Cristina Meza: Me imagino metiendo ambas manos desnudas

Una dieta balanceada

Tuve la idea, posiblemente errónea, de llevar a cabo una dieta lo más omnívora posible; no limitarme a los manjares que la naturaleza nos brinda en todas sus presentaciones. Sin embargo, casi siempre soy desproporcional; elegir un punto medio es cosa de mayores y permanezco siendo terca en mi confusión impuesta por el mundo, pues, en ocasiones no resisto mi deseo, tras mirar el aparador de las carnes frías, de las frutas dulces. Me imagino metiendo ambas manos desnudas hasta que los postres me llaman y, como marinero en apuros, me guío por un canto ensordecedor que me obliga a llenarme las uñas de betún.

Que los embutidos me hacen daño no es más un secreto, pero mi adicción es ya tan grande que no puedo evitar colmarme los labios con cuatro o cinco miembros al mismo tiempo.  Las frutas disfrutan de engañarme, se cambian de colores y cuando las veo vueltas mermelada ni yo sé que tan sanas pudieron ser antes.

Ay abuelita, perdón por no nacer niño y permitir que de mi cuerpo arranquen lo que le falta al terminar.

Ay abuelita, perdón por no ser tan niña y buscar en las cerezas jugos dulces que de mis piernas no saben nada.

Ayer todas las delicias se pusieron en fila para despertar mi hambre; me di la tarea de adornar las piernas velludas con pantimedias y tacones, las pieles lampiñas con bigotes indelebles y los labios pálidos con labiales nacarados. Se me olvidó que yo ya cargaba con un par de senos y emprendí la búsqueda exhaustiva de otros más suculentos.

Ahogada entre el ropero y el baño, escuché la voz de mi madre diciendo que me lavara las manos antes de comer, que no olvidara las verduras y que si como bien, podré tener doble ración de pay. La desobedezco sin piedad; tomo lo que puedo con las manos sucias de tierra previamente humedecidas con saliva y pronto siento que me muero por un chile en nogada, entonces bebo toda la leche que me cabe en la boca para anestesiar el ardor. Prosigo a devorar un par de cemas con cajeta. Ahora el pulque corre por mi cuello hasta las clavículas.

Es tanto lo que sobra en la mesa que decido salir a la calle en busca de compañía para cenar, extiendo la invitación a los vecinos de la cuadra, entran por centenas a la casa y se sientan alrededor la mesa; ellos también ignoran a mi madre y deciden  no lavarse  las manos con algo más que no sea su propia saliva. Me detengo suspirando para observarlos devorar todo lo que encuentran a su paso. Yo ya me he llenado.

 


Sobre la colaboradora:

21317504_1672491206096644_7879670232734377623_nCristina Meza, esta bella poeta y artista plástica, originaria de la insigne ciudad de Guadalajara, Jalisco. Ha deslumbrado al público en exposiciones colectivas como Campo de Orquídeas 2da. edición (2016) e Irreconocible (2017). Parte de su obra poética está vertida en la antología de poesía 10 Balas, por Ediciones El Viaje. Se deleita con los sabores más extravagantes.

 

 


Fotografía de Stephanie sarley

 

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