Ingrid Solana: este vórtice voraz e hipócrita de nuestro tiempo histórico

Por Ingrid Solana
TERNURA
Notas a Voraz de Julia Ducournau

Título: RAW/VORAZ
Realizadora: Julia Ducournau
2016
95 Min.

Una de las funciones del cine con respecto a la experiencia estética es generar aturdimientos y distancias. Con Voraz (Julia Ducournau-2016) la distancia es proximidad y separación al mismo tiempo. El sentido se devela lentamente, tal como sucede en las películas cuyo impacto visual es poderoso y mórbido. En mi experiencia estética sucedió lo mismo con Sangre caníbal (Claire Denis-2001) y Dentro de mi piel (Marina de Van-2002). Son películas que evocan espacios humanos insondables, ámbitos primitivos de borraduras y abismos. En ellas nos sometemos a un universo oscuro y olvidado: el del instinto. Un laberinto de pulsiones sepultadas y amagadas por la razón occidental empeñada en aclarar el inconsciente a través de su expresividad en el lenguaje. Rastrear las películas destinadas al canibalismo nos sumerge en una tarea profunda y larga, quizá lo interesante sea desplegar algunas de sus implicaciones simbólicas, sumergirse en la trama de imágenes voraces.

Las sociedades contemporáneas enhebran el sentido incomprensible mediante la burla y el humor. El lenguaje de la broma trata de atrapar lo ininteligible. Nos deslindamos con asco del primitivismo evocado en la películas caníbales que, sin duda, atrapan algo femenino, cuya hondura se vincula directamente con el hambre, el alimento, la saciedad de la mujer dentro del cuerpo o través del cuerpo de otra mujer. El aturdimiento nos produce risa, pues en el caso de Voraz, el personaje Justine (quizá haya en este nombre una evocación al Marqués de Sade), se come el dedo de su hermana, vomita cabellos, mastica vorazmente carne cruda. Las imágenes son de deglución compleja, la butaca nos repliega en el abismo. Salimos del cine retorcidos de risa y pasmo, y hablamos sin pudor de la voluntad caníbal femenina. Boca devoradora, devórame otra vez… Arquitectura de los dientes.

En Voraz se esconde algo profundo y quizá también en las otras películas sobre caníbales. Es necesario explorar su andamiaje como conjuntos específicos de significado, como secuencias de imágenes troceadas, fragmentos de cuerpos, pedazos cortados: maquinaria caníbal. En ella los dientes ocupan un lugar sinuoso y oculto, mandíbulas trituradoras embarradas de sangre; en todas las películas caníbales aparece el rostro embarrado de sangre, es un rostro/niño, infantil, que evoca al de los bebés que se atragantan con los espaguetis y se los embarran sin pudor. Así la sangre.

En Voraz se expresa la esencia de nuestra época de una forma evidentemente cruda, evidentemente gore pero en la que nos queda clara la decadencia de nuestros espacios, la obnubilación de los jóvenes aturdidos en relaciones vacías y en fiestas interminables, el bullying de las escuelas, la rapacidad de los unos con los otros, la intrincada vinculación de las familias en las que dominan las mujeres numéricamente y en cómo se vinculan unas con otras.

En el sentido anterior, Voraz no es propiamente una película sobre caníbales, es una película sobre un momento histórico de decadencia. La sociedad nos devora, nuestro entorno es voraz. El ambiente circundante consiste en espacios destartalados de conjuntos de edificios comunistas, sin distinción; es el retrato de la fealdad de ciudades funcionalistas, sin consciencia del verdor ni gusto por los parques. Esa arquitectura se encuentra desvencijada por el tiempo, es un paisaje triste y fracasado, un horizonte de grises y bloques de cemento sin música plena. Es interesante que las escenas de caza se suscitan en una carretera vacía, hermosa, rodeada de árboles prolijos y de un aire peligroso, no hay otras escenas donde la naturaleza coloree el ambiente. La cámara se sumerge en movimientos rápidos, en acercamientos al gesto enfermizo, a la ojera, al pómulo; explora la ansiedad con la agilidad de tomas cerradas, asfixiantes; el espectador se encuentra debajo de una sábana y no puede ver panoramas amplios, nos situamos en una piel enferma, torturada por la neurodermatitis: se trata del deseo insatisfecho, caballo desbocado.

La película recoge una crítica subterránea a las generaciones de estudiantes torturados, sin consciencia clara de los límites, devorándose unos a otros. ¿Qué es lo que falta en Voraz? Nada. La película no es bromista ni inverosímil, es crítica y distópica. Hay una escena preciosa, la única quizá, pues todo en la cámara es abrumador, en la que Alexia despierta después de haberse cortado el dedo y mira a su hermana chupándolo e intentando comérselo. Entonces comprende la tara familiar y sus ojos se llenan de lágrimas: es la única evocación de la ternura. Y ésa es, quizá, la única esperanza.

¿Cómo romper las estructuras familiares? ¿Estamos perpetuamente condenados a repetir los patrones de los padres, sus ausencias, sus aguijones? ¿Es posible amar pese a una sociedad de voracidades y fealdades? ¿Cómo lidiar con la incertidumbre venidera y alentar a las generaciones que continúan en este vórtice voraz e hipócrita de nuestro tiempo histórico?

Quizá por la piedad, quizá por ternura. María Zambrano dice que “la piedad es saber tratar con lo diferente, con lo que es radicalmente otro que no somos.” Tal vez eso no implique asumirnos en un vegetarianismo hipócrita; el placebo no ilustra el fondo. La comprensión debe estallar como despierta el día, con sus dedos rosados y profundos coloreando el tiempo y las montañas, esa belleza que corta la insignificante vida humana, que debiera escuchar con humildad el murmullo de la vida.


18195522_10155374242217941_358033059_oSobre la autora:
La señorita Ingrid Solana es una perspicaz escritora. El último libro en el que nos regala elegantes y delicadas palabras es Barrio Verbo, publicado por el distinguido Fondo Editorial de Tierra Adentro en 2014. Lleva el inspirador blog http://borboletaresidual.blogspot.mx/en donde vierte sus más íntimos sentimientos.

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