Ale Eme: decir lo que nos duele es de verdad el primer paso para curarnos

Los pequeños pican piedra

 

Yabadab, yabadab, yabadabadoo

We are the Flintstones kids

 

Todavía iba en preprimaria cuando mis papás comenzaron a jugar squash en un local de Coyoacán que sigue existiendo, idéntico, después de casi treinta años. Hacían equipos con una de mis tías maternas, su esposo, y de paso cargaban conmigo y con mis primos para que viéramos los partidos o bien, nos entretuviéramos con lo que se pudiera. El squash será un deporte intelectual y físicamente muy retador, pero ver a dos o cuatro personas cazando una pelotita y lanzándola contra la pared con sus raquetas no es muy divertido que digamos para niños de cinco años, de modo que buscábamos a qué jugar en aquel edificio que básicamente se dividía en canchas, áreas para el público, una tiendita, regaderas, pasillos estrechísimos y párale de contar. Las aventuras, entonces, dependían de la capacidad de fantasía que lleváramos cada sábado por la mañana.

Ese confinamiento al que nos sometían los mayores era más llevadero para mí en compañía de mis primos, siempre y cuando estuviéramos de humor, porque a veces no se puede poner buena cara al mal tiempo. Yo aún era hija única en aquellos años y me emocionaba mucho por verlos, pero ellos eran dos de tres hermanos de edades muy cercanas, estaban más acostumbrados a la compañía y no sé qué tanto gusto les diera verme a mí, la prima que se hacía pipí en la cama cada que iba de visita a su casa y se quedaba a dormir. Como sea, nos las arreglábamos lo mejor que podíamos y ya cuando nuestros padres comenzaron a ser clientes frecuentes del squash, las opciones de diversión infantil también conocieron el privilegio. Vaya privilegio.

A la entrada del local había un apretado lobby, frente a él estaban los baños y un poco más adelante, el mostrador de recepción. Justo detrás del mostrador tenía su cuartito Don Pepe, un señor de carácter bonachón que hacía las labores de mantenimiento y era también el velador. Don Pepe tendría unos cincuenta años, usaba lentes, era un poco robusto y sobre su ropa de calle se ponía una bata color azul marino como uniforme de trabajo. Todos los clientes lo conocían, era extremadamente servil con los adultos y extremadamente amable con los niños. Don Pepe era persona de confianza y cómo no, si siempre que algún problema surgía él estaba dispuesto y sonriente para resolverlo. Que no salía agua caliente de la regadera, Don Pepe lo arreglaba en minutos. Que aquel locker tenía problemas para cerrarse, aparecían de inmediato Don Pepe y sus herramientas. Que los niños se estaban aburriendo, Don Pepe nos invitaba a su cuartito a ver Los pequeños Picapiedra y santo remedio. Qué bueno era Don Pepe, qué atento, qué trabajador. Cuánta disposición a sus labores y cuánta eficiencia, si en sus ratos libres se daba tiempo hasta para manosearme cuanto quería a mis cinco años, mientras mis papás y mis tíos afirmaban su estatus de gente exitosa, raquetas en mano.

Yabadab, yabadab, yabadabadoo

The Bedrock Flintstones kids

Don Pepe era la clara muestra de que el pedófilo ejemplar conoce bien los intereses de los niños. Sabía a qué hora estaban Los pequeños Picapiedra y nos invitaba a verlos para que dejáramos a los adultos divertirse en paz. Entonces jugaba a ser el buen señor que comprende que en vez de un aburrido partido de squash, cualquier persona sensata prefería ver al pequeño Pedro y a la pequeña Vilma enfrentarse a Rocky y su pandilla, o las aventuras del Capitán Cavernícola e hijo. En su cuartito había dulces, nos prendía la tele en el canal cinco y era paciente hasta un punto admirable: esperó a que le tuviéramos suficiente confianza como para que llegara el momento de que mis primos me dejaran sola con él bajo cualquier pretexto. Que vayan a dar este recado a sus papás, que me pareció escuchar que les estaban hablando, que detrás de aquella puerta hay algo que les va a divertir.

Tampoco era difícil convencer a dos niños de mi edad de poner su atención en otra cosa que no fuera la pequeña Picapiedra que era yo entonces, la que no sabía que mi cuerpo podía ser objeto de deseo para alguien, mucho menos para un señor de la edad de mi abuelo. Me educaron para ser cultita y feliz, para leer fluidamente a los cuatro años y para recitar de memoria a Les Luthiers; no me educaron (y no estoy segura de si deberían haberlo hecho) para saber cómo reaccionar cuando Don Pepe me metía lentamente los dedos en la vagina y a mí me ardía, ni cuando me pedía que lo tocara sobre el pantalón y yo obedecía porque Don Pepe era bueno, porque Don Pepe me había dado dulces y porque en la tele a blanco y negro, mini Pablo Mármol había hecho alguna tontería y me ganaba la risa.

B – E – D – R – O – C – K

A los trece años, en plena adolescencia y recién mudada a Aguascalientes, entendí. Es curioso cómo dependemos de otros para acordarnos de la infancia, con anécdotas que tiempo después cuentan los mayores para avergonzarnos o enternecernos, y así nos vamos formando una historia más o menos precisa de quienes ellos convienen que fuimos. Pero las verdaderas memorias de infancia son ráfagas. Breves y poderosas, nos presentan imágenes que debemos cuadrar en lo poco que sabemos de nosotros mismos y a veces, nos dan ciertas piezas faltantes. A mí me bastó una de esas ráfagas para que vinieran a la memoria las otras piezas del rompecabezas y que al fin pudiera poner nombre a lo que me había hecho Don Pepe.

Mi recuerdo-ráfaga es éste: entro al baño aturdida, me siento muy incómoda al caminar, me arde “ahí abajo”, pienso un montón de cosas que traducidas al adulto serían algo como: “Todavía que Don Pepe es tan bueno y yo le hago esto”. No lo pienso en cláusulas completas, me repito palabras desordenadas y sobre todo me llena una culpa inmensa, mi cuerpo siente remordimiento por no haber correspondido a la enorme bondad del velador. Las escenas que vinieron a llenar los huecos de mi memoria después de la ráfaga son caóticas, pero parece plausible aventurar que el recuerdo del baño corresponde al último día en que el cauteloso Don Pepe me invitó a ver con él Los pequeños Picapiedra: mi perturbación parece indicar que me fui del cuartito porque lo que me estaba haciendo me dolía, y eso ponía a su método en grave peligro. El éxito de su abuso consistía en que yo creyera que me trataba muy bien y entonces guardara absoluto silencio. Ése era su poder sobre mí y lo mantuvo durante más de veinte años.

We are growing up in the Bedrock way

Me convertí en un perro de Pavlov. Me orinaba en la cama sin razón aparente desde la época del squash hasta mis nueve años, así que mi madre se dio a la tarea de buscar la manera de resolver el problema y al fin armó un tablero que puso en la cabecera de mi cama: en él iba registrando con estrellitas los días consecutivos que no mojaba las sábanas y había premios cada que juntaba diez seguidos. No había castigos. De esa manera se me corrigió finalmente la mala costumbre y obtuve tesoros tan preciados como mi Trapper-Keeper de Garfield, el premio mayor por un mes de contener esfínteres.

A mis treinta y un años, después de haber terminado una larga relación sentimental en la que viví casi todo el catálogo de abusos posibles, finalmente me decidí a contarle a mi mamá sobre Don Pepe. No se lo dije directamente, sino que le mandé un correo para que ambas nos sintiéramos libres de hacer muecas y llorar sin sentirnos observadas. Sé que lo hicimos. Yo sentía mucha vergüenza de traer ese tema de infancia a mi vida adulta y ella no se esperaba que algo así le hubiera pasado a la hija que cuidó en serio, con tanto cariño, convicción e inteligencia. Quizá hasta entonces, mi mamá y yo entendimos que detrás de mi incontinencia urinaria hubo mucho más que algo físico, y quizá hasta entonces yo tuve la certeza de que decir lo que nos duele es de verdad el primer paso para curarnos.

Aceptar que hay quien es capaz de lastimarnos tan hondo sin que hagamos algo para “merecerlo” bien podría equivaler al fin de la inocencia; si es así, mi inocencia terminó en mi tercera década de vida. Hasta entonces, la culpa suplía a la rabia legítima por haber sido objeto de abuso. La culpa es un gran invento del sistema para solapar victimarios, pero una vez que desaparece también se va la necesidad de concebirse como víctimas. Muy por el contrario, hablar de lo que nos sucede y de lo que no entendemos es abrir las ventanas hacia lo que somos y hacia lo que es el mundo. En cuanto compartí la parte de mi historia en la que él participó, Don Pepe dejó de ser un monstruo y en vista de que ya no puede ser castigado, muy pronto renuncié a verlo como un ser asqueroso. Pero tampoco quise comprenderlo. No me importa si a él lo violaron de niño o si es un producto de nuestra enferma sociedad; para mí es el provocador de un episodio del que por mucho tiempo me pareció imposible hablar y ahora que lo hago, paso por alto todo lo que tiene que ver con él porque lo único que me interesa es detenerme en ese recuerdo-ráfaga y abrazar a la Alejandrita que entra al baño para decirle, con toda seguridad: ni madres, no es tu culpa.

Yabadabadú.

 


Sobre la autora:

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Alejandra Eme Vázquez dedica sus esfuerzos cotidianos a la enseñanza de las nuevas generaciones y a la escritura del pensamiento: el ensayo. Estudió en la prestigiosa UNAM la maestría en Letras Latinoamericanas. Escribe cada semana la mundialmente reconocida columna Verde y humilde en Juristas UNAM, que esperamos siempre con profunda emoción. Es además una reconocida y talentosa florista, sus arreglos provocan los más inspirados suspiros por todo internet.

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