Mónica I. Ortiz: Hija, hueles a mierda

Por Mónica I. Ortiz

Una mosca en el altar

Era el día de mi boda, estaba emocionada y con los nervios de punta. Al fin, después de 4 años y medio, uniríamos nuestras vidas. Debo confesar que lo esperaba desde los primeros meses, pero se prolongó unos años más. Y es que Pepe, era mucho más tímido que yo.

La modista llegó a las 4 de la tarde con el vestido, me ayudó a ponérmelo y le hizo algunos ajustes. La maquillista había llegado desde las 2 y cuando llegó el vestido, yo ya estaba peinada y arreglada de la cara. Antes de irnos a la iglesia, mi madre me puso un collar de perlas; el mismo que usó ella en sus tres matrimonios. Luego, me roció perfume por todo el cuerpo:

-Por si te besa, por si abraza y por si se pasa- dijo soltando una sonrisilla.

Al salir de casa, encontré a Tona, mi chihuahua histérico; le di una caricia y me despedí de él. En seguida, caminé sosteniendo mi vestido, pues no quería pisarlo y que se ensuciara. Iba con dificultad, los tacones nunca han sido mi fuerte. En cada paso, en mi mente venía aquel “gallo, gallito” que de niña decía al caminar por la orilla de las banquetas.

De pronto, a un paso de llegar a la camioneta que me llevaría a la iglesia, sentí en la suela una masa aguada. Temerosa de caer, me quedé paralizada. Mi padre, que estaba abriendo la puerta del coche, me miró y preguntó que qué ocurría, pues yo no avanzaba.

-No sé- contesté nerviosa- Creo que pisé algo.

Mi papá levantó el vestido un poco para ver qué había sido y respondió:

–  ¡Ay, no!, pisaste la mierda de Tona- luego de escupir, continuó- Ve arrastrando el pie hasta que llegues a la camioneta para que se te limpie.

Y así lo hice. Caminaba arrastrando el pie, tallándolo con todas mis fuerzas, pues quería que se limpiara por completo.

Al subir a la camioneta, casi resbalo, pero me mantuve recta, al menos hasta que me di cuenta que había soltado mi vestido, pues estaba más preocupada por limpiar mi zapatilla, que en sujetar el vestido. ¡Qué horror!, de seguro ensucié mi vestido con la popó de Tona, pensé.

Al estar en la camioneta, todo parecía normal, mamá me ayudó a subir la cola del vestido y me dio la bendición.

En el transcurso del camino, venía a mí aquel olor característico de las heces de Tona, pero me tranquilizaba, pues de seguro mis nervios me estaban haciendo una mala jugada. Bajé el cristal para tomar un poco de aire y que esa sensación desagradable se me pasara, pero una mosca se coló. Trataba de espantarla con la mano, pero la ingrata iba y venía de mi barbilla al cachete. Se irá al llegar a la iglesia, me decía.

Al llegar, bajé como diva; mi padre me ayudó a bajar dándome la mano. Me acompañó hasta el altar, donde me entregó a Pepe. Antes de marcharse a su lugar, me dio un beso en la mejilla y me dijo susurrando:

-Hija, hueles a mierda.

La misa transcurrió tranquila, excepto por el comentario de papá, que resonaba en mi cabeza, y por la mosca, que seguía sobrevolando en mi rostro. No me dejó ni en el juramento. Parecía que me casaba con ella. Lloré un poco, no tanto de la emoción, sino por la mosca.

Al salir de la iglesia, siguió el arroz y las fotos familiares. He de decir, que no hay ninguna foto en la que la mosca no aparezca; ahí se ve, como un lunar de bulto o una verruga que se desplazaba por toda mi cara.

Ya en el salón, mi madre me jaló de entre los invitados que recibía, llevándome a los baños. Ahí se lavó las manos con desesperación más de una vez y con desesperación las olía. Luego, tomó un pedazo de papel y lo remojó con agua y jabón; lo pasó por mi rostro y me dijo:

-Hijita, perdóname. Cuando te ayudé a subir la cola al carro, me llené de la popó de Tona y al darte la bendición te ensucié.


Sobre la autora:

14330136_1201618349901149_7574864993070113265_nMónica I. Ortiz (Ezequiel Montes, 1993). Esta adorable señorita estudia la Licenciatura en Estudios Literarios en la Universidad Autónoma de Querétaro. Es conocida por la publicación del inolvidable cuento “La jaula” en la magnífica revista Enchiridion. Nos halagó con su participación en el Coloquio de Estudios Literarios con la lectura del poema “Diminutos”

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