Felicidades, mujercitas

Por Yolanda Segura
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A Ale Eme, por los datos y la charla que dio origen a este texto.
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Un útero es del tamaño de un puño.
Angélica Freitas

Espero que ya todos hayan felicitado a las mujeres de su vida en este día tan importante en el que se nos recuerda que vivimos en un sistema que alienta a tal grado la opresión de un género que se fabrica una fecha para reconocerlo. Nos celebran porque las mujeres somos lo más bonito que ha pasado en el mundo, porque somos unas luchonas, fuertes pero delicadas, inteligentes (aunque claro, chicas, hay que cuidar no parecer más listas que ellos, porque entonces corremos el riesgo de volvernos unas arrogantes). No hablo, por supuesto, del propósito original de la institución de este día, sino de la forma en que lo entienden quienes me etiquetaron ya en varias postalitas de Facebook, que siguen hablando de la categoría «mujer» desde el binarismo y la construcción de una otredad excluyente pero bien linda con florecitas y ositos de peluche y cuerpos embarazados que de tan perfectos hasta parecen photoshopeados (yo sé que no lo son, que son cuerpos reales de cualquier mujer grávida, dejen). Gracias de verdad por reconocer mi feminidad y hacerme sentir orgullosa de pertenecer al fuerte sexo débil, diría la leona dormida.

¿Para qué es este día y por qué, si muy equitativas, no aceptamos también que se instituya el Día Internacional del Hombre si ellos igual sufren tanto en este ingrato sistema patriarcal? Porque hay datos concretos, estadísticas, cifras y, sobre todo, historias de personas que han sufrido violencia de género en muchas de sus manifestaciones.  Recuerdo que en un poema Javier Raya trae a colación esa idea stalinista de que la muerte de un hombre (qué le vamos a hacer, decía hombre y no ser humano, o persona) es una tragedia, pero la muerte de millones es estadística. Tal vez de eso se trata, de visibilizar y no olvidar que cuando hablamos de estas cosas hablamos de gente: mujeres acosadas en la calle,  mujeres que no van a las fiestas por no tener cómo volver seguras a casa o por el miedo a qué les van a decir o les van a hacer si se emborrachan y no hay nadie ahí «para cuidarlas», mujeres que tienen salarios menores a los de sus compañeros hombres pero trabajan más  horas y son las encargadas de llevar el cafecito y las galletas en las reuniones, de mujeres asesinadas por maridos, novios o padres celosos.

En el photofest vi la serie A-mor historias de femicidio en Chile, en la que Cristóbal Olivares va a los espacios que en algún momento fueron habitados por mujeres ahora muertas y selecciona objetos o rincones para señalar la desaparición; un vestido en un gancho, la vista desde la ventana por la que una mujer fue arrojada. Ya desde el título juega con la idea de lo que no está con la separación de la palabra amor: A- Sin, Mor- Muerte, en latín. Las mujeres no mueren en tanto quedan en los fragmentos de realidad que el fotógrafo extrae. Sin embargo, faltan, duelen. La lucha que hacemos, la que hagamos, es también por las que ya no están. Marcar la ausencia es otra forma de hacer presencia, la memoria es un músculo que debe ejercitarse para hacer movimientos rotundos, que solidifiquen el NO como respuesta respetable y nos recuerden, entre muchas otras cosas, que la forma que Disney —sinécdoque de un sistema cultural de patrones amorosos— nos enseñó para relacionarnos está podrida y nos pudre.

En estos días, salió el artículo de Orfa Alarcón Contra el alarde de ser mujer, que puede sumarse al que hace unos meses suscribió Ana Bolena Meléndez y va en la misma dirección: denostar al feminismo y las agrupaciones de mujeres. Ya decía Simone de Beauvoir que el enemigo triunfa porque tiene aliados del otro lado. Aliados casi siempre inconscientes de lo que reproducen y plantean. Afortunadamente, ha habido también múltiples textos que les responden desde posiciones sensatas y frenan un poco esas ideas antifeministas. Hace unos años, Tania Tagle escribió De feminismo y otras falacias, ahí aseguraba que la lucha feminista era una imposibilidad para que la mujer se liberara de sí misma. Luego le pasaron cosas, le pasó la violencia ejercida por su ex pareja y reconoció la historia de sus errores. Se desdijo porque se dio cuenta, “nadie quiere abrir los ojos: la luz siempre duele”, afirma mientras reconoce en ella un proceso de reacomodo a partir del cual se asume y se posiciona distinto frente al mundo.

—Tía, me volví feminista. Solté la frase mientras esa tía a la que no veía hacía más de un año manejaba y, sin despegar la vista de la avenida, soltó una carcajada a la que añadió «sabía que te iba a pasar». Ella, que prefiere no tener derecho a la pensión de su pareja de hace más de treinta años con tal de casarse ahora, después de tanto tiempo de haber resistido a la presión social del matrimonio y los hijos; ella, con quien tanto discutí alegando que el discurso de las feministas me parecía rancio y caduco sin darme cuenta de que lo que hacía era dejar que mis prejuicios operaran sobre mi manera de entender el sistema (ideología, que le llaman). Sí, tengo muy poco tiempo asumiéndome «feminista de ir a las marchas», como me dicen mis alumnas, y eso coincide también con que me corté el cabello (esa liberación que tanto me costó pero me hace tan feliz, incluso a costa de que mis amigos me digan «niño-niña» y mis amigas me pregunten por qué ahora soy «tan poco femenina»).

No puede dejar de parecerme triste, por decir lo menos, que para que viera estas cosas me pasaron otras bastante desagradables, como que un ex me soltara un par de cachetadas por celos, y que le vaciara encima una cerveza a la computadora en la que tenía  los avances de un año de mi tesis (gracias Dropbox, vales mil). Y lo verbalizo así, por enésima vez, ya sin miedo y sin sentirme una víctima porque antes que víctima de él fui cómplice de todo un sistema que lo avala (y lo sigue avalando) y gracias a eso empecé un proceso de reaprendizaje en el que la teoría feminista, la música feminista y las charlas con compas feministas (y no feministas, también) han servido de mucho. Quisiera que a otras no les tuviera que pasar pero al mismo tiempo entiendo que, como le ha sucedido a Tagle y a un buen número de mujeres más, a veces es necesario entrar al costal para creer que el viejo del costal existe. Mientras, hago lo que puedo y lo que me toca: enuncio, señalo, grito. Lo hago con la confianza de sentir que vamos siendo más las —y los— que reconocemos ese problema, las que decimos que la lucha está en muchas batallas, desde reconocer que la lengua castellana es machista a buscar la integración de más voces de mujeres en los programas de clase, pasando por el vestirnos como queramos y el intentar escuchar con mucha atención las canciones que bailamos.

Me parece que si las discusiones se tratan sólo de la banalización de un problema mucho más  grave y se quedan en si queremos que nos abran la puerta o no, si nos enojamos porque nos ceden el paso y discutimos por eso únicamente (a mí me da exactamente igual porque me canso de esos argumentos y porque creo que para lograr la equidad de a de veras falta tanto que eso que se entiende como «privilegio» ni siquiera tendría  que ser considerado en tan alta estima porque es tal el sometimiento que esa deferencia no alcanza ni por un segundo a subsanarlo: es decir, en todo caso tendríamos que quitar esas condescendencias al mismo tiempo en que empezáramos a hablar entre pares y muchos hombres dejaran, por ejemplo, de tratarnos como si fuéramos idiotas hasta que se demuestre lo contrario); entonces algo nos falta. No digo, por supuesto, que no sea indispensable señalar esas actitudes, pero cuando dejamos que toda la energía se vaya a ello, entonces estamos de nuevo cediendo el control sobre lo que se habla y lo que no, y sobre  lo que se entiende por feminismo y se repite asociado a terminajos como hembrista, feminazi, malcogida-que-no-ha-tenido-suerte-con-los-hombres.

Pero hay esperanza, siempre hay esperanza. Mientras en un rincón  de salón se escucha una voz nada tímida que dice con desdén «ya va a empezar» cuando pido que hagamos un análisis de la publicidad de autos y jabones en términos de los (no)valores que reproducen respecto a cómo debería ser un hombre y cómo debería ser una mujer, una alumna me entrega una carta (el ejercicio era elaborar un oficio en el que solicitaran cambiar algo que les pareciera problemático en su entorno) en la que se queja de los códigos  de vestimenta de su escuela que, dice, la sexualizan, la objetivizan y la culpan de tener un  cuerpo sin que se atienda al problema real. Por eso sigo, y por eso no es que «ya vaya a empezar», sino que nunca acabo.

Agradezco infinitamente a quienes andan por ese camino muy por delante y espero que cada vez seamos más: no se trata de temerle a la palabra “feminista”, sino de reapropiárnosla, de asumirla como necesaria, reinvindicarla y actuar en consecuencia. Construir comunidad, redes, espacios: reclamar nuestro derecho a ser y a la palabra.

Feliz día, mujercitas valientes. Ojalá hoy sí las consientan y les cedan el asiento y les carguen el garrafón, porque todas sabemos lo hermoso y gratificante que es tener un útero en esta sociedad de jefecitas santas, little bitches y señoritas decentes.


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Fotografía por Anaclara Muro
 Yolanda Segura (Cadereyta, 1989) Esta joven poeta rural estudia el magnánimo doctorado en Literatura Latinoamericana en la UNAM. Acaba de regalarnos el poemario O reguero de hormigas (FETA, 2016). Poemas y artículos suyos, todos de absoluto deleite, han aparecido en diversos medios, entre ellos Periódico de Poesía y Bazar Americano. Cuando las labores del hogar se lo permiten, mantiene el bello blog http://elreversodelaspiedras.blogspot.mx/
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