tenía que ver la edad de mi prenda, la única verdad era que el nuevo pantalón me quedaba pegadito, bonito, pero sin mentadas bolsas.

Mi cel ya había pasado por las manos de mis ocho compañeros de trabajo cuando me lo devolvieron. No lo guardé de inmediato, si no que fui al baño y observé en el espejo, detenidamente, el fenómeno que acontecería cuando guardara el aparato en mi bolsillo izquierdo; la cartera ya estaba en el derecho, que es como acostumbro cargarlos, y al armar el rompecabezas, descubrí la verdadera figura: Resulta que mi vientre, antes redondo como salvavidas a medio inflar, ahora era perfectamente cuadrado, y la forma de mi pubis desaparecía en esa figura por el estiramiento de la tela al tener ambos bolsillos bien ocupados.

Regresé a mi lugar, convencida de que había encontrado otro instrumento nacido del machismo. ¿Entonces está mal usar los bolsillos o tenerlos porque deforman mi cuerpo? ¿Así  que mi misión al vestir pantalones entallados es mostrar bien el contorno de mi cadera, muslos y pubis para deleite de a quien corresponda?  Me sentí orgullosa de haber elegido durante casi toda mi vida los pantalones del feminismo, los que buscaban la practicidad y no la estética; sin embargo, si éstos resultaban más caros, se debe seguramente al capitalismo patriarcal que dicta las normas de cómo debe ser consumida la imagen de la mujer en jeans. Saqué mi cel, que era unas dos pulgadas más grande que el anterior que tuve, y ahora deduje que su tamaño era para no entrar en los pequeños bolsillos de pantalones de damas que podrían guardar ahí sus objetos de valor (y pensar que casi caigo con que el tamaño se debía a su potente procesador y mejor accesibilidad de la pantalla). Fugazmente recordé a una chavita de unos diecisiete años que vi el otro día: Salió delante de mí en el tren, y traía su smartphone a media nalga apenas sujeto por un cachito de tela que pretendía ser una bolsa en el trasero; unos cinco pasos más adelante se le salió el móvil, y acabó bajo los pies de otro transeúnte. Claro, ahora seguro tendría que comprarse otro, fomentando la cultura del consumismo que absorbe a la humanidad. También, la medida de no usar las bolsitas del pantalón favorece a la industria carterista. De la cartera, pues. Al no tener un lugar seguro para guardar monedas y celulares, muchas mujeres se ven obligadas  a comprar una de esas carteritas pendejas que son como bolsos de mano pequeños, y que a su vez van guardadas en bolsas más grandes, de manera que cuando te asaltan, el ratero ya sabe que en la mugre carterita traes todo lo de valor (de guardar las cosas en las chichis mejor ni hablo). De las veces que me han asaltado en el camión, siempre me esculcan la mochila o bolsa en turno, en busca de lo de valor, y hasta ahora nunca se les ha ocurrido toquetearme la zona de las bolsas del pantalón; gracias a esta medida he salvado tres celulares, bastante más dinero del que le doy al ratero, y sigo con la misma credencial de elector desde que tenía dieciocho años.

Pues bien, querido lector, por todas las razones ya descritas, te invito a que tomes partido en la campaña contra los pantalones para dama sin bolsas, o bien, a favor de los pantalones para dama con bolsas, pues con tu ayuda estarás combatiendo el capitalismo, el machismo, la indiferencia, la inseguridad, y demás catástrofes venideras en lo que queda de los dos miles diez y tantos. Sólo es necesario, dependiendo de la campaña de tu agrado, que traigas contigo un descosedor grande para abrir un buen par de bolsillos falsos, o que recomiendes este pequeño relato a la fémina que creas que requiere cambiar sus pantalones por unos con un par de útiles bolsas.

Y especialmente a ti, estimadísima lectora, te conmino de la manera más atenta a que tomes este cuento y lo dobles sobre sí mismo unas cuatro veces, te lo guardes en unos pantalones con bolsitas (que previamente habrás conseguido, o generado gracias a uno de los ya mencionados descosedores), y te lo guardes ahí. A las primeras quince que se presenten con los bolsillos llenos de este relato, se les hará un descuento del cinco por ciento en mi nueva tienda “PANTALONES CON BOLSAS S.A. DE C.V.”


Sobre la autora:

16976525_10155154767532922_2082257765_nJessica Robles Calderón nació en el Estado de México el 11 de noviembre de 1989. Esta dulce damita es ingeniera de profesión, aunque también se desempeña con gracia en la programación de videojuegos y el ejercicio de la escritura. Disfruta especialmente de escribir cuentos de humor negro donde habla sobre ser mujer en México, o ser otras criaturas en lugares fantásticos muy similares al citado país. Además de todas las anteriores virtudes, tiene un finísimo sentido de la moda.

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3 comentarios en “Estudio rudimentario de la función de los bolsillos de los pantalones

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