El ponche más rico del mundo: mi biografía feminista

por Monserrat Acuña

Probablemente el camino recorrido para llegar a nombrarse feminista tiene sus matices en cada una de las mujeres que lo emprende. No obstante, me atrevería a afirmar que, tras una serie de violencias acumuladas en el bolso de la memoria, hay un momento, una experiencia clave que te hace decir: ya no más. Que te permite voltear hacia atrás la mirada para entender aquellas otras ocasiones como parte de un todo. Hace poco leía en un libro que el feminismo primero se experimenta en el cuerpo. La teoría feminista conceptualiza la violencia que día a día sentimos en nuestra carne. Una vez que es enunciada la palabra feminismo, con todas sus letras—quizá en un primer momento tímidamente: no vayan a creer que soy odiahombres, perdón, papá, por ser feminista—, la incomodidad cotidiana, el sentimiento de injusticia diario no nombrado ni explicado, toma sentido.  

Si tuviera que trazar la genealogía de mi feminismo encontraría dos o tres (o varias, incluso más de las que estoy dispuesta a aceptar a veces) experiencias clave de esa violencia. Podría hablar de situaciones que probablemente cualquiera de ustedes ha experimentado o es susceptible de experimentar: esa vez que un sujeto me forcejeo para subirme a una camioneta y después negó haberlo hecho, tachándome de loca; el acoso de algún compañero o desconocido; las veces que me han llamado apretada.

Pero no han sido únicamente esos eventos los que me han traído aquí. Algo que me gusta de asumirme feminista es la oportunidad de formar comunidad. Cada día confirmo que las narrativas de la imposibilidad del amor, amistad y lealtad entre mujeres son completamente falsas. He conocido todo tipo de mujeres: artistas, escritoras, altas, copetudas, arquitectas, desarrolladoras, bajitas, poetas, enfermeras, economistas, ingenieras, performanceras. Todas ellas igualmente admirables. En cada uno de esos encuentros me han enseñado a valorar la sororidad y el genuino cuidado entre nosotras.

Pienso en las mujeres que han marcado mi vida, como otro tipo de biografía feminista. Mi madre me enseñó de alianzas y treguas, la diplomática en mis batallas, por quien he podido intentar hacer esto que me gusta. Mis abuelas me han hablado siempre de alegría y origen. Mis tías me han enseñado el valor de saber ser resiliente. Tengo unas hermanas a las que adoro.

Están esas otras mujeres, no de mi familia pero que han sido fundamentales: las críticas y escritoras a las que he admirado, las maestras, las amigas y conocidas. La que me desea diario los buenos días y me pregunta por mí, en esa otra forma de cuidado que es el gesto cotidiano. La que encontró al tipo que me acosó con tan sólo la pista de la primera letra de su nombre. La que me compartió el ponche más rico del mundo. La que me recibe en su casa con sábanas limpias y avena sin azúcar. La que comparte conmigo estos proyectos. La que me cuidó de su hermano. La que me enseñó de fuerza y dignidad. La que ofrece asesoría legal gratuita y rescata los rostros ignorados de otras mujeres. La desconocida que me dijo que lucía bonita después de llorar en el baño.

El feminismo te atraviesa primero por el cuerpo. Un cuerpo ajeno a este mundo. Un cuerpo que no encaja: violentado, abusado, sin pertenencia. El feminismo nos atraviesa el cuerpo para nombrar la violencia, pero también nos toca en forma de abrazo o cuidado de otras mujeres maravillosas. El feminismo es también la casita en donde nos hacemos esquina, nos limpiamos las lágrimas o nos contamos un chiste. Quizás también por eso marcho, escribo, leo, publico y todo lo que sea necesario, hoy. Para que esas mujeres puedan caminar por la calle y relacionarse seguras. Para que puedan tener un trabajo digno. Para que puedan elegir su maternidad. Para que puedan estudiar o pasarla bien sin ser criticadas. Para que lo que esas mujeres me han enseñado no sea la excepción sino la regla.


16244542_1842495245969056_1539131777_nSobre la autora:
Monserrat Acuña (Querétaro, 1994). Entusiasta jovencita que, con la dedicación propia de su género, estudia el último semestre de la Licenciatura en Estudios literarios en la Facultad de Lenguas y Letras de la Universidad Autónoma de Querétaro. Ha demostrado su fino uso de la pluma en prestigiosas publicaciones como La Rabia del Axolotl, Revista Baquiana, Literalia, Monolito y Espora. Su discreta naturaleza le ha hecho interesarse en la escritura poética.

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