Adriana Ventura: yo cargo la panza, la evidencia, la mancha, el error

PLANIFICACIÓN

Segundo embarazo. Deseado mas no planeado. La vida me dio un asalto y yo no supe responder; asumí el reto. Tengo en la panza un bebé de 36 semanas. Lo primero que quise hacer fue pedir perdón a mis padres, a mi jefa, a la comunidad childfree: me siento culpable por traer niños al mundo que les robarán aire, alimento, oportunidades en la vida. Pude deshacerme de este bebé, pero no quise hacerlo, no porque me faltara dinero, y vaya que últimamente me falta, esa fue la única razón que me hizo dudar.

Dije sí, dije lo tendremos. El papá dijo sí, lo tendremos. Estoy en una relación heterosexual que ante los ojos de los demás cumple con un estándar de normalidad aceptable, pero intentamos mejorar esas normas, o romperlas. Vivimos en un ambiente equitativo. Yo cuestiono todo, todo el tiempo. Yo propongo, dialogo, suprimo a veces: intento decir que hago del muchacho un ente menos reproductor de patrones del patriarcado y más participativo en otras formas de ser.

Total, que ahí vamos en la aventura de ser padres por segunda vez, como si eso no fuera bastante para asumir en nueve meses, nos cae la culpa, a mí (él es menos considerado con la sociedad) y yo cargo la panza, la evidencia, la mancha, el error. Yo con mi estigma protuberante anduve por la calle, en los camiones, trenes ligeros, metros. Y sí, la molestia ajena no se disimula: las personas enojadas y con sueño no ceden su lugar, porque quién me manda a embarazarme, mujer inconsciente que soy. Pero pude vivir con eso y ya llegué hasta aquí con toda la avalancha hormonal y los dolores que implica ceder el cuerpo a una criatura nueva.

Ahora que empiezo a sentir menos culpa, menos dolor. Más ilusión por cargar un trozo de futuro en el cuerpo, me toca ir a consulta y en la clínica descubro toda la agresión contenida en un protocolo burocrático disfrazado de control natal: elegir un método anticonceptivo. Sí, pues para ser honestos ya no podemos darle chance al azar y lo hemos pensado, hablado y acordado: él, joven, se hace la vasectomía, porque es justo y equitativo, ya que yo alquilé mi cuerpo para gestar dos hijos, que él sea quien sacrifique su fertilidad. Pero a los de la oficina de Métodos anticonceptivos no les cae de maravilla la idea, la cosa es que hay que buscar un método para mí, puesto que mi cuerpo es el peligroso, el receptor, el de las mayores cualidades procreativas, el factor malo, pues. Los hombres qué, ellos que anden derramando sus espermatozoides por el mundo: si los cuerpos femeninos son los receptores quiere decir que son estos cuerpos los que debemos someter al control natal y es mejor dominarlos a ellos, total, históricamente ha sido así.

Les digo: es cuestión de equidad, médicos y enfermeras. Equidad es una palabra que no pasa por los servicios de salud, menos los públicos. Y por veinte minutos me siento agredida: toda la información va dirigida a mi cuerpo, a mi útero. La frase más hiriente: si llegara a haber cesárea, una vez abierta, pues más fácil cortar las trompas, ya estando allí pues, de una vez. Espere, doctor, yo ya cedí mi calcio y nutrientes a dos seres, cedí mi cuerpo entero para gestar, lo hice conscientemente, fui voluntaria, dije que sí al embarazo. Y ahora, por el bien de los dos hemos decidido que él… pero oídos sordos.

No quiero que me corten nada, ni que me pongan dispositivos. Quiero que él se someta a la cirugía menor porque somos una pareja que así lo decide. Gire su silla hacia el joven y agende la fecha. Oídos sordos: yo firmo, yo tengo que decidir sola y en menos de veinte minutos queda asentado que recibí orientación pero que me negué a optar por un método.

Ya por último digo, y corríjanme si estoy mal. Mientras la procreación siga enfocándose meramente sobre el cuerpo femenino no vamos a progresar en este asunto de la familia incluyente. El cuerpo es mío, claro, y yo decido, pero sobre la paternidad qué. Nadie va a decir nada, nadie va a protestar porque la mayoría de los planes de anticoncepción estén dirigidos a la mujer. Planificación familiar es un término para colocar en la puerta de una oficina y nada más. No habrá un plan de efectiva concientización dirigida a ambos miembros de la pareja. La sesión que me dieron fue un desfile de métodos que yo podría usar, desfile enfocado a los métodos definitivos, por cierto. Además, a todo el numerito se sumó el apremio por convencerme en ese justo momento. Entonces los hombres van a seguir esparciendo hijos por aquí y por allá, sin hacerse conscientes nunca de lo que significa participar en la crianza. Pues claro, ellos no tienen por qué decidir si quieren ser padres, de cuántos hijos, cuándo y cómo. Nada más que pongan sus gotitas en la arena y el árbol que crezca. Y es culpa de la tierra si la semilla se afianza, es culpa de la tierra si el árbol crece delgado o frondoso y así sucesivamente: reproduciendo patrones.

Yo no quiero un mundo así para mis hijos, yo no quiero que escuchen nunca esa frase que no me saco de la cabeza: si una mujer se embaraza de un hombre casado es culpa de ella. No, es culpa de los dos. Si una mujer se embaraza de un hombre, casado o no, es responsabilidad de ambos. Una mujer no se embaraza, se embarazan ambos. Sería tan sano que se dejara de criminalizar cultural e institucionalmente al cuerpo femenino, sería pulcro, sería agradable vivir en un mundo así.

Las clínicas que tienen servicios de planificación familiar deberían, en efecto, repensar los conceptos que manejan: la idea de familia, madre, padre. Un núcleo heterosexual puede romper esquemas, puede impulsar proyectos distintos, propositivos, en los que se logren otras formas de convivencia, otros modos de ser padres, madres, parejas. Hoy volví a sentirme culpable por traer niños al mundo, en un país tan triste como el mío, mi país. Mis hijos merecen otra sociedad: ayúdenme a construirla.

Escucho, a propósito de la noticia de que tendré otro niño: qué bueno, más fácil el mundo para ellos. Y me niego, no quiero que mis hijos se enteren nunca de lo nefasto y superficial que es el falso discurso del patriarcado (pero esa ya será otra historia, otra reflexión, otro reto que tendré que asumir). Me retiro pensando que mi cuerpo es mío, que debo cuidarlo y defenderlo siempre, porque faltan muchas batallas que ganar. Decidí ser madre, pero me siento tan amenazada como quienes deciden no serlo y lo peor es que un abismo de contradicciones nos alejan. Yo celebro a quién decide no tener hijos; yo no pude, sucumbí a la ternura o como le quieran llamar. En el fondo no somos diferentes, tomamos decisiones y como si no fuera bastante, tenemos que proteger, planificar y argumentar cada elección que hacemos.  

 


Sobre la autora:

12015069_10205312446585977_4439936459705545398_oAdriana Ventura (Cruz Grande, Guerrero, 1985) Esta talentosa señorita ha publicado las portentosas plaquettes Geografía negra (Verso Destierro, 2013), La rueca de Gabrielle (Editorial de otro tipo, 2014), Elogio a las rain boots que no tengo (Editorial de otro tipo, 2015) y Café Bausch (Colección La Ceibita, FETA, 2015), disponible para disfrutarse en línea con una humeante taza de té y galletitas: http://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/revista_en_linea/181_210/208/Cafe_bausch/ Fue una dedicada becaria del FONCA en el periodo 2015-2016. Obtuvo el PECDA del bello estado de Guerrero en el 2011 y 2014. Es Premio Estatal de Poesía “María Luisa Ocampo” (2016), gran honor para esta clarividente escritora.


Ilustración de P.nitas http://www.pnitas.es/

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