Araceli Ruiz Bastos: fue la sal

Por Araceli Ruiz Bastos

EL DISFRAZ

Susana sueña con una parvada volando sobre un gran río, pero de pronto, ya no eran pájaros sino peces que empiezan a clavarse en el agua.

Ve uno que se deja caer, grande, hermoso, en medio de un espacio muy iluminado. ¡El día es realmente esplendoroso!… Pero, después, el segundo pez es enorme, chapotea y se yergue, sale a la orilla y sólo recuerda que su presencia es amenazadora y que su apariencia es un disfraz… que dentro, hay algo que, grotescamente al final, parece ser la botarga de un anuncio publicitario.

¡La botarga! ¡Qué extraño sueño!

Es el cuarto año de casada y sin embargo, un día, es ya un día más; un amanecer, un amanecer más, en que ya no puede retener sus sueños. Al principio se los contaba a Jerónimo, pues los recordaba nítidamente en medio del amanecer, o al despertar, antes de que el sol le diera en la cara y la obligara a salir de la cama.

Pero este sueño no se desvanece, no quiere irse como los otros, olvidados rápidamente, tal vez porque ya no estaba interesada en contárselos, Pero éste se queda con ella y además no quiere compartirlo con él…

Desde niña le habían enseñado, sin decírselo, que era mejor no llevar la contraria al marido, y que había que ser solícita y cariñosa. Pero, contra lo que se esperaba, ella empezó a despreciar esa conducta en las mujeres mayores que la rodeaban. La excepción había sido su querida abuela, quien se fumaba tranquilamente un cigarro  Alas azules, mientras le leía pasajes de la Biblia.

Sabía, por sus tías, que se había atrevido a separarse del abuelo. Se fue de la casa conyugal con doce hijos, unos que ya rebasaban los veinte años de edad y otros todavía niños. Y estaba ahora, con dos grandes ríos y pantanos de por medio, muy lejos de él.

En la nueva provincia hizo su vida, a la que había llegado transportando su piano, lo único que no habría podido dejar después de sus hijos… Y no miró hacia atrás como Lot.

Esta abuela materna, que nunca interfirió entre la hija y el yerno, fue ejemplo de discreción, buen juicio y suaves maneras para la nieta.

Ahora Susana pensaba intensamente en ella, en cuánto habría tenido que soportar del abuelo para tener que dejarlo y migrar con todos esos hijos, lo más lejos de él, a contracorriente de él mismo, de la familia y de la gente del lugar. Realmente había sido muy valiente, ella que se veía tan frágil en su menuda estatura… Pero pensaba también en el abuelo, en su figura decimonónica, de hombre de mar acostumbrado a rudezas, y que debió cautivar a la abuela con el brillo del mar en sus ojos y esa melena negra y rizada de pirata y romántico finisecular.

Cuántos sueños, cuántas ilusiones habrían pasado en el entrecruce de sus miradas,

Cuántos sueños y cuántas ilusiones cargadas de siglos, que llegaron hasta la nieta,

Que bebió de esas aguas salobres

Porque fue la sal, la que se decantó hasta ella, la que cubrió sus ojos y ahogó su garganta,

No fue el dulce sabor de una mirada, o la certeza de un corazón latiendo junto al suyo, sino la sal engañosa de las palabras de Jerónimo; palabras de un hombre que se autodecía caballeroso y respetuoso, y que todavía flotan alrededor de sus oídos y le susurran y cantan, como las sirenas a Odiseo. Historias encantadas que se han ido gastando con los días, con el roce cotidiano de una lucha sorda de poderes que la está aniquilando. Salta de la cama, y se dirige a la cocina sintiendo que el día se le va a hacer nudo otra vez entre el corazón y el estómago.

… Y las imágenes del sueño persisten todavía cuando respira el olor fresco de su pequeño invernadero antes de entrar en la cocina. Piensa con tristeza, que la vida no es vida porque no sabemos mirar ni oler el movimiento de una rosa; y mientras Susana observa cómo por fin uno de los botones del rosal ha sobrevivido a la plaga -que ella ha combatido con paciencia, desde que lo sembrara-,  descubre, asombrada, los signos del sueño: el primer pez, la ilusión que ilumina el día, que después es un pez amenazante y el disfraz ridículo, la botarga…, comprende por qué el sueño no la soltó desde el amanecer… Ahí están, “dos peces un destino” “hasta que la muerte los separe”, se ríe burlándose, tal vez para evadir momentáneamente lo fallido de su matrimonio, para evitar lo inevitable, el dolor, que aún en la certeza, provoca toda separación. Prepara sus maletas y como Lot no volteará hacia atrás.


Sobre la autora, en voz de la autora:

Araceli Ruiz Bastos

IMG_2387.JPGSiempre me gustó juntar letras y palabras. Desde niña me preguntaba por qué las cosas llevaban esos nombres y los repetía hasta vaciarlos de sentido. Así, y por un maestro de Latín, me decidí a estudiar Letras Hispánicas y más tarde Lingüística. Casi al término de la licenciatura, me dediqué a la enseñanza de la lengua y la literatura al mismo tiempo que a hacer sopita de letras en casa y a tener hijos.

Me encanta cocinar pero no me gustan los fundamentalismos culinarios. Gozo con la arquitectura y la naturaleza con toda su belleza animal y su flora, pero lo mismo con la pintura que con la música. En fin, soy hija del trópico y nací hace tanto años en Villahermosa, Tabasco, que de la edad no quiero acordarme, ¿para qué? Sólo sé que ahora me he atrevido a incursionar en el relato y ustedes dirán si le he hecho honor a las palabras y al sentido que ellas llevan escondido cuando afloran.

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