Miranda Guerrero Verdugo: estos alimentos por sus proteínas aumentaban mis ganas

EL PLACER DE MI IZQUIERDA

Era perfecta. Sacaba las máximas calificaciones en el internado: Señoritas de la Purísimay al igual que mi madre, estaba orgullosa de mis raíces francesas. Aunque, si alguien le hubiese preguntado a ella si era la hija de sus sueños, le habría respondido que me faltaba un poco de rubio en el cabello y azul en los ojos.

Insatisfecha de que su hija no sería una Brigitte Bardot, mi madre comenzó a hacer planes para que al menos sobresaliera por mi intelecto. Al poco tiempo, me anunció que iba a estudiar en una de las preparatorias más prestigiosas de París. El plan  para lograr mis estudios afrancesados era sencillo, sólo debía conseguir en la secundaria un promedio de 9.5.

O al menos fue sencillo hasta que comenzó el placer.

Siempre que me preguntan cómo es, señalo hacia el cielo. Lo mismo daría si respondiera que es como el chillido de un minino o tener una piedra en el zapato. Como sea, el primer día que lo sentí estaba en mi clase de bordado. Ya habían transcurrido dos semanas desde que había iniciado la secundaria en en el mismo internado. Era la líder de grupo, la capitana en teñido y repostería. Nada me podía detener para sacar el promedio perfecto. Hasta que la aguja me atravesó el dedo índice.

—¡Sor Consuelo! chilló la India —¡Picaron a la Francia!

—¡Bruta criatura de Dios!

Y era verdad. No sólo mi falda, también mis manos se habían cubierto de la textura pegajosa de mi sangre

—¡Qué estabas haciendo!  

Ante la pregunta de Sor Consuelo no supe qué responder ¿Había sido un sueño? Imposible, cualquier cosa que hubiese sido, tenía el olor al maquillaje de mi madre, una combinación entre plástico y emoción.

Los siguientes días fueron de color gris. Entre incertidumbre y la sensación que una tiene al preguntarse qué le pasaran a sus muñecas cuando ya le aburren, traté de concentrarme en mis tareas, en la meta que mi madre me había impuesto. Las calificaciones de 10 y 9.5 comenzaron a desaparecer. Mis sonrisas se volvieron de dientes para afuera. Poco a poco, el pinchazo que de mi dedo desaparecía, comenzó a enterrarse en una parte de mi corazón, allí, donde se supone que sólo te pones la falda.

Durante las clases, me volvía hacia mis otras compañeras ¿Sentirían lo mismo? En búsqueda de alguna respuesta, veía sus piernas, aquel punto que se escondía debajo de las faldas tableadas y el pinchazo con el que comencé a sangrar.

—¡Francia! gritó Sor Consuelo, mientras las otras compañeras volvían sus miradas hacia mí.

El mismo pinchazo que había desaparecido unos días antes me lo había vuelto abrir. Pero ahora debajo de la falda y con la mano izquierda.

—¡Ve a la dirección, de inmediato! gritó Sor Consuelo, mientras se persignaba al ver cómo trataba de ocultar mi hormigueo cruzando las piernas.

Jesucristo, que colgaba de una de las paredes de la dirección, me veía decepcionado. Yo trataba de no ver sus heridas. El intento fue inútil. No podía dejar de pensar en ellas y en cómo se las habían infligido ¿Habría sentido el mismo hormigueo que yo? Mientras estaba con ese pensamiento, mi madre salió del despacho del director. Tenía el semblante de cera, a excepción de ese tic nervioso que le hacía temblar el párpado como  gelatina.

—¿Hay algo que quieras decir? su mirada señalaba la mano con la que me había tocado el alma . No, mejor no digas nada se contestó sola —¡Es por esto que has bajado tus calificaciones! ¿Ya no quieres ir a París? mi madre se sentó en uno de los sofás . Tienes que dejar de… —y como si mi madre hubiese olvidado a hablar, empezó a mover las manos, específicamente en torno alrededor de las caderas.

—¿Entendido?

Sí.

Nunca me quedó claro a qué se refería, a excepción que ya no podía tocarme el alma, aquel nuevo placer que había descubierto, y ahora me hacía sentir muy culpable.

Los meses siguientes fueron un Tour de France, por un lado estaba lo que mi madre quería, por el otro, mi mano. Nuestra rutina, si alguna vez me ufané de compararla con la de las princesas de Versalles, ahora parecía un régimen militar. Mi madre, quién desde ahora le diré Madame Napoleón, con el objetivo de impedir mis practicas masturbatorias (así le llamaba ella), decidió pintarme las uñas de la mano izquierda con pegamento, así para cuando tuviera la urgencia de descender a mis caminos de descubrimiento, la piel se me pegara a las uñas. Cualquiera con una afición similar me habría preguntado porqué no lo intenté con la derecha, ¿cómo explicarlo? Habría sido como dormir con los ojos abiertos.

Madame Napoleón también me prohibió cualquier tipo de lácteo y carne, con el pretexto de que estos alimentos por sus proteínas aumentaban mis ganas. Ahora sólo podía comer verduras, fruta y si bien me iba un poco de papaya con miel.

Dos días después de implementar esta dieta, Madame Napoleón descubrió que la palabra papayacoloquialmente se usa en Cuba para referirse a las partes íntimas de las mujeres. Suficiente razón para quitármelo de mi menú de moral y sufrimiento. Gracias a Dios, Madame Napoleón, carecía de cualquier recurso imaginativo, de lo contrario, me hubiera prohibido también las zanahorias. Aquella hortaliza que podía ser tan divertida para mis zonas recónditas y representaba una nueva alternativa frente a mis dedos impelidos por el pegamento.

Se inició una nueva temporada de mi vida. Por los días, aprovechaba cualquier tiempo libre en Señoritas de la Purísimapara escudriñarme a la parcela de la escuela. Ya allí me dedicaba a realizar una selección cuidadosa de qué tipo de víctima iba a pasar entre mis piernas, para luego cortarla con una hoja de afeitar que usaba Sor Consuelo para rasurarse la barba y se la había quitado sin que se diese cuenta. Pronto, el volumen y alcance de profundidad de las zanahorias me aburrieron. No siempre es mejor que llegue hasta el fondo. Hubo otra época en la cual me aficioné por las papas. Tanto horneadas, hervidas y crudas. Mas su estado en bruto, recién salidas de la tierra y con las raíces colgando, era mi favorito. Especialmente por el bagaje de sensaciones que brindaban en mis paredes vaginales. Intenté iniciarme con las lechugas, sus cuerpos ovalados y hojas acuosas. No funcionó. Ni siquiera me cabían por el hoyo. Fue cuando aprendí que la curiosidad y las ganas no siempre coinciden con la preparación.

La experiencia con la lechuga me bajó los ánimos y, si en un principio había logrado cierta calma y el mejoramiento de mis calificaciones, ambas volvieron  a bajar. Madame Napoleón, que en ese tiempo de calma volvió a ser mi madre, revisaba celosamente mis calificaciones. Por lo que fue la primera en darse cuenta de mi cambio. Sin pudor alguno, revisó mi izquierda, buscando cualquier rastro de mi piel que evidenciara mi culpabilidad ¿Qué decir? ¡Óleo mis uñas! Al no encontrar ningún rastro posible, entró a mi cuarto y escudriñó en mis cajones, el armario, hasta que se le ocurrió revisar debajo de mi cama,  donde encontró las zanahorias, papas y lechugas. Si alguna vez le faltó imaginación para ocurrírsele lo que pasaría entre mi y una zanahoria, ahora la vida se lo compensaba con un escenario lleno de imágenes que me involucraban a mí desnuda en la parcela y con una hortaliza en cada orificio. Entonces, como si hubiesen tomado la Bastilla, mi madre  se jaló los cabellos y después de un llanto histérico, se desmayó sobre la ensalada de verduras en las que se había convertido mi cuarto.

Los días siguientes mi madre no salió de su habitación. Estaba acostada en la cama, con los ojos abiertos y la boca sellada en silencio. Cuando entraba en su habitación se negaba a hablarme, me daba la espalda y la única mirada que recibía era la del Cristo en su cruz que posaba sobre el respaldo de su lecho.

Si antes mi vida se había marcado por el deseo de satisfacer mis necesidades, ahora buscaba algún castigo lo suficiente duro y perdurable para que mi madre no volviese a sufrir ¿Qué hay del viaje a París? ¿La Brigitte Bardot frustrada? Todos esos eran problemas que no podía solucionar si no empezaba con el primero y tal vez el único, mi placer culposo.

Comencé  yo misma a ponerme el pegamento en las uñas y las verduras que habían quedado en mi cuarto las tiré. En una semana, mis pasiones se habían reducido en un cincuenta por ciento. Iba bien, me sentía como esos ex alcohólicos y yonkis después de un programa de doce pasos. Hasta que un mes después de mi mejora, el deseo volvió.

Era insoportable.

Mi cara se llenó de barros por el sudor frío que tenía en las noches, mis piernas y brazos cobraron un grosor de alfiler. El color se me había escapado de las mejillas y mi mano izquierda ¡Ah! Se había convertido en un pellejo amarrado a mi brazo, pálido, seco. Lo observaba y sólo se me ocurría pensar que gritaba por ayuda, compasión ¿Y cómo negarme? Tanto yo como mi mano izquierda conocíamos nuestras debilidades, culpas y placeres. No tuve otro remedio que agarrar la hoja de afeitar de Sor Consuelo y ¡ZAZ!

Ahora me pregunto:

¿Podré ser una Brigitte Bardot manca?

 


Sobre la autora:

15403859_2015035945390117_2266533171424062252_oMiranda Guerrero Verdugo nació un hermoso 27 de abril de 1993 en la gloriosa Ciudad de México. Estudió la ilustre carrera de Letras Hispánicas en la UAM Iztapalapa. Su carrera artística resulta ecléctica, pues se ha dedicado a variadas y sorprendentes formas artísticas como narrativa, poesía, dramaturgia y la creación de collages. Entre los célebres talleres y profesores que han servido para su excelente formación destacan Raúl Renán, con quien realizó un inspirador proyecto de poesía sonora y Marina Porcelli, talentosa profesora de narrativa con la cual tomó clases. Ha publicado en prestigiosas revistas electrónicas como Círculo de Poesía, Digo.palabra.txt,  Otro páramo y Vallejo & Co. Su intuitiva mirada artística provoca suspiros por doquier. 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s