Esther M. García: Mi rostro es el de un animal desollado

Estudio para un retrato

por Esther M. García

Tengo miedo de arrancar la máscara
porque tengo miedo de ver mi verdadero rostro,
que imagino atroz.
Jorge Luis Borges

Y por amor a la memoria
llevo sobre mi cara la cara de mi padre.
Yehuda Amijai

¿Qué cosa es un rostro?
¿Una morcilla u ovalo albo?
¿Una superficie hinchada
de coral carne carmesí?

¿Cómo definir algo
que no podemos conocer
por nosotros mismos?

¿Cómo darle significación
a una cosa
que necesita de otro
para hacer de espejo?

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Girl with closed eyes fue pintada  por Lucian Freud en 1987, el año en que nací. La descubrí cuando un amigo me tomó unas fotos exactamente en la misma posición. Al revelarlas, mi cara salió borrosa. Siempre he tenido la sensación de que soy eso: un borrón. Cuando miro mi rostro en el espejo sólo observo una plasta informe; líneas esparcidas, entrecruzadas, paralelas. Siento que esa otra en el espejo es la mala ejecución de un neófito pintor. El balbuceo de un niño.

Pallaksch

          Pallaksch

Existe una pintura hecha por Vanessa Bell en la época dorada del grupo Bloomsbury en donde un óleo muestra a una Virginia Woolf tumbada en el sofá de una sala. La figura mira de frente, pero no tiene rostro. Sólo está un óvalo. No hay sonrisa o boca. No hay mirada ni ojos. No hay nada. Sabemos que es Virginia porque Vanessa refiere que es su hermana. Pero sin nombre ni rostro, ¿podríamos saber quién es? ¿Podríamos definirla con sólo ver ese amasijo de colores en el cuadro?

Vuelvo a mi rostro en el espejo. Un cosa reflejada por otra cosa. Necesitamos de otro para encontrarnos, fijarnos en un plano de realidad. Esto que veo aquí soy yo. Yo existo porque otro puede verme, reflejarme. Sin otro, sin el espejo, no podría saber quién soy, ni cómo soy. ¿Quién soy? ¿Qué me define? Si mi rostro estuviera desollado, ¿seguiría siendo yo? ¿Qué me define? ¿Mi nombre? ¿Mi piel? ¿Un rostro?

Pallaksch

            Pallaksch

El primer rasgo para diferenciarnos de otros es nuestra cara. El primer rostro que conocemos, y reconocemos, es el de nuestra madre. De niños, al vernos en el espejo, no sabemos quién es el otro que está ahí. No sabemos qué es eso que se refleja. Eso que eres tú y yo y ellos, nosotros al infinito. Sabemos que somos tú, él, yo, porque otro nos lo dice. Sin otro no podríamos existir. Por otro existimos y, a veces, por otro nos llega la noticia de la muerte.

Para definir una cosa le ponemos un nombre. Nombramos para darle significación a lo inasible, lo extraño, lo oculto. Exactitud y precisión son necesarias para mantener un orden. Nombrar el caos que contiene todo. Un aleph habita en nuestros rostros.

En 1987, mis padres dudaban acerca de cómo nombrarme. Para ellos soy una mancha en el albúm familiar. Una vida moviéndose solitaria y sin llamado, entre las sombras. Nací en enero y en febrero todavía dudaban en cómo llamarme. Balbuceaban:

Pallaksch

          Pallaksch

Definir: verbo transitivo. Una palabra que camina, que transita hasta llegar a la idea adecuada. Decidir: determinar. Resolver algo dudoso: adoptar una decisión con firmeza.

Echaron suertes por dos nombres. Eligieron uno. Tomaron como una providencia llamarme  אסתר (Esther o Ester en hebreo). Significa lo que brilla en lo más alto. Lo oculto entre las sombras. El nombre de Dios permanece oculto en el texto en hebreo. En él, se menciona que el mundo está oculto por un “velo” y es necesario revelarlo. En la fiesta del Purim es necesario portar una máscara y al final arrancarla para revelar la verdadera carne de donde emerge Dios.

El inicio de mi nombre es un aleph. La letra en su forma original pictográfica, era un buey. Una cabeza de buey viendo al infinito. Nunca me gustó mi nombre. Siempre tuve miedo de él. Siempre al nombrarme, balbuceaba.

Pallaksch

           Pallaksch

Para mi madre ese nombre era demasiado fuerte para que lo llevara yo a cuestas. Era demasiado sonoro, duro, brillante y agudo para sostenerlo un animalito débil como yo, al menos eso pensaba mi madre. Mi padre en cambio pensaba que no había mejor nombre para llamarme a la vida. Decía que expresaba mi esencia y me contaba sobre el Crátilo, de Platón.

Crátilo decía: “El que conoce los nombres, conoce también las cosas”. Cuando nombramos algo, damos por hecho que conocemos aquello a la perfección; es decir, podemos definirlo sin problema alguno.

Mi padre creía que al nombrarme así me definía, sabría quién era y quién iba a ser en la vida. Yo sigo sintiendo que estoy oculta en la niebla; o bien, que soy una figura desaparecida detrás de un borrón en una foto.

Miro en el espejo. Contemplo. Mi boca pronuncia dos palabras:

Pallaksch

          Pallaksch

Definir
¿Qué es lo que nos define?
¿El rostro?
¿Los rasgos únicos en nuestra piel?
¿La sangre?

¿Qué hay debajo de un rostro
de su dermis
el plasma
los eritrocitos?

El músculo     los tejidos
 nervios         cartílagos
¿están hechos de lenguaje?

Cada átomo o partícula suya
¿está conformada por pequeñas cadenas
palabras hiladas
que son nuestro nombre?

Sinrostro

Desaparecer:

  1. Intr. Ocultar, quitar de la vista, dejar un lugar
  2. Dejar de existir
  3. Tr. Amer. Detener y retener ilegalmente la policía o los militares a una persona sin informar de su paradero

Tres de diciembre del 2014. Érika Kassandra Bravo Caro desaparece cuando se dirige a trabajar. Fue localizada sin vida y desollada del rostro, cuatro días más tarde. En la foto hay un antes y un después. ¿Sigue siendo ella? Desollada ¿Sigue la sonrisa ahí, en el despojo? Asesinada ¿Sigue la belleza respirando aún en el horror? Desaparecida. Un rostro como un río de animales muertos que siguen la corriente. Las hermosas fieras interiores de músculos y nervios ya no pueden inervarse.

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          Pallaksch

Otro reflejo. Otra chica con los ojos cerrados, oculta entre las sombras. Un rostro amorfo. Una máscara mortuoria. El residuo de las manos amorosas encima de otra piel.

En la antigüedad los bueyes eran el animal preferido para el sacrificio, la hecatombe.

Primero degollaban a la víctima y procedían a desollarla. La piel era para el sacerdote encargado del ritual; luego, se descuartizaba a la bestia y sus partes se untaban con perfumes y una libación para, posteriormente, ser quemadas.

Por la tradición oral sabemos que desde las primeras civilizaciones los animales han sido considerados inferiores al hombre. Y entre los animales más bellos, el hombre siempre ha escogido a la mujer.

Jame Gumb, conocido como Buffalo Bill, es el antagonista de la novela The silence of the lambs. Gumb es un asesino serial de mujeres. En cada ritual deja sin comer a sus víctimas hasta matarlas de hambre. Una vez que la piel se vea más suelta, procede a desollarlas.

Su premio es la valiosa piel de sus víctimas con la cual se hará un traje para vestir de mujer. La marca o sello distintivo de Gumb es dejar un lepidóptero, una Acherontia átropos, en la garganta de cada muerta.

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En la novela, Gumb contempla a las mujeres como bueyes dispuestos para el sacrificio. Las considera menos que un humano. En ninguna de ellas ve a una persona. Las ve como un medio para llegar a un fin: transformarse en mujer.

Hay un doble juego de espejos: la víctima  y el victimario son el mismo animal que debe ser castigado con la transformación.

El rostro que veía Gumb en el espejo, tampoco lo reflejaba. Sólo había una amarga impresión de ausencia.

Decía Oscar Wilde:

El espejo sabio
es el que refleja
todas las cosas del cielo
todas las cosas de la tierra
excepto el rostro
de quien se mira
en él

Reflejar:

  1. Intr. Devolver una superficie lisa y brillante la imagen de un cuerpo
  2. Prnl. Sentirse un dolor en una parte del cuerpo distinta a aquella en que se originó

Me duele el corazón en el rostro. Siento su vacío reflejado en él. Un músculo hueco y piramidal, hace eco en los tejidos blandos de la parte frontal de mi cabeza. Mi cara es un puño cerrado, un dolor que contrae cualquier emoción. Mi rostro es el de un animal desollado. Un desconcierto de aullidos que se esconden en los recovecos donde antes había músculo o un ligamento.

Pallaksch

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Un animal. Así me llamaba mi madre. Fue la primera palabra que verdaderamente usó para nombrarme.

Como todo lenguaje tiene sus variantes, sus tonalidades, su musicalidad. Para mi madre, decirme animal me convertía en un ser asexuado. No era hombre ni mujer. Era un ente, era nadie. Para madre yo era una ánima en pena. Lo que tuvo que ser arrastrado a fuerzas a un mundo que no lo deseaba.

Nombramos lo que amamos, lo que necesitamos tanto como respirar, por eso mi madre no podía nombrarme. Tuvo que darme sobrenombres para mantener la distancia.

Creamos los nombres para asir, unir. Yo era la apartada. Atendía al llamado sonoro de la ira, del resentimiento. Nunca he tenido un rostro. Puedo escucharme hablar pero no me reconozco. No sé el color de mis sonidos ni la temperatura o textura de mis palabras. Soy como una anémona flotando en la oscuridad. Algo brilla, soy yo. Puedo verlo pero no lo entiendo. Es como no existir existiendo.

Un nombre
es la voz
que lo pronuncia
lo define

Pallaksch

          Pallaksch

Crátilo decía que el mundo está en constante cambio. Como Heráclito, Crátilo pensaba en los ríos,  en su fluir. Él sabe que el río cambia constantemente y, de la misma forma, toda palabra cambia de manera contínua como las líneas y surcos de un rostro. Crátilo entonces piensa que la comunicación entre dos seres no puede existir y por ello renuncia a hablar.

La única señal de comunicación de él, y el mundo que lo rodeaba, era el movimiento de su dedo índice, no más.

Pienso en él y en Juan “El Bautista”. Pienso en los ríos y las líneas que los trazan como salvajes caballos. Pienso en Salomé y su urgencia de amor, de reflejarse en alguien. De asesinar para lograr un cometido. Balbucea palabras, no puede asir el amor.

Pallaksch

         Pallaksch

Pienso en el dedo de Crátilo señalando su reflejo en el agua. Pienso en el dedo de Juan “El Bautista”, un índice apuntando airoso hacia el cielo. Pienso en el índice de Salomé apuntando la cabeza de Juan. Pienso en los versos de Gelman:

el dedo que escribió en mi sangre
y separó mi sangre de su tinta
dijo que el nombre de mi alma es sangre

Miro en el espejo y detrás del amasijo de mi cuerpo reflejándose, señalo con el dedo índice la figura oculta de mi padre.


Sobre la autora:

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Esther M. García (Cd. Juárez, Chihuahua, México, 1987) es una prominente escritora. Se licenció en la ilustre carrera de Letras Españolas. Vertió arrobadoras muestras de inspiración en los libros: La Doncella Negra (La Regia Cartonera, 2010), Sicarii (El Quirófano Ediciones, 2013, Ecuador; IMCS, 2014), el libro de cuentos Las tijeras de Átropos (Editorial UA de C, 2011) y Bitácora de mujeres extrañas (Tierra Adentro, 2014) Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2014. Ha sido sumamente antologada y reconocida en los más exclusivos círculos literarios.

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Un comentario en “Esther M. García: Mi rostro es el de un animal desollado

  1. Texto que maravilla, aterroriza y duele removiendo el alma que creía que tenía. Dice el encabezado que los textos presentados aquí son expresamente para el sexo femenino. Entonces yo que lo leí… tengo más de mujer de lo que pensaba, nombrado como varón, conozco mi Nombre ergo me conozco a mí mismo, aunque quizá después de afrontar el texto reconozco que no me pertenezco tanto como creía, las letras de Esther me removieron el alma (que creía tener) y la lanzaron fuera del cuerpo de este hombre que la habita, allá va, buscando a Dios, al Animal, al Ser. Así misma…

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