Laura Wittner: La marquita roja la tenemos todas.

Vecinas

Las dos fuimos hacia la ventana al levantarnos.
Esa mata de árboles y verdes enredados
de donde salen chillidos y aleteos
que separa su ventana de la mía
es un alivio a cualquier hora.
Las dos fuimos hacia la ventana,
pero ella fue casi desnuda.
Los árboles, las lianas, las aves en el medio;
y más allá su cuerpo blanco (tetas grandes, caídas,
y panza señorial) fue también un alivio.

 

Hijita

Abrazás la pena existencial
y para combatirla te ofrezco fruslerías.
Te ofrezco incluso la palabra “combatir”.
Ese camino lo marqué sin querer
pero no para que vos lo transitaras.
Yo tiré arena por encima
y después aserrín.
¿Qué hacés? No pases
con los patines
que las rueditas lo desnudan.
O sí, perdón, pasá,
la huella de las ruedas
muestra mil otros rumbos.
Dos lágrimas cayeron en el piso
pero ya estabas pensando en otra cosa:
te agachaste a marcar con el dedo
una palabra que nos hizo reír.

 

Por qué no tiene que llover los domingos a la noche

Truena y mis hijos están en su otra casa.
Primero un trueno lejos,
después uno más cerca,
un trueno finalmente atronador
que retumba en cada cuarto vacío
y en este único cuarto iluminado
donde trabajo a medianoche.
Truena y no tengo a quién calmar
lo que por un segundo se parece
a no tener quien me calme. Pero no.
Una madre se recompone pronto
aunque los hijos estén en su otra casa.  

 

Por qué hay que reconstruirse a cada rato

A las ocho de la mañana, sentada ante el monitor
oigo que se barren vidrios en un espacio vecino
auditivamente conectado con el baño
pero tal vez más lejos por uno de esos trucos
que sobrevienen entre edificaciones.
Pedazos inverosímiles de grandes
arrastrados y entrechocados como con pala mecánica
una pala gigantesca, o más bien de fantasía
un instrumento de la ciencia ficción
creado para la doméstica tarea cerebral
del barrido de cascotes y cristales.

 

Por qué las mujeres nos quemamos con el horno

La marquita roja la tenemos todas.
Acá en la mano izquierda, con la que escribo
está también mi quemadura de horno.
Si la miro muy fijo, sobre el radio
se me despliega en tres:
se me tridimensiona la muñeca
y entrecerrando los ojos pueden verse
la muñeca de mi madre, la de mi abuela
y, en un tirón hacia delante, la de mi hija
picada de mosquitos, pulida y ya dispuesta
a la marca de la rejilla ardiente.


Sobre la autora:
17965087_10154251993731695_1720976275_nLaura Wittner nació en la hermosa ciudad Buenos Aires en diciembre de 1967. Estudió literatura y escritura con Juan Carlos Martini Real. Es Licenciada en Letras por la prestigiosa Universidad de Buenos Aires. Es sumamente conocida por su labor coordinando talleres de poesía y traducción. Además, trabaja como traductora, vertiendo a nuestras letras las más bellas poesías para diversas editoriales. Ha publicado numerosos libros de poesía, entre los cuales mencionamos La tomadora de café (Bahía Blanca, Vox, 2005), Lluvias (Buenos Aires, Bajo la luna, 2009). También escribe libros para chicos. La perfección de sus letras le ha hecho recibir una cantidad importante de becas y condecoraciones.

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