Dosis de misoprostol 2.0: ¡Pero piensen en la madre!

Por Carmen Romero Rubio

Recuerdo que en los múltiples debates sobre el aborto en mi vida escolar, siempre hubo un argumento al que regresaban mis compañeritos prolife del otro lado del salón:
—¡Pero piensen en la madre— haciendo énfasis en que, para ellos, desde el momento en que se atrasa la regla, la mujer ya es madre —¡después de que aborte se va a arrepentir y va a tener mucho remordimiento y eso no le permitirá seguir con su vida y se deprimirá y se suicidará!— insistían, sumamente acongojados por el bienestar de la hipotética señorita.

Crecí con la narrativa de que incluso una mujer segura de abortar, no se libra de arrepentimientos. Me fue impuesta la idea de que las mujeres que lo hacen son malas y castigadas no sólo socialmente, sino y sobre todo, por sí mismas, porque el aborto es algo así como el pecado que una nunca se termina de perdonar. Me enseñaron que abortar no es femenino, es de monstruos egoístas porque la mujer por naturaleza posee instinto maternal, desea cuidar del otro. Viví con todas esas creencias y aún así aborté.

No voy a decir que no sentí nada. Hubo dolor físico que posteriormente asimilé como emocional. Pero no hay ni hubo arrepentimientos. Recuerdo haber salido de la clínica con el cuerpo molido pero una inmensa sensación de paz. Aún hoy, después de meses, me sorprendo a mí misma sonriendo por la decisión de haber continuado con mi vida tal y como es.  “Los abortaría a todos”, recuerdo que dije en sesión, medio en broma, pero en serio porque realmente gozo del pedazo de persona que soy, incluso con mis dudas, mi miedo a muchas cosas y mis inseguridades. Me siento aliviada y al mismo tiempo curiosa porque mi aborto evidenció que mi relación conmigo misma no era la correcta.

Si pienso en el vínculo con mi cuerpo, me doy cuenta que siempre ha estado mediado por un agente externo. Maquillaje que me muestra un rostro diferente en el espejo. Ropa o zapatos incómodos pero qué bonitas piernas. Unas manos ajenas que me enseñan que estos son mis senos, aquello mis labios. Otro al cual desear y que me muestra cuál es mi deseo y dónde está mi placer. No sé ustedes, pero en mí, la educación patriarcal permeó lo suficiente como para hacerme sentir una extraña. Incluso en este momento escribo de mí como si mis manos, mis ojos o mis oídos no fueran yo.

Creo que ese estado de extrañeza pudo haber durado toda mi vida de no haber sido por ese momento en la clínica en que —con las manos de la enfermera, el espéculo, los ojos de la doctora, el techo blanco—tuve la epifanía de que mi vagina nunca antes me había pertenecido. Siempre me había sido mostrada en función a otro. Nunca había sido vista sino por alguien que no soy yo. Entendí que estaba mal y que se relacionaba con el hecho de no haber ido al ginecólogo antes, no haberme hecho estudios, no tomar anticonceptivos, ¡no haberme masturbado! Mi vagina era una zona secreta que sólo había sido transitada por un extraño. Y en esa epifanía comprendí la gravedad del asunto: yo sólo me había sentido cuando otro me había tocado. Yo nunca antes tuve control de mí, de mi cuerpo.

No sólo es que mis órganos sexuales me fueran desconocidos, el problema es que toda la construcción de la femineidad está realizada desde la mirada del otro. ¿Qué es ser mujer? Creo que fue Lacan el que dijo que la mujer no existe, salvo como complemento o correspondencia directa de El Hombre. Precisamente, no hay nada femenino sino aquello impuesto por el ojo ajeno: es mujer la que es madre, es mujer la que es esposa, etc. Por eso a mis compañeros de la escuela les parecía imposible que una mujer abortara y siguiera con su vida. ¿Cómo lo haría si al abortar abandonó su estatuto de mujer?

Lamento que haya sido tan tarde y bajo esas circunstancias, pero el descubrimiento de mi cuerpo y específicamente de mis órganos sexuales es una lección que agradezco infinitamente. Gracias a que aborté pude descubrir e intentar desarmar  las definiciones de mujer impuestas por el ojo colectivo del patriarcado.

A veces no sé si escribir esto tiene sentido, pero luego me asomo a los portales de testimonio de interrupción legal del embarazo y veo que todo es una propaganda antiaborto. No. No estoy arrepentida, estoy intrigada porque hay un mundo entero entre mis piernas que aún falta por explorar. Así como un montón de experiencias y definiciones para entender qué es ser lo que soy: este cuerpo que habito. He comenzado con un gesto pequeño: compré una copa menstrual y la uso en mi periodo. La experiencia me ha permitido conectar más con esa parte, pero también ha evidenciado el desconocimiento en que vivía. He ido al doctor, he realizado acciones concretas para procurarme. He revalorado al autocuidado. Y he comprendido que yo soy mi cuerpo y mi vagina y me meteré el mundo entero de ser necesario para descubrirme más a mí misma.


Sobre la autora:
 carmen-romero-17-annosMaría Fabiana Sebastiana Carmen Romero Rubio y Castelló (Tula, 1864). Conocida por todo el mundo como Carmelita. Célebre y experimentada primera dama, vio sus primeras ilusiones cumplidas al aprender inglés con un hombre muy guapo que acabó siendo su marido. Ha colocado la primera piedra de muchos edificios importantes, preside juntas de socorro y toma el té con algunas monjas francesas. Ardua lectora, miembra fundadora y brillante colaboradora de El Periódico de las Señoras.
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6 comentarios en “Dosis de misoprostol 2.0: ¡Pero piensen en la madre!

  1. Les

    Estoy embarazada y es terrible me siento tan arrepentida de no haber abortado, esto me está acabando física y emocionalmente soy como una incubadora enferma y frágil que debe por obligación traer al mundo un hijo que no desea, me siento un monstruo escribiendo esta verdad que sale fuerte de mis labios pero solo cuando estoy sola, porque claro, ante los demás lo propio es el acto solemne de hacer el sacrifico de traer esta criatura al mundo aunque me esté matando desde dentro

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    1. Rocío

      Qué pena Les … yo aborté dos veces, no me arrepiento ni me arrepentiré -creo yo jamás-; entre otras cosas porque yo no quería a mi pareja, sufrí violencia bastantes años pero mis padres no me apoyaron, por el contrario, siento que para ellos fue liberarse de una carga (aunque mi madre jura que no) las acciones así lo mostraban. Separada ya de él -porque no me casé, ni loca- me enfrenté a ser “madre soltera” aunque con vigilante -a mi ex pareja me costó muchísimo sacudirmela- fue por poco tiempo pero muy fastidioso y la verdad lamentablemente mi madre tiene ideas muy erradas aún, tanto así que mi padre terminó pidiéndole el divorcio… ¡tenías que haber sido tú, y desde hace muchos años- le comenté… en fin, cada quien sabe sus tiempos y momentos de despertar o que te despierten de fregadazo. Luego me casé y después de cinco años estoy muy feliz ahora tengo una niña más y me siento plena con mi pareja, no me corta las alas, es un hombre maravilloso, culto, simpático y ese toque que le da que sea mayor que yo nos hace estar a la altura, tanto de los pensamientos como del camino recorrido. Me duele tu frustración porque yo lo viví, te puedo decir que seas muy valiente, no sé cuentos meses tengas… siempre hay opciones Les aunque ya sea demasiado tarde para abortar de acuerdo a tu capacidad económica pero sobre todo emocional decidirás quedártelo o darlo en adopción. Sé fuerte, por ti y para ti decidas lo que decidas.

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  2. Pingback: Dosis de misoprostol 3: No fue un paseo en la pradera junto a margaritas – El Periódico de las Señoras

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