Dosis de misoprostol 3: No fue un paseo en la pradera junto a margaritas

por Carmen Romero Rubio

Hace poco me encontré con una noticia en la que se discutía si una niña de 12 años, víctima de una violación perpetrada por su padre, debería abortar. Es una costumbre sumamente extendida de los hombres heterosexuales opinar en esta clase de temas. Es una costumbre sumamente masculina de hombres extendidos opinar que no, por el derecho a la vida, pero y ante todo: para evitar el trauma del aborto.

“El trauma de un aborto es peor que la violación” dijo un diputado de nombre Abelino Esquivel Quesada (aquí el nombre es simplemente un pretexto, pudo haberlo dicho también otro diputado, tu vecino o un panel de hombres heterosexuales reunido en un importante programa de televisión para opinar sobre el aborto). Esta afirmación es verdadera porque, evidentemente, el hecho de que alguien introduzca violentamente su pene contra tu voluntad a tu vagina, eyacule y te embarace es poquísimo, mínimo, nimio frente a la posibilidad de que tú ejerzas tu voluntad al decidir interrumpir ese embarazo.

Ante tales afirmaciones me quedé atónita, pues yo, queridos y a veces falocéntricos lectores, aborté. Yo nunca he sido víctima de una violación, por lo tanto no podría afirmar lo que se siente ni cómo repercute. Lo advierto en primer lugar porque me preocupa usurpar un espacio al hablar de ello, pero también como una invitación para aquellas mujeres que han sido víctimas de violación y han optado por abortar, a que compartan su historia. Una vez aclarado eso, lo único que puedo hacer es hablar de mi experiencia en el aborto.

No fue un paseo en la pradera junto a margaritas (como ya he comentado en las anteriores entregas de la saga de mi aborto), pero en ningún momento hubo algo así como trauma. Sí, algunas veces es físicamente doloroso. Sí, es una decisión difícil sobre todo tomando en cuenta el estigma social y personal, el hecho de que nos han enseñado que las mujeres nos preocupamos por otros, etc. Sí, tener acceso a un aborto seguro en una clínica higiénica es un privilegio que pocas tenemos. Pero no. Definitivamente no hay trauma, ni arrepentimientos.

Me preocupa que la creencia de que el aborto genera un trauma sea una verdad irrefutable. Me preocupa vivir en una sociedad que cree que abortar es mucho más grave que la experiencia de una violación. Me preocupa que se criminalice la decisión de una persona, pero se normalice el abuso y la violación dentro de la propia casa.

Para narrar la historia de mi vida después del aborto, podría, por principio, contarles  cómo he continuado en el trayecto de cumplir mis propósitos, sobre cómo soy feliz siendo yo y decidiendo por mí. Podría, también hablar del descubrimiento de la relación con mi cuerpo, sobre cómo mi aborto evidenció lo ajena que resultaba mi vagina, sobre mis preguntas alrededor del deseo y la relación con los hombres.  

¿Por qué habría que obligar a una niña de 12 años a criar a otro niño que no fue deseado? ¿Por qué sería mucho más traumática una intervención quirúrgica que eso? ¿No ha sido ya lo suficientemente afectada su infancia con la violación para que, encima, se le obligue a cambiar los cuadernos por pañales? ¿Por qué no hablamos del incesto? ¿de los embarazos forzados? ¿de la maternidad infantil? ¿por qué estamos enfrascados discutiendo sobre si lo que lleva en el útero es una vida, en vez de ver cómo mejorar la calidad de vida de la niña real, y de todas las niñas y mujeres que son abusadas/violadas/violentadas?

La narrativa del arrepentimiento es un cuento fácil que beneficia al patriarcado. A estos hombres heterosexuales sumamente preocupados por la niña y las células en su vientre, no les importa la vida—de ser así se preguntarían por la salud de la infante o su seguridad sexual— les ocupa el poder sobre nuestros cuerpos, mantenernos dóciles y poco asertivas.

Por eso existen tantas frases y tanta propaganda culpabilizando a quienes deciden. Leo en un sitio extremadamente profesional: “Las mujeres que han tenido un aborto a menudo tienen muchas preguntas, y las respuestas son indispensables para iniciar el viaje de sanación. ¿Puede Dios perdonarme? ¿Puede mi hijo perdonarme? ¿Puedo volver a perdonarme a mí misma? ¿Permitirá la Iglesia que me quede cuando confiese mi pecado? ¿Desaparecerá este horrible dolor alguna vez?”, yo, más que respuestas tengo otras preguntas: ¿dónde se toma el camión de la sanación y a dónde lleva? ¿puede mi hijo que no existió opinar? ¿qué tendría que perdonarme a mí misma? ¿qué chingados le importa a la Iglesia o a cualquier institución pública mi cuerpo? ¿por qué sería un pecado? ¿Dónde está el músculo del aborto y por qué no me duele?

Creo que en algún momento sentí algo parecido a la vergüenza o a la culpa. Pero no tenía que ver con la decisión de la interrupción del embarazo. Ahí sólo hubo alivio. La vergüenza y la culpa tenían que ver con ser “una chica que aborta”. Como si hubiera hecho algo que me etiquetaba negativamente ante los ojos de los otros. Es un mito eso del sentimiento de pérdida, al menos en mi caso. Ni siquiera entiendo dónde podría originarse ese sentimiento, pues ¿qué perdí? Ya lo había dicho antes el sabio: ¿cómo quitarle la pestaña a lo que nunca tuvo ojo?

Es cierto que algunos días después hay un desajuste emocional ocasionado por las hormonas que están regresando a su estado normal: a veces te sientes triste o irritable, igual que cuando tienes Síndrome Premenstrual. También es probable que si se experimenta el aborto en soledad, exista la posibilidad de sentirse aislada o incomprendida. ¿Y cómo no, si hay todo un sistema que te juzga y te acusa?

Ir a terapia y hablar con mis amigas me ayudó a comprender que no había porqué sentirse mal. No soy una mala persona y tampoco soy la única que ha abortado: muchas mujeres lo hacen. No estoy sola. El aborto es otra intervención médica, e igual que cualquier hecho de la vida, puede o no afectar emocionalmente a una persona. Supongo que todas podemos sentirnos de manera diferente, pero siempre y cuando esa sensación provenga de una misma y no de aquello que un grupo de personas nos ha hecho creer. ¿Qué se siente después del aborto? Sólo la mujer que abortó lo sabe. Si tú abortaste y no sabes cómo sentirte, te invito a hacer un examen personal, alejado lo más posible de los prejuicios y las ideas que te han metido otros, en el que te cuestiones la necesidad de vivir tu propia vida, sin que se te imponga otra, a que evalúes que probablemente la decisión que tomaste, fue la mejor dada tu circunstancia.


carmen-romero-17-annosSobre la autora:
María Fabiana Sebastiana Carmen Romero Rubio y Castelló (Tula, 1864). Conocida por todo el mundo como Carmelita. Célebre y experimentada primera dama, vio sus primeras ilusiones cumplidas al aprender inglés con un hombre muy guapo que acabó siendo su marido. Ha colocado la primera piedra de muchos edificios importantes, preside juntas de socorro y toma el té con algunas monjas francesas. Ardua lectora, miembra fundadora y brillante colaboradora de El Periódico de las Señoras.

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