La realidad es diferente

Por María Arriaga

Mientras veía la declaración pública de inocencia y la disculpa ofrecida por las violaciones de los derechos humanos de las que fueron víctimas Jacinta, Teresa y Alberta, no dejé de sentir una gran emoción, ya que significaba una victoria contra la injusticia.

He leído comentarios cuestionando que de qué les va a servir a Jacinta, Teresa y Alberta el hecho de que se les reconozca públicamente su inocencia y que además, se les pida disculpas. Tienen razón: disculparse y reconocer públicamente los errores cometidos, no les regresará el tiempo perdido que no compartieron con sus familias, las lágrimas derramadas, las humillaciones, las preocupaciones ni las agresiones.

Pero, en ese sentido, quiero aclarar que la reparación integral del daño no implica sólo un usted disculpe los daños que le hicimos, sino que tiene la intención de reinstaurar en su dignidad a las víctimas. Si bien, no se compensan y reestablecen en su totalidad los agravios generados en sus vidas durante casi 11 años, nos deja con la ilusión de seguir luchando, de luchar por una sociedad donde todas las personas podamos vivir con respeto a nuestra dignidad, de luchar “hasta que la dignidad se haga costumbre” como dijo Estela Hernández.

También he leído y escuchado comentarios distintos sobre ellas. En algunos se les criminaliza, en otros se les defiende, pero hay algunos muy recientes que en particular llaman mi atención, aquellos que se centran en el discurso emotivo que dio Estela, hija de Jacinta, y que se basan en estereotipos y prejuicios y que, por lo mismo, cuestionan la autoría de tal discurso. Como si ser mujer e indígena fuera un condicionante que limita la capacidad intelectual de una persona, como si su capacidad se encontrara condicionada a su lengua, a su origen, a su formación, como si no fuera suficiente sufrir en carne propia la injusticia.

Por eso retomo otra frase que dijo Estela “Hoy queda demostrado que ser pobre, mujer e indígena no es motivo de vergüenza”. Precisamente me viene a la mente otra hermosa mujer indígena originaria de Amealco, la cual fue acusada de adulterio, motivo por el que, según los usos y costumbres de su comunidad, fue agredida físicamente y le aplicaron una pasta de chiles en los genitales. Además de denunciar el hecho, se volvió defensora y promotora de derechos humanos, y por esa razón, en 2005 fue nominada para el premio Nobel de la Paz. Hoy doña Macedonia recorre las calles de Querétaro ofreciendo sus artesanías, viviendo en el olvido y sufriendo el rechazo, la discriminación y la violencia  de muchas personas.

A pesar de que el feminismo ha luchado por el reconocimiento de los derechos políticos, civiles, económicos, sociales y culturales, éstos no son efectivos en la práctica, en gran parte por la cultura que se tiene, no sólo en México, sino en general. Ellas se enfrentaron y enfrentan  a diario, no sólo a un sistema corrompido sino a una sociedad con problemas culturales arraigados y prejuicios que en la mayoría de los casos pasan desapercibidos, pero fomentan una cultura basada en la violencia de género y discriminación, que, precisamente al materializarse , sufren los resultados de una sociedad no sólo machista sino clasista.

Jacinta, Teresa y Alberta son el resultado de un Estado corrompido y de una sociedad indiferente y discriminatoria, porque además de ser víctimas de una violencia institucional y psicológica que se multiplica al ser mujeres e indígenas, han sufrido también una violencia de género producto de los prejuicios y estereotipos bastante arraigados, de un escarnio público que las condenaba, de aquellas personas que las juzgaron y sentenciaron por algo que ni siquiera ellas tenían conocimiento, de nosotras que permanecimos indiferentes ante la injusticia porque ¿hay algo peor que la indiferencia?

Porque aunque para muchos el feminismo y la lucha por los derechos es una batalla ganada, la realidad es diferente. Podrán existir tratados internacionales, resoluciones, jurisprudencias, leyes, recomendaciones, discursos que en algunos casos serán satisfactorios porque nos venden la ilusión de la igualdad, pero la realidad es distinta. La desigualdad se percibe, se huele, se siente en cada rincón del país, y es ahí donde se viven las violaciones a derechos humanos, donde se normaliza la violencia, ahí precisamente es donde nacen las personas defensoras de derechos humanos que deciden ir en contra de aquél sistema, con un sólo propósito: defender la dignidad del ser humano.


Sobre la autora:

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María Arriaga (Querétaro, 1991). Esta brillante señorita después sentirse dubitativa sobre el futuro de su carrera, decidió estudiar la ardua carrera de derecho debido a su pasión por los derechos humanos. Desde entonces ha dedicado sus minutos a estudiarlos y a trabajar en distintas instituciones con el contundente deseo de hacerlos valer.

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