Sylvia Aguilar Zéleny: El mundo después del agua

Sylvia Aguilar Zéleny

1982295_10154065325735473_8278629488614997833_nHa publicado los libros de cuento Gente Menuda (1999), No son gente como uno (2004),  la novela Una no habla de esto (2007) y Nenitas (2013),  ganador del concurso regional de literatura Ciudad de La Paz. Su colección de cuentos Señorita Ansiedad y Otras Manías ganó el concurso de narrativa “Emergencias” en Tijuana, BC y será publicada por  Kodama Cartonera. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes tres ocasiones y  fue becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en 2009. Recientemente ganó el Concurso Nacional de Novela Tamaulipas 2015 con su libro Todo Eso Es Yo. Es autora de la serie Coming Out, seis novelas de adolescentes ultra-queer, publicados por Epic Press.


Recomendación:

Estos son mis dos cuentos favoritos de nenitas, el libro ganador del Premio Regional de Cuento Ciudad de la Paz 2012, Sueño con la Bahía y El mundo después del agua.

El libro presenta historias de niñas de distintas edades, incluso adultas, que no por eso pierden eso que podría llamársele candor. Un encanto que tiene la población infantil pero que no necesariamente implica ingenuidad. El libro habla de nenitas que no son inocentes, habla de nenitas conscientes de sí mismas y de su lugar en el mundo, nenitas que se plantan para asegurar que existen y tienen una voz propia.

Estos dos cuentos tratan sobre el agua y la libertad. Las dos aman el agua y la libertad que esta les ofrece. Son mujeres que saben lo que quieren y lo que les gusta. Gozan de una claridad que muchos envidiaríamos, a pesar de que las dos sufren los límites impuestos por su edad y su contexto. La lógica del mundo se contrapone con su lógica, como si el simple deseo de hacer lo que a uno le gusta no fuera suficiente. Los dos personajes dependen de su familia, pero ambas necesitan y desean un espacio propio, un momento en el que pueden estar solas y ser quienes son sin cuestionamientos ni complicaciones.

Muchos años de vida las separan. Una es una niña, la hija de un pescador, ella quiere seguir sus pasos, pero esto no se espera de ninguna niña y aunque tiene todo el futuro por delante, carece de las posibilidades de hacer lo que desea. Mini en cambio es vieja, su vida útil terminó, entonces puede casi por completo, dedicarse a lo que quiera. Las dos viven una felicidad efímera, con toda la intensidad posible, pero sin la certeza de que durará mucho.

En el agua las reglas del mundo cambian, cada quien puede ser quien sea que quiera ser, no existen límites impuestos por la sociedad y las exigencias familiares desaparecen. El agua es un refugio.


Sueño con la bahía

Mi madre es la culpable. Fue ella quien decidió que dejáramos La Bahía. Me quitó el cielo, el mar, la tierra. Me trajo a vivir al fuego. Mi padre también es culpable, él a fin de cuentas dijo que sí, bajó la cabeza. Pensándolo bien, mi padre es más culpable, su amor por ella fue más grande que su amor al mar.

Nací en La Bahía, crecí en La Bahía y creía que en La Bahía iba a morir, me enterrarían en el mismo cementerio en donde están los cuerpos de los viejos pescadores, o donde meten la ropa de aquéllos que no volvieron del mar. Ése iba a ser mi lugar, al lado de mis abuelos. Al lado del mar. Pero no fue así, me sacaron de La Bahía y no he vuelto a ella.

La Bahía. La Bahía. Un balcón por encima del mar, por encima del cielo, por encima del mundo. Riscos que nunca terminaba de trepar, cuevas que no me cansaba de explorar. Amaneceres y atardeceres que podía volver a ver. Yo lo sabía todo de La Bahía, quién fue el primero y quién el último en llegar, sabía bien donde se podía uno bañar sin que te llevara la corriente, dónde era más fácil sacar almejas, dónde la arena más blanca, desde qué roca se alcanzaba a ver el barco que llevaba y traía a mi papá. La Bahía era un mundo que yo gobernaba.

Mi papá no me dejaba ir con él, decía que el barco era un lugar de hombres y que mi lugar era el mismo que el de todas las mujeres: estar en la orilla del mar esperando al padre, al esposo, al hermano. Haz collares, juega en la arena, ayuda a tu madre en casa. Quería treparme al barco, montarme en los hombros de mi padre, ver qué era lo que estaba más allá de la isla, quería tomar la red, jalarla, jalarla, descubrir sus tesoros, quería ver a los peces brincar hasta que se asfixiaran uno a uno.

Yo no quería ser una niña, yo quería ser un pescador.

¡Qué vergüenza!, decía mi madre.

No te puedo llevar, repetía mi padre.

El premio de consolación era pasear de vez en cuando con papá en la lancha del tío, recoger almejas, estar a su lado mientras con su largo cuchillo fileteaba el pescado. Eso era lo que más me gustaba, sus manos húmedas descabezando, destripando, haciendo de ese animal un pedazo de carne transparente. Me quedaba ahí, no importaba que fueran seis pescados o veinticuatro, yo quieta, en una esquina. Mientras las niñas de mi edad se asqueaban de ver la labor de nuestros padres –como si no hubiéramos crecido viendo eso–, yo prestaba atención a todo el proceso. Lo memorizaba. Mi padre con el cuchillo era el hombre más perfecto. El cuchillo era su fuerza. Sus manos, su poder. Papá tiraba la red, recogía la red, tomaba el pescado, cortaba el pescado. Sus manos lo ponían en mi boca o en la de mi madre.

Pero resulta que mi madre no era feliz. El mar no era lo suyo. Ella quería volver a La Ciudad, el lugar de donde no debió salir, repetía. Vámonos de este sol tirano, de la sal de los labios, del mar que decide si comemos o no y qué comemos. Vámonos de esta arena. Un día nos va a tragar el mar y nadie se va a dar a cuenta. Que nos trague, pensaba yo, al cabo y qué.

Una tarde, la cantaleta de mi madre se volvió un asunto serio. Mi papá dejó los pescados y el cuchillo y la tarea toda y se fue con ella al cuarto. Discutían. Ya no puedo, ya no puedo, ¿por qué me trajiste a vivir acá?, decía ella. Éste ya no es lugar para nosotros. Los ojos del pescado estaban ahí, viéndome, hablándome, tomé el cuchillo y chas, le corté la cabeza; otro chas y la cola. Lo corté luego en diagonal, metí mi mano y saqué sus vísceras fácil, como si llevara toda la vida haciéndolo. Después un corte aquí, chas, otro allá, chas. Un pescado, y otro y otro. Pensé: nadie lo hace como yo.

Dejaron de discutir. Un mes, sólo te doy un mes, gritó mi madre antes de dar un portazo y toparse conmigo en la mesa. Ésa no es una labor de niña, dijo al verme. Trató de jalarme, yo empuñé bien el cuchillo. Déjame, le grité, ¿qué no ves que soy como papá? Silencio. ¿Esto es lo que quieres para tu hija?, le gritó a mi padre. Él, sin decir nada, me quitó el cuchillo: si un día el mar me traga, tú cortarás el pescado… ahora vete a jugar, mañana, mañana vemos.

Éramos nosotros dos, mi padre y yo, cuchillo en mano. En sólo un par de días me enseñó a abrir almejas, las jaibas, me enseñó a distinguir un pescado de otro,me enseñó qué se come y qué no. Estaba tan feliz. Me vi trepada en el barco con mi papá y con los otros hombres. Me vi señalándoles dónde había que parar, me vi tirando la red, jalándola. Me vi dueña. Me vi pescador. Cortar el pescado era el principio. Pero se volvió el fin.

Mi padre comenzó a llegar tarde a casa, a veces hasta llegaba sin nada, otras veces con su red llena de lo que había en la orilla, como si agarrara sólo por agarrar. Sin ver, sin saber, nomás porque sí, porque estaba ahí. Mi papá  ya no se parecía a mi papá. Le aventaba todo a mi madre y se la pasaba pidiendo comida, cerveza del refri, ¿dónde están mis cigarros? Mi madre ya no lo retaba, sólo marcaba los días en el calendario. Él se metía al cuarto a dormir, a oír la radio, a beber y beber y beber. ¿Y el pescado?, le preguntaba yo. No había respuesta. Era como si el mar se lo hubiera tragado.

¿Cómo pasamos de trabajar juntos a no hablarnos? ¿Cómo pasamos de todo a nada? ¿Cómo pasamos de vivir en La Bahía a esta casita en La Ciudad? No sé, sólo sé que toda nuestra vida se metió en cajas. La vajilla, los cuchillos, la ropa. Nadie metió la red, nadie metió los anzuelos. Nadie las conchas o los pescados, las almejas o los cangrejos. Nadie un poco de arena y un resto de mar. Nadie, nada.

Nos subimos a la camioneta sin despedirnos siquiera de él, del mar. ¿Qué pensará de nosotros?, tanto que nos dio y nosotros ni un adiós.

Mi padre tomó un empleo en una fábrica y mi madre en una tienda. Rentamos una casa en el centro de esta ciudad donde yo no gobierno nada, donde yo no sé nada. ¿Dónde están los riscos, dónde las cuevas, qué pasó con los atardeceres? Todo es pavimento, semáforo, cielo gris. Pescados viejos de mirada seca en las hieleras del supermercado. Aquí de nada sirve decir que sé usar el viejo cuchillo o descabezar un pescado. Aquí cuando digo que un día voy a ser pescador se ríen de mí. Las niñas no son pescadores, me dice la maestra. ¿Qué sabe ella?

Yo, sueño con La Bahía pero despierto y estoy en La Ciudad. Aquí no hay cielo, ni mar, ni tierra. Mejor que a todos nos hubiera tragado el mar.


El mundo después del agua

Estaba tan a gusto ahí en el agua, y de pronto, esto. Justo ahora. Tenía meses sintiéndose otra, una versión más alegre de sí misma. No le importaba que le dijeran “qué locura, ¡a su edad y natación!” Tampoco se detenía a pensar en cómo se veía su cuerpo dentro de un bañador, que su piel fuera, por efecto del agua, arruga sobre arruga. Mini, en la alberca, era feliz.

La sorpresa inició cuando su nieta la invitó, por enésima vez, a tomar la clase. ¿Quién era esa voz dentro de ella que dijo que sí? La respuesta fue extraña para las dos. “¿En serio, en serio vendrás? Genial, Mini, genial, te gustará el lugar, la gente, el ambiente. Los que trabajamos ahí lo pasamos bomba… tú también”.

La alberca se convirtió en un mundo lleno de vida, de reto, de aventura, de vida otra vez. Bomba. Los días de la clase, Mini amanecía de buen humor, se levantaba un poco más tarde que de costumbre. Desayunaba ligero. Trataba de mantener la calma pero, a decir verdad, se la pasaba mirando el reloj esperando que alguien en casa le dijera: “Mini, te llevo”.

La alberca, la alberca y su sensación de frescura, de libertad, la alberca y las mujeres que, como ella, encontraban ahí un entusiasmo difícil de encontrar a los casi setenta años. A su edad, la paz puede estar en cualquier lugar: en una siesta, al regar las plantas, tejer, bordar, coser, en un libro incluso… pero la alegría no está en todas partes. Porque se ha enviudado, porque no queda más.

La alegría, para Mini, es esta alberca y aquéllas que la comparten. Ahí está Angélica con su gorrita muy apretada cubriendo el cabello teñido de lila. Marcela y su no querer usar los dichosos goggles porque le marcan aquí, “¿viste?, aquí”. Ara y su tramar cómo sonrojar al instructor. Susana moviendo la mano, señalando un reloj imaginario reprochándole la tardanza. Mini odia llegar tarde, ocurre siempre que a la última hora su hija y su esposo están en el ir y venir de quién la lleva y quién la recoge. Hoy les hizo el drama de “voy a tomar un taxi”. Debería aprender a manejar, no es tarde para ello, ¿o sí?

La verdad es que no debería quejarse, con su hija vive bien. Tiene su propio cuarto y respetan sus cosas pero siempre quieren llevarla a todo, involucrarla en cuanta cosa y ella no tiene ganas. Ellos creen que es una depresión, lo resabios del duelo por el abuelo y la casa propia. Pero no es eso. Si no sale no es porque esté deprimida, quedarse en el cuarto no es síntoma de sentirse ajena. No. Lo que ocurre es que ha pasado muchos años ya con familia, con cosas, con tanto que preparar, problemas que resolver y, caramba, quedar viuda después de años de ser enfermera y sirvienta, es un alivio. Claro, que eso no se lo puede decir a nadie, ¿qué pensarían? Así que mejor eso, que la imaginen triste y patrañas de ésas, que alguien diga “bajen un poco la voz que Mini está descansando”. Mini tiene un cuarto propio, como decía la escritora ésa. Y en ese cuarto tiene todos los muebles que necesita, las fotos que necesita, la ropa que necesita. La vida que desde cuándo necesitaba. Aquí está bien.

Lo que llena ahora su vida es la alberca. Y es que en serio, no puede creer lo cómoda que se siente, lo poco que le estorba caminar en bañador frente a chicos y chicas cien años menores que ella; en realidad a nadie le importa, incluso ella ya no piensa en su cuerpo dentro y fuera del traje, en sus muslos gruesos, su piel de naranja, las venas que marcan sus pantorrillas, en todo, todo, todo lo que cuelga. No se detiene a pensar en nada, cruza el gimnasio con el único deseo de llegar a la piscina, bajar esa pequeña escalera y sentir. Sentir cómo el agua la rodea de a poco. El agua la jala de los tobillos, aprehende sus muslos. “Ven”, le dice.

Nunca le ha dicho a nadie de su oscuro y secreto deseo de lanzarse alguna vez del trampolín. Si bajar la escalera le brinda una especie de excitación, seguramente el trampolín la multiplicaría. Energía, fuerza, velocidad, palabras que hace mucho la abandonaron y que vuelven ahora, pequeñas, a hacerle cosquillas en la planta del pie. Un día nadaría como los de aquel carril. Resplandecientes en el agua, los chicos estiran los brazos, las piernas, se deslizan como si nada, cabezas hundidas, apenas un giro de cuello para la bocanada. Nadan y antes de tocar la orilla se sumergen más, voltereta y de regreso al carril. No se engaña, sabe que no podrá hacer eso nunca pero le gusta pensar que sí.

Mini se sumerge por completo, ha olvidado los goggles pero no importa, abre los ojos, disfruta el paisaje de cuerpos borrosos como el suyo, piernas lentas, grandes, piernas con los años y la vida y el tiempo encima. El silencio bajo el agua, la lentitud… lo mejor viene ahora, surgir del agua, levantar la cabeza y descubrir el otro mundo, el mundo del ruido, del cuchicheo, las risas de los demás. Esa algarabía que no escuchaba desde sus años en el colegio, esa complicidad única. El mundo después del agua.

Las chicas, increíble que les llame “chicas”, le dicen que debería reunirse con ellas después de la clase. Mini sonríe, no dice que no. Tampoco que sí. No quiere llevar esto afuera. Así, así dentro del agua es como quiere las cosas. Porque luego ocurre lo de siempre, hablar de los problemas, quejarse del marido, volverse a casa cargando problemas de otros, y luego todo se viene abajo. Así y ahora está bien. “Ay, Minerva qué aguafiestas eres!”. Ignora el comentario, toma el flotador como todas las demás y escucha lo que dice el instructor. Primero círculos con los brazos. Así, uno, dos, tres… y ahora otros diez al revés. Perfecto. Vamos a las piernas, adelante, atrás, adelante, atrás, disfruten el jalón. Bien, ahora vamos a practicar la respiración. “¿Boca a boca?”, juguetea Ara. “Ay, Ara, ya va a empezar”. Las viejitas inofensivas parecen adolescentes.

Se ponen en hilera, cada una a su lugar. “Van a patalear tomadas bien de la orilla. Uno, dos, uno, dos”. Mientras el chas-chas de su chapoteo de piernas, una le dice a otra que preparó unas espinacas con almendra, otra más dice “espinacas las que hacía mi mamá”. Se escucha una receta, luego otra. Alguna dice “dejen de hablar de comida que ya me dio hambre”, una más replica que cuando llegue a casa se calentará el cocido del mediodía. Ésta es la clase sin más ni menos. Mini escucha, de tanto en tanto participa. Las demás piensan que es suertuda por vivir con su hija, no las contradice. Sin embargo, nunca se lo ha dicho a su hija. Tal vez hoy se lo dirá cuando la recoja de la alberca. Sí, hoy le dirá gracias, le dirá te quiero, le dirá de la vida después del agua.

“Ahora señoras: a patalear en serio. Tomen su tabla, van a ir hasta la otra orilla, no olviden sacar el aire bajo el agua”, dice el instructor. “Hijo, a nuestra edad lo único que hacemos es sacar el aire”, admite Ara. Las risas. Mini está ahí por las risas. El primer día en la alberca sintió terror, incomodidad y estaba a punto de irse y no volver hasta que oyó las primeras risas. Eso, las risas, la mantienen a flote.

Mini sumerge su cabeza. Mueve las piernas, una, otra, una, otra. Hoy se siente distinta. Hoy se ha dado cuenta de que es feliz, ¿hace cuánto que no lo era? Es increíble la ligereza aquí comparada con la lentitud fuera del agua. La lentitud con la que vivió tantos años, porque Joaquín era un buen marido pero no necesariamente un buen hombre. ¿Estará mal sentirse feliz? Su cuerpo pensaba tanto cuando él vivía y ahora, ahora es tan ligero incluso cuando no está en el agua. Nadar le da vida.

Mini quiere ser mejor. Se lo dice a sí misma y al determinarlo en su mente comienza a patalear más fuerte, más y más. Mimi veloz. Expulsar aire, tomar aire, patalear. Ver la línea bajo su cuerpo, la línea que le dice cómo seguir al frente. No quiere irse chueco como las demás. Mini quiere ir recta, libre, tocar la otra orilla. Patalea, patalea con más fuerza. Siente otra vez ese pequeño dolor bajo el brazo. Es normal, se dice, tanto esfuerzo. Pero no importa, ella sigue, sigue porque bajo el agua es otra.

Cuando abrió los ojos, un círculo de rostros la rodeaba. Los desconocía. Lo último que recordaba era estar tan a gusto dentro del agua. Ni podía hablar. Ni moverse. “Minerva, Minerva, respira, ¿estás bien?” Mini desconocía su nombre, era tan largo, era tan pesado, no podía con él. Era tanto. Mini comenzó a ver todo borroso, comenzó a ver el mundo como bajo el agua.


Sobre la recomendación:

16245004_10155046028882922_1412670157_oAnaclara Muro (Zamora, 1989). Después de decidir dedicarse a la eminente carrera de Letras Hispánicas, cultivó su formación en la creación literaria. Heredera de la tradición de la bucólica poesía, se desarrolló en el guionismo y otras artes. Participa con entusiasmo en el Slam Poético Queretano, Horizontal. Taller de escrituras y Lucha de Escritores Anónimos. En algunos momentos, en medio del ajetreo de la vida cotidiana, se detiene a seleccionar bellas poesías y compartirlas en El Periódico de las Señoras.

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