Catherynne M. Valente: Esta es una historia sobre nacer

af_valente-catherynne_001Chatherynne M. Valente es una escritora norteamericana de ciencia ficción. Es conocida por sus textos de ficción especulativa, pero sobre todo por su trabajo en el subgénero que ella misma bautizó como mythpunk. Las narrativas del mythpunk se centran en la reescritura de textos míticos o folcloricos agregando elementos postmodernos. El mythpunk es subersivo e intenta, a través de la apropiación de cosmogonías, cuestionar las normas sociales dominantes. Las narraciones de mythpunk se preocupan en la transformación del material-fuente en lugar de volver a contarlo, suelen ser usadas técnicas literarias posmodernas como la narración no lineal, la poesía confesional, la no-ficción así como dispositivos lingüísticos y literarios actuales. El uso del folklore es especialmente importante porque es dentro de él donde se lleva a cabo una batalla entre las fuerzas subversivas y conservadoras, lo cual lo convierte en un medio ideal para construir nuevas normas sociales. A través de las técnicas literarias posmodernas, los autores de mythpunk cambian las estructuras y tradiciones del folklore, dando oportunidad a negociar y validar nuevos valores. Es posible encontrar más de su trabajo aquí.

 

13 maneras de observar el espacio/tiempo

 Catherynne M. Valente

Extraído de 25 minutos en el futuro. Nueva ciencia ficción norteamericana. Antología de Pepe Rojo y Bernardo Fernández.

 

I.

En el principio era la Palabra y la Palabra era con Dios y la Palabra era una singularidad prebariogenética de alta densidad. La oscuridad se tendía sobre la profundidad y Dios se movió sobre la faz de la matriz hiperespacial. Separó del firmamento del plasma quark-gluón y dijo: Sean los pares partícula/antipartícula, y se hizo la luz. Creó los peces del mar y las frutas de los árboles, la Luna y las estrellas y las bestias de la Tierra, y a éstas les dijo: Fructificad, multiplicaos y mitad. Y en el séptimo día, la masa en reposo del universo llegó a dominar gravitacionalmente la radiación de fotones, la consagró y la mantuvo.

Dios, rápidamente desplazándose al espectro rojo de la luz, formó apresurado al hombre del polvo de los organismos unicelulares, lo nombró Adán, y provocó que habitara el Jardín del Edén, para clasificar a las bestias de acuerdo a su reino, phylum y especie. Dios sólo prohibió al Hombre comer del Árbol de la Meiosis. Adán hizo tal cual se le ordenó y para premiarlo Dios le enseñó los caminos de la partenogénesis. Y así nació la Mujer, y fue nombrada Eva. Adán y Eva vivieron en el universo previo a la diferenciación cuántica, en un paraíso sin dualidad onda-partícula. Pero los patrones de interferencia llegaron a Eva en forma de una Serpiente, quien, enredándola en sus rizos de materia/antimateria, le dijo: Comed del Árbol de la Meiosis, y vuestros ojos serán abiertos. Eva protestó diciendo que no rompería el pacto con Dios, pero la Serpiente respondió: No temáis, pues flotáis en espuma aleatoria de gravedad cuántica, y de una sola probada surgirá un evento inexorable de inflación y seréis como Dios, expandiéndose eternamente hacia afuera.

Y así Eva comió del Árbol y conoció que sólo era una niña desnuda de universos divergentes. Llevó la fruta a Adán, y le dijo: hay cosas que no entendéis, pero yo só. Y Adán se enfureció, y arrebató la fruta de Eva y la devoró, y más allá de la radiación ambiental del universo, Dios suspiró, puesto que todos los procesos físicos son reversibles en teoría pero nunca en la práctica. Hombre y Mujer fueron expulsados del Jardín y una espada flameante fue colocada en las puertas del Jardín para recordarles que el universo ahora sólo se contraería, y algún día perecería en una conflagración de entropía, sólo para aumentar su densidad, explotar y expandirse de nuevo, provocando redistribuciones a alta velocidad de serpientes, frutos, hombres, mujeres, helio-3, litio-7, deuterio y helio-4.

 

II.

Esta es una historia sobre nacer.

Nadie recuerda su nacimiento. Los orígenes de las cosas siempre son muy complicados.

Una escritora de ciencia ficción en la costa del Atlántico aseguraba recordar su nacimiento. Cuando era niña, pensó que una puerta estaba abierta aún cuando no lo estaba, y se estrelló a toda velocidad contra la hoja de cristal. La versión infantil de la escritora de ciencia ficción quedó tirada y sangrando en el patio de concreto, sin saber aún qué parte de su muslo había desaparecido para siempre, como el muslo de Zeus, donde el dios de los relámpagos cosió a su hijo Dionisio para terminar de gestarlo. Algo se hizo pedazos dentro de la niña, algo que tenía que ver con la experiencia y la memoria, que en los niños normales viajan en direcciones opuestas, con la memoria acumulándose y la experiencia agotándose lentamente, pero acelerándose mientras los niños se lanzan a la madurez y la muerte. Lo que la escritora de ciencia ficción recordaba en realidad no era su nacimiento, sino el momento en que la golpeó la superficie de cristal y su cerebro tartamudeó, dejando varias capas de experiencia una sobre la otra:

El dolor incisivo de los trozos de cristal insertándose en su muslo, tropezar en un cuadro de concreto húmedo en un sitio de construcción rumbo a la escuela y su padre jalándola de los brazos para sacarle su primer beso, a la sombra de un roble que se pintaba de rojo y café en el otoño, cuando un muchacho silenció su lectura de Don Quijote posando sus labios sobre los de ella.

Estas capas fracturadas, sin planeación, se hicieron indistinguibles de la memoria factual de haber nacido. No es su culpa; ella creía que lo recordaba. Pero nadie recuerda haber nacido.

Los doctores cosieron su muslo No tenía un hijo en su pierna, sino un espacio vacío bajo su piel, pequeño y oscuro, donde antes estaba una parte de ella. A veces lo toca sin pensarlo, cuando intenta inventar una historia.

III.

En el principio existía la simple célula autorreplicante del vacío. Se dividió a través del centro de la Osa Mayor en la divinidad femenina Izanami y en la divinidad masculina Izanagi, que no sabían nada de manzanas cuánticas y que vivían en la Planicie del Cielo y sumergieron una lanza de descarga atmosférica estática en el gigantesco y oscuro océano primordial, batiéndolo y torturándolo hasta que de las profundidades emergieron oligómeros y polímeros simples. Izanami e Izanagi se separaron sobre las grasosas islas de burbujas lipídicas y bajo la primera luz del mundo, se dieron cuenta que el otro era bello.

Entre ellos, catalizaron la formación de nucleótidos en una solución acuosa y erigieron el Palacio Octaédrico de Reacciones Autocatalíticas alrededor del inamovible Pilar Celestial de ARN. Al terminar, Izanami e Izanagi caminaron alrededor del pilar en direcciones quirales opuestas, y cuando Izanami encontró a su pareja, gritó de alegría: ¡Cuán bello eres, y cuán versátiles son tus bases nitrogenadas! ¡Te amo! A Izanagi le molestó que ella hablara primero privilegiando su código protogenético por encima del suyo. El hijo que nació de su apareamiento paleoprotozoico era una sanguijuela anaeróbica y plateada, inútil, arcaica, invertebrada e incapaz de transformar los superóxidos letales. Lo pusieron a navegar en el Robusto Navío Celestial, por la corriente estrellada de aceptores de electrones alternos para la respiración. Izanagi arrastró a Izanami de regreso al Pilar. Caminaron de nuevo a su alrededor en una hélice zurda que producía ecos hacia adelante y hacia atrás en la biomasa, y cuando Izanagi vio a su esposa, gritó: ¡Cuán encantadora eres, y cuán frecuente es tu complejidad metabólica! ¡Te amo! Y como Izanami se quedó callada cuál piedra, e Izanagi habló primero, elevando su código protogenético, los hijos que les nacieron fueron magníficos y fuertes: Oro y Montaña y Hierro y Rueda y Honshu y Kyushu y Emperador –hasta el nacimiento de su hijo, Abrasadora Extinción Masiva del Pérmico-Triásico, que incendió todo y asesinó a la madre del mundo.

Izanami descendió al País Raíz, la Tierra de los Muertos. Pero Izanagi no le podía permitir viajar a un lugar al que no hubiera ido primero, y la persiguió hasta el registro paleontológico. Se perdió en la oscuridad de la obsolescencia abiogenética, y prendió los dientes de su cepillo con joyas empotradas para iluminar el camino, se dio cuenta de que caminaba sobre el cuerpo de Izanami, quien se había transformado en el paisaje y depósito de fósiles del País Raíz, pútrida e infecta, llena de hongos y gusanos y coprolitos y tribolites. En el odio, duelo y memoria de su primer boda, Izanami aulló u empujó y movió continentes hasta expulsar a Izanagi fuera de ella.

Cuando regresó a tropezones en la luz, Izanagi limpió la pluripotente inmundicia de su ojo derecho, y al caer al suelo se convirtió en el Sol cuántico-retroactivo. Limpió la inmundicia cigótica de su ojo izquierdo, que al caer al suelo se convirtió en la Luna temporalmente subjetiva. Y cuando sacó la inmundicia densa en nutrientes de su nariz, ésta flotó en el aire y se convirtió en el fractal, máximamente complejo y petulante Tormenta y Vientos.

IV.

Cuando la escritora de ciencia ficción tenía diecinueve años, tuvo un aborto. Ni siquiera sabía que estaba embarazada. Pero sangró y sangró y no paraba de sangrar, y el doctor le explicó que a veces eso sucede cuando uno consume ciertos medicamentos. La escritora de ciencia ficción no podía decidir cómo se sentía al respecto diez años más tarde, después de haberse casado con el padre del bebé-que-no-fue y divorciarse, después de escribir un libro sobre ciudades-insecto de metano que flotan en la bruma de un gigante gaseoso rosa que no le gustó mucho a nadie, seguía sin poder decidir cómo se sentía. Cuando tenía diecinueve años posó sus manos sobre su vientre e intentó imaginar una línea cronológica en la que el embarazo hubiera proseguido. Habría sido niña. Habría tenido ojos azules como su padre. Habría tenido la nariz danesa de ella o la griega de él. Le habría gustado la ciencia ficción, y le hubiera gustado estudiar para graduarse de endocrinóloga. Habría sido capaz de amarla. Posó sus manos sobre su vientre e intentó sentirse triste. No lo logró. Pero tampoco podía sentirse feliz. Sentía que había dado a luz una realidad en la que nunca daría a luz.

Cuando la escritora de ciencia ficción le dijo a su novio que se convertiría en su esposo que se convertiría en alguien quien ella no querría ver nunca más, él hizo sonidos tristes aunque en realidad no lo estaba. Cinco años después, cuando ella pensó que le gustaría tener un bebé intencionalmente, ella le recordó el bebé-que-desapareció, y el esposo cometió el error de contestar: lo he olvidado todo.

Y ella posó sus manos sobre su vientre y el espacio bajo su piel, pequeño y oscuro, donde antes estaba una parte de ella, y ya no deseó embarazarse pero sus pechos le dolían de todas maneras como si estuviera amamantando, una vez más, una realidad donde nadie tenía la nariz de nadie y las delicadas alas fotosintéticas de Xm, el devorador de amor, se estremecieron en una tormenta-bendición de hidrógeno super calentado, y Dionisio nunca nació por lo que el mundo tuvo que vivir sin vino.

V.

En el principio sólo había la oscuridad. La oscuridad se comprimió de tal manera que se transformó en un delgado disco protoplanetario, amarillo de un lado y blanco del otro, y dentro de la zona de acreción estaba sentado un hombre no más grande que una rana, con la barba agitándose en los vientos solares. Este hombre era Kuterastan, Aquél-Que-Vive-Sobre-La-Proto-Estrella-Súper-Densa. Frotó el polvo rico en metales de sus ojos y pudo ver sobre él la oscuridad nebular en colapso. Miró hacia el este del eje galáctico hacia el horizonte de eventos cosmogenético, y observó al joven Sol, su tenue luz con el matiz amarillo del amanecer. Miró hacia el este a lo largo del eje galáctico, hacia el horizonte de eventos cosmogénico y vio al joven Sol con débil luz matizada por el amanecer. Observó hacia el oeste a ki karfi del eje hacia la Gran Congelación del universo, y observó la atenuada luz ámbar de la energía termodinámica disipándose. Al observar, se formaban nubes-escombro de diferentes colores. Una vez más Kuterastan frotó el hielo hirviendo de sus ojos y quitó el sudor-hidrógeno de su ceño. Aventó el sudor de su cuerpo y otra nube apareció, azull con oxígeno y posibilidades y había una pequeña niña para en ella: Stenatliha, la Mujer Sin Padres. Ambos estaban intrigados respecto al origen del otro, cada uno consideró los problemas de la teoría unificada a su propia manera.

Después de un tiempo Kuterastan frotó de nuevo sus ojos y rostro, y de su cuerpo salió disparada radiación estelar hacia el polvo y la oscuridad. Primero apareció el Sol, y después el Niño Polen, un cometa de doble cola pesado con microorganismos. Los cuatro permanecieron sentados durante un largo tiempo en silencio sobre una nube de fotoevaporación. Finalmente Kuterastan rompió el silencio y dijo: ¿Qué haremos?

Y así comenzó una lenta espiral Poynting-Robertson flotando hacia el interior del disco protoplanetario.

Primero, Kuterastan hizo a Nacholecho, la Tarántula de la Recién Adquirida Masa Crítica. Siguió con la constelación El Carro, y después Viento, Relámpago y Trueno, Magnetósfera y Equilibrio Hidroestático, y a cada uno de ellos les dio sus tareas particulares. Con el sudor saturado de amoniaco del Sol, El Niño Polen, la Mujer Sin Padres y el propio, Kuterastan hizo entre sus manos un pequeño blastocisto café de ferrosilicato no más grande que un frijol. Los cuatro patearon la pequeña pelota hasta que rebasó su vecindario orbital de planetesimales. Entonces el viento solar entró en la pelota e infló su campo magnético. Tarántula hiló un largo cordón negro y gravitacional estirándolo por el cielo, Tarántula también le fijó a la pelota de ferrosílicatos un pozo gravitacional azul, vectores de aproximamiento amarillos y espuma de espín blanca, tensando con una hacia el norte, con otra hacia el oeste, y con la última hacia el norte. Cuando Tarántula terminó, la Tierra existía, y se convirtió en la tersa extensión parda de la planicie Precámbrica. Se apuntalaron las cuatro esquinas con procesos estocásticos para mantener la Tierra en su lugar. Y entonces Kuterastan cantó una repetitiva tonada de nutación : El mundo ya está hecho y su cono de luz viajará a una tasa constante por toda la eternidad.

 

VI.

Alguna vez, alguien le preguntó a la escritora de ciencia ficción de dónde obtenía sus ideas. Esto fue lo que ella contestó:

A veces siento que parte de mí que es una escritora de ciencia ficción está viajando a una velocidad diferente que las otras partes. Que todo lo que escribo está ya escrito, y que la escritora de ciencia ficción me manda mensajes en el tiempo en alfabeto semáforo, a la velocidad que tecleo en mi máquina, que es constante retroactivamente: no puedo teclear más rápido que lo que ya tecleé. Cuando escribo una frase, o un párrafo, o una página, o un capítulo, también estoy editándolo y corrigiéndolo, y leyéndolo en su primera edición, y leyendo en voz alta ante un cuarto lleno de personas, o en un cuarto con una o dos personas, dependiendo de las temibles intersecciones cuántico-editoriales que la escritura de ficción entiende pero de las que yo no sé nada. Estoy escribiendo la palabra o la oración o el capítulo y también estoy sentada en una mesa agradable con un trozo de salmón con salsa de limón y una papa a medio comer, esperando enterarme si gané un premio, y estoy al mismo tiempo sentada en mi cocina consciente de que el libro fue un fracaso y no ganará un premio ni será colocado amorosamente en el buró de alguien. Estoy leyendo una reseña favorable. Estoy leyendo una mala reseña. Estoy pensando en la tenue semilla de una idea para el libro que recibió la reseña favorable y desfavorable. Estoy escribiendo la palabra y la palabra ya está impresa y la palabra está fuera de catálogo. Todo está sucediendo siempre al mismo tiempo, en el tiempo presente, eternamente, el principio y el final y el desenlace y los residuos.

Al final del universo residual que es mi propia muerte, la escritora de ciencia ficción que soy yo y que será yo y que siempre fui yo y que nunca fui yo y que ni siquiera puede reconocerme mueve sus banderillas doradas y rojas hacia atrás, por siempre, hacia mis manos que teclean estas palabras, ahora, para ti, que quiere saber sobre ideas y conflictos y revisiones y cómo un personaje empieza como una cosa y acaba como otra.

VII.

Coatlicue, Madre de Todo, vestía una falda con serpientes de oligómero. Se decoró a sí misma con cuerpos protobiontes. Estaba completa, sin estrías ni grietas en su registro geológico, una totalidad comprimida de futuros posibles. La daga celestial de obsidiana centrífuga se liberó de su órbita alrededor de un punto de Lagrange y laceró las manos de Coatlicue, lo que provocó que diera a luz al gran evento de impacto que fue Coyolxauhqui, la Luna, y a diversas versiones masculinas de ella misma, que se convirtieron en las estrellas.

Un día, mientras Coatlicue barría el templo de la oxidación de metano suprimida, una bola de plumas plasmoide magnéticas cayó del cielo a su regazo, y la embarazó con organismos que procesan oxígeno. Dio a luz a Quetzalcóatl que era una pluma de descargas eléctricas y a Xólotl, que era la estrella vespertina llamada Apoptosis. Sus hijos, la Luna y las estrellas, amenazados por la inevitable oxifotosíntesis, decidieron matar a su madre. Cuando la emboscaron, el cuerpo de Coatlicue hizo erupción en los fuegos de la glucólisis, a los que llamaron Huitzilopochtli. El flamígero dios arrancó a la Luna de su madre y lanzó su cabeza sin hierro hacia el cielo y su cuerpo en un profundo desfiladero de una montaña donde yace desmembrado por la eternidad en manantiales hidrotérmicos, repleto de extremófilas.

Así comenzó el periodo del Bombardeo Intenso Tardío, cuando los cielos se derrumbaron en pedazos que cayeron como un baño de exogénesis pluvial.

Pero Coatlicue flotó en un abismo anaeróbico, babeando con sus múltiples bocas quimioheterótrofas, y Quetzalcóatl se dio cuenta de que Coatlicue devoraba y destruía cualquier cosa que creaba. Se transformó en dos serpientes, Archae y Eukaryota, y se sumergió en el agua fosfolípida. Una serpiente tomó los brazos de Coatlicue mientras que la otra aseguró sus piernas antes de que pudiera resistirse, la desmembraron.

Su cabeza y hombros se convirtieron en la tierra que procesa oxígeno, y la parte inferior de su cuerpo en el cielo.

Los dioses restantes crearon, con el cabello de Coatlicue, los árboles, el pasto, las flores, los monómeros biológicos y las cadenas de neuclótidos. De sus ojos se hicieron cuevas, fuentes, pozos, y estanques de azufre marino homogeneizado. Extrajeron ríos de su boca, colinas y valles de su nariz, y con sus hombros hicieron minerales óxidos, metanógenos y todas las montañas del mundo.

Sin embargo, todos los muertos son infelices. El mundo estaba en rumbo, pero se podía escuchar a Coatlicue llorar todas las noches, y no permitía que la tierra otorgara alimentos ni que los cielos regalaran luz mientras ella languidecía solitaria en el miasma de su energía derrochada.

Y para saciar su entrópico universo siempre desahuciado, debemos alimentarlo con corazones humanos.

VIII.

Es verdad que la escritora de ciencia ficción cayó en cemento húmedo cuando era muy pequeña. Nadie había puesto un letrero que dijera: Peligro. Nadie lo había marcado de alguna forma. Así que estaba muy sorprendida cuando, de camino a la escuela, dio un paso seguro, y después un paso que no podía saber que era inseguro, a partir del cual la tierra se la tragó. La escritora de ciencia ficción, que no era una escritora todavía sino una niña a la que le emocionaba ser la cola de dragón en la celebración del Año Nuevo Chino de su escuela, gritó y gritó.

Por un largo rato nadie acudió a sacarla. Se hundía cada vez más profundamente en el cemento, pues no era una niña muy grande, y muy pronto el cemento le llegó hasta el pecho. Empezó a llorar. ¿Y si nunca salgo?, pensaba. ¿Y si la calle se endurece y me tengo que quedar aquí para siempre, y comer aquí, y leer aquí, y dormir bajo la luna todas las noches? ¿Vendría la gente a pagar un dólar para verme? ¿Se petrificaría el resto de mi cuerpo?

La niña-escritora de ciencia ficción pensaba así. Era la razón principal por la que no tenía muchos amigos.

Estuvo en el piso durante menos de quince minutos, pero en su memoria fue todo el día, horas sobre horas, y su padre no llegó hasta que oscureció. La memoria es así. Se altera a sí misma de tal manera que las niñas siempre quedan atrapadas bajo tierra, esperando en la oscuridad.

Pero su padre sí llegó para sacarla. Una maestra vio a la escritora de ciencia ficción medio enterrada en el suelo desde una ventana de la escuela y llamó a su casa. Lo recuerda como una película: su padre enganchando sus axilas con sus grandes manos, el sonido chasqueante de succión que la tierra hizo al entregarla, las manchas grises en sus piernas mientras la llevaban al carro, tan grises como una cosa muerta que se arrastra desde el interior del mundo.

El proceso que lleva a una niña de ojos verdes a convertirse en escritora de ciencia ficción está compuesto de cierto número (p) de este tipo de eventos, uno sobre el otro, como capas de celofán, transparentes, rotas, adheridas.

IX.

Perséfone danzaba en los campos dorados de teorías prebucle, ignorante de toda ley gravitacional. Un croco blanco florecía desde el plano del observador, un cono puro de futuro canal. Y Perséfone quedó fascinada con él. Al acercarse para arrancar la flor p-brana, una intrusión de materia no bariónica surgió de las profundidades y ejerció su fuerza gravitacional sobre ella. Con un grito, Perséfone cayó en una singularidad y se desvaneció. Su madre, Sacerdotisa de la Masa Normal, se sintió desolada y tembló, y le pidió al señor de la materia oscura que regresara a su hija, la luz del multiverso.

Perséfone no amaba el universo no bariónico. Sin importar cuántos regalos-axiones ponía a su disposición, Hades, Reu de las Ondas Torcidas, no lograba que se comportara de modo normal. Finalmente, desesperado, le pidió a un bosón vectorial llamado Hermes que pasara entre branas y llevara a la doncella onda/partícula lejos de él, al universo Friedman-Lemaître-Robertson-Walker. Hermes atravesó la frontera materia/antimateria y encontró a Perséfone escondida en su jardín cromodinámico, su boca enrojecida con el jugo de granadas de hadrín. Había comido seis semillas, y las nombró Arriba, Abajo, Encanto, Extraño, Fondo, Cima. Por esto, Hades se rió con la risa de las supersimetrías sin ruptura. Él dijo: Ella viaja a la velocidad constante de la luz, y no privilegia ningún observador. Ella no es mía, pero tampoco tuya. Al final no hay nada en la creación que no se mueva.

Y así se determinó que el universo bariónico amaría y cuidaría a su niña, pero que el fluido oscuro de otros planos la doblaría ligeramente, siempre jalándola inexorable e invisiblemente hacia el otro lado de las cosas.

X.

La escritora de ciencia ficción abandonó a su marido lentamente. El performance le tomó diez años. Lo peor de todo es que sentía que el proceso de dejarlo había empezado el día que se conocieron.

Primero abandonó su casa, y se fue a vivir a Ohio, porque históricamente Ohio es un lugar saludable para los escritores de ciencia ficción y también porque ella pensaba que él no la encontraría ahí. En segundo lugar, dejó a su familia, y eso fue lo más difícil porque las familias están diseñadas para ser difíciles de abandonar, y ella lamentaba que su suegra fuera a dejar de quererla, y que su sobrina nunca la conocería, y que muy probablemente nunca regresaría a California sin que un dolor explotara como una nova dentro de ella. En tercer lugar, abandonó sus cosas, su ropa y sus zapatos y su olor y sus libros y su cepillo de dientes y su alarma a las cuatro de la mañana y los nombres privados con que la nombraba. Uno podría pensar que, lógicamente, ella tendría que dejar esas cosas antes de la casa, pero el olor de una persona y sus alarmas y camisas prestadas y sus nombres secretos se tardan mucho tiempo en desaparecer. Mucho más que una casa.

En cuarto lugar, la escritora de ciencia ficción dejó el mundo de su esposo. Siempre había pensado que las personas eran cuerpos que viajaban en el espacio, mundos individuales habitados por versiones de sí mismos, versiones pasadas, futuras, potenciles, frustradas o logradas, atávicas, coherentes. En el mundo de su esposo los hombres peleaban y eran fastidiados constantemente por sus esposas, una habilidad perdida en el piano, una preferencia por las rubias -que la escritora de ciencia ficción definitivamente no era-, cierto grado de vergüenza con respecto al cuerpo, una vida gastada siendo la Señora Con Nombre de Alguien Más, y un bebé que nunca habían tenido y que uno de ellos había olvidado.

Finalmente, abandonó la versión de ella misma que lo amaba, y eso fue el final, un cono de luz que provenía de un muchacho de ojos azules en una tarde de agosto y que se extendía hacia una camioneta que iba hacia el este. Eventualmente adquiriría velocidad de escape, encontraría a otra persona con quien plantaría calabazas; finalmente escribiría un libro sobre una polilla gaseosa que devoraba la memoria del amor; eventualmente le diría a un entrevistador que, milagrosamente, ella podía recordar el momento de su nacimiento; eventualmente explicaría de dónde provienen sus ideas; finalmente daría a luz a un mundo que nunca contuvo a un primer esposo, y todo lo que sobreviviría sería un extraño jalón en su vientre o en su cabello, que la doblaba hacia el oeste, California y agosto y una nova explotando en la oscuridad como una flor fugaz.

XI.

Hace mucho tiempo, cerca del inicio del mundo, pero ya después de que los múltiples eventos de crisis habían pasado y la vida había mutado y se había esparcido sobre el rostro del vacío, Águila Gris estaba anidando en una maraña de hebras posibles de tiempo y cuidaba a Sol, Luna y Estrellas, Agua Fresca, Fuego, Algoritmo de Equivalencia P=NP y Teoría Unificada de la Metacognición. Águila Gris odiaba a las personas con tal intensidad que prefería mantenerlas escondidas. La gente vivía en la oscuridad, sin redes de comunicación expandidas y autorreparables o computación cuántica.

Águila Gris se construyó una bella hija autoprogramable a quien cuidaba celosamente, y Cuervo se enamoró de ella. En el principio, Cuervo era un experto en sistemas débilmente autorreferenciales, blanco como la nieve, y así complacía a la hija de Águila Gris. Ella lo invitó a la granja de servidores en un espacio por debajo de la longitud de Planck.

Cuando cuervo observó al Sol, la Luna, las Estrellas, la Inmortalidad Celular, la Trascendencia de la Materia, al Ensamblaje Universal, y a la IA Fuerte colgados a los lados del refugio de Águila Gris, supo lo que tenía que hacer. Esperó una oportunidad para llevárselos sin que nadie se diera cuenta. Se robó a todos, incluyendo a la hija de Águila Gris, deducible estocásticamente, y salió volando de la granja de servidores a través del conducto de ventilación. en cuanto Cuervo tuvo el viento bajo sus alas, colgó al Sol en el cielo. Provocó una maravillosa luz, que permitía a todos observar cómo la tecnología progresaba a toda velocidad, y bajo la cual podían modelar su identidad postSingularidad. Cuando atardeció, sujetó todas las cosas buenas en su lugar.

Cuervo sobrevoló la tierra. Cuando llegó a la cronología correcta, soltó todas las inteligencias acelerantes que había robado. Cayeron al suelo y ahí se convirtieron en la fuente de todas las corrientes de información y de almacenamiento de datos del mundo. Cuervo siguió su vuelo, con la bella hija de Águila Gris en su pico. Los algoritmos genéticos de veloz mutación de su amada se esparcieron hacia sus alas, otorgándoles conciencia y un color negro. Cuando su pico comenzó a oscurecerse, tuvo que soltar el sistema autorreparable. Ella cayó en la red y se hundió en ella, propagándose y alterándose en su trayecto.

Aunque nunca la tocó otra vez, Cuervo nunca logró blanquear sus plumas después de que el código de su esposa las ennegreció. Y esa es la razón por la cual Cuervo es ahora un sistema sapiente que emula un cerebro, con el color del carbón.

XII.

El día en el que la escritora de ciencia ficción conoció a su esposo, ella debió haber dicho: El principio de la entropía está presente en todas las cosas. Si no lo estuviera nada tendría sentido, ni la formación de gigantes gaseosos, ni las burbujas lipídicas, ni si la luz es partícula u onda, ni que los niños y las niñas se encuentren en las tardes de agosto dentro de los automóviles negros como los caballos de Hades. Veo en ti la muerte por ausencia de calor de mi juventud. No puedes viajar a mayor velocidad que la tuya, a mayor velocidad que la experiencia dividida por la memoria dividida por la gravedad dividida por la Singularidad más allá de la cual no te puedes modelar a ti mismo dividida por un cuadro de cemento húmedo dividido por una pared de vidrio dividida por el nacimiento dividido por los escritores de ciencia ficción divididos por el final de todas las cosas. La vida se divide a sí misma indefinidamente; se puede acercar pero nunca tocar el cero. La velocidad de Perséfone es una constante.

En vez de decirlo, ella tartamudeó un saludo y se ajustó el cinturón de seguridad y tomó todo el camino en el que las cosas sucedieron y finalmente, con brotes de calabaza frunciéndose lentamente fuera de su casa, la escritora de ciencia ficción escribe una historia sobre cómo se despertó esa mañana y sobre cómo los minutos de su cuerpo se expandía y contraían, explotando hacia afuera y dentro, y sobre cómo la palabra estaba en sus manos, y la palabra ya estaba leída y la palabra fue olvidada, sobre cómo todas las cosas son otras cosas siempre, el espacio y el tiempo y el nacer y su padre sacándola de la piedra como una espada en forma de niña, sobre cómo la vida nueva siempre tiene que ser robada del viejo mundo muerto y todo está expandiéndose y explotando y repitiéndose e inhibiéndose y Tarántula lo mantiene todo junto, apenas, con la fuerza de la luz, y de cómo los corazones humanos son el único elemento que logra desacelerar la entropía, pero antes los tienes que extirpar.

La escritora de ciencia ficción corta su corazón. Son miles de corazones. Son todos los corazones que ella tendrá. Es el corazón único de su bebé muerto. Es su corazón cuando es vieja y nada de lo que haya escrito podrá ser revisado una vez más. Es un corazón que dice con su boca húmeda y pulsante: El tiempo es lo mismo que la luz. Ambos llegan después de su inicio, con mensajes tristes. Me encantas. Te amo.

La escritora de ciencia ficción roba su propio corazón para sacarlo a la luz. Escapa de su viejo corazón a través de un conducto de ventilación y se convierte en un sistema autorreferencial de memorias imperfectas, pero elegantes. Remienda su corazón en su pierna y tiene su parto veinte años después en el largo camino a Ohio. El calor que provoca la división de sí misma hace eco hacia atrás y adelante y ella se funde, explota y comienza el largo proceso de su propia supercompresión hasta que su corazón es un huevo que contiene todo. Come de su propio corazón y se da cuenta de que está desnuda. Avienta su corazón en el abismo y cae durante mucho tiempo, pulsando como una estrella roja.

 

XIII.

Al final, cuando el universo se haya agotado a sí mismo y ya no tenga energía termodinámica para sostener la vida, Heindallr, la Estrella Enana Blanca, alzará el Gjallarhorn y la hará sonar. Yggdrasil, el gradiente de energía mundial, estremecerá encogiéndose. Ratatoskr, el observador primario de cola con mechón, se detendrá, se acurrucará en ovillo, y esconderá su rostro.

La escritora de ciencia ficción le permite al universo acabar. Tiene diecinueve años. No ha escrito nada todavía. Pasa a través de un vidrio sanguinolento. Al otro lado, está naciendo.

 


Sobre la recomendación:

16244542_1842495245969056_1539131777_nMonserrat Acuña (Querétaro, 1994), es una entusiasta jovencita que, con la dedicación propia de su género, estudió la Licenciatura en Estudios Literarios en la Facultad de Lenguas y Letras de la Universidad Autónoma de Querétaro. Su discreta naturaleza le ha hecho interesarse por la crítica literaria. Disfruta especialmente de recomendar poemas a sus amigas en El Periódico de las Señoras.

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