Sandra Cisneros: ¿Sabes lo que eres, Esperanza?

sandracisnerosSANDRA CISNEROS
Nació en la ciudad de Chicago, Illinois, en el año de 1954. Inmersa en el seno de la compleja cultura hispanomexicana, Sandra Cisneros se ha convertido en relativamente poco tiempo en una de sus voces literarias más fuertes, más sólidas de las últimas décadas. Su vocación intelectual y literaria le ha merecido múltiples distinciones en el ámbito académico. Doctora honoraria en Letras por la Universidad de Nueva York, ha recibido, entre otros, los siguientes reconocimientos: Premio de la Novela Corta Chicana en 1986, que le otorgó la Universidad de Arizona; Premio Precocolombino Americano en 1985 y, en 1983, la Beca de la Fundación Michael Karoyi, en Francia. Entre sus obras más destacadas se encuentran Woman Hollering Creek, y My Wiched Days.
Dotada de una extraordinaria sensibilidad, desde sus primeros escritos logró condensar toda la dualidad, la paradoja de una cultura hispanomexicana que convive y se enfrenta cotidianamente al mundo del sueño ameri- cano, en la búsqueda de caminos alternativos de convivencia y asimilación con la cultura americana, sin perder la esencia de su identidad y la fuerza de sus más legítimas manifestaciones en lo social, lo político y lo artístico.

La casa en Mango Street

Texto completo:

https://d3jc3ahdjad7x7.cloudfront.net/V9g5DOTiUkQKXkGH638qzz8YfIcQOWkdRaotBwp47cu5cQvA.pdf

Pelos

Cada uno en la familia tiene pelo diferente. El de mi papá se para en el aire como escoba. Y yo, el mío es flojo. Nunca hace caso de broches o diademas. El pelo de Carlos es grueso y derechito, no necesita peinárselo. El de Nenny es resbaloso, se escurre de tu mano, y Kiki, que es el menor, tiene pelo de peluche.

Pero el pelo de mi madre, el pelo de mi madre, es de rositas en botón, como rueditas de caramelo todo rizado y bonito porque se hizo anchoas todo el día, fragante para meter en él la nariz cuando ella está abrazándote y te sientes segura, es el olor cálido del pan antes de hornearlo, es el olor de cuando ella te hace un campito en su cama aún tibia de su piel, y una duerme a su lado, cae la lluvia afuera y Papá ronca.

 

Risa

Nenny y yo no parecemos hermanas… no a primera vista. No como Rachel y Lucy que tienen los mismos labios gruesos de chupón como todos los de su familia. Pero yo y Nenny, somos más parecidas de lo que tú crees. Nuestra risa, por ejemplo, no es la tímida risita tonta de campanitas de carrito paletero de la familia de Rachel y Lucy, sino brusca y sorpresiva como de un altero de platos quebrándose. Y otras cosas que no puedo explicar.

Un día íbamos pasando una casa que se parecía, en mi mente, a las casas que he visto en México, no sé por qué. Nada en la casa se parecía exactamente a las casas que yo recordaba. Ni siquiera estoy segura de por qué pensé eso, pero sentí que estaba bien.

Miren esa casa, dije, parece México.
Rachel y Lucy me miran como si estuviera loca, pero antes de que puedan soltar la risa, Nenny dice: sí, es México. Es exactamente lo que yo estaba pensando.

Y algunas más

Digo que los esquimales tienen treinta nombres distintos para la nieve. Lo leí en un libro.

Tengo una prima, dice Rachel, que tiene tres nombres diferentes.

Cómo va a haber treinta clases de nieve diferentes, dice Lucy. Hay dos: la limpia y la sucia. Sólo dos.

Hay millonsísimos, dice Nenny, no hay dos que sean igualitas. Lo único es, ¿cómo sabes cuál es cuál?

Ella tiene tres apellidos y, déjame ver, dos nombres. Uno en inglés y otro en español…

Y las nubes tienen por lo menos diez nombres diferentes, digo yo.

¿Nombres para las nubes?, pregunta Nenny, ¿nombres como tú y como yo?

Ésa de allí arriba, ésa es cúmulus, y todos miran hacia arriba.

Las cúmulus son bien monas, dice Rachel. Tenía que decir algo así.

¿Qué es ésa de allá?, pregunta Nenny apuntando con el dedo.

También es cúmulus. Hoy todas son cúmulus. Cúmulus, cúmulus, cúmulus.

No, dice ella. Ésa de allí es Nancy, conocida también como Ojo de Puerco. Y más allá su prima Mildred, y Joe y el chiquito, Marco, Nereida y Sue.

Hay toda clase de nubes. ¿Cuántas clases diferentes de nubes crees que hay?

Bueno, para empezar hay ésas que parecen crema de rasurar.

¿Y las que parecen que les peinaste el pelo? Sí, ésas también son nubes.
Phillis, Ted, Alfredo y Julie…

Hay muchas nubes que parecen campos grandísimos de borreguitos, dice Rachel. Son mis preferidas.

Y no olviden las nubes nimbus de lluvia, digo yo, eso sí que es algo.
José y Dagoberto, Alicia, Raúl, Edna, Alma y Rickey…

Y luego está esa nube ancha algodonosa que parece tu cara cuando despiertas después de haberte dormido con tu ropa puesta.
Reynaldo, Angelo, Albert, Armando, Mario…

Mi cara no. Se parece a tu gorda cara, gorda.
Rita, Margie, Ernie…

¿Cara gorda de quién? La carota gorda de Esperanza, esa mera. Se parece a la cara fea de Esperanza cuando llega a la escuela en la mañana.
Anita, Stella, Dennis y Lolo…

¿A quién le dices fea, fea?
Richie, Yolanda, Héctor, Stevie, Vicente…

A ti no, a tu madre. Esa mera.
¿Mi madre? No se te ocurra ni decir su nombre,

Lucy Guerrero.
Más te vale no hablar de ese modo… o puedes irte despidiendo para siempre de ser mi amiga.

Digo que tu madre es fea como… hmmm… ¡Como pies descalzos en septiembre!

¡Basta! Sáquense las dos de mi patio antes de que llame a mis hermanos.
Ay, si nomás estamos jugando.

Se me ocurren treinta palabras esquimales para ti, Rachel. Treinta palabras que dicen lo que eres.

¿Ah sí? Bueno, yo puedo pensar en algunas más.

Vaya, vaya, Nenny, mejor te traes la escoba. Hoy hay demasiada basura en nuestro patio.
Frankie, Licha, María, Pee Wee…

Nenny, mejor le dices a tu hermana que está bien loca porque Lucy y yo nunca vamos a volver aquí. Jamás de los jamases.
Reggie, Elizabeth, Lisa, Louie…

Puedes hacer lo que te dé la gana, Nenny, pero más te vale no hablarle a Lucy ni a Rachel si quieres seguir siendo mi hermana.

¿Sabes lo que eres, Esperanza? Eres como avena sin leche. Eres como los mazacotes.

Sí, y ustedes son chinches, eso es lo que son. Labios de pollo.

Rosemary, Dalia, Lily…
Mermelada de cucarachas.
Jean, Geranium y Joe…
Frijoles fríos.
Mimi, Michael, Moe…
Los frijoles de tu madre.
Los dedos del pie de tu mamá fea.
Eso es estúpido.
Bebe, Blanca, Benny…
¿A quién le estás llamando estúpida, estúpida?

Rachel, Lucy, Esperanza y Nenny.

Un sandwich de arroz

Los niños especiales, los que llevan llaves colgadas del cuello, comen en el refectorio. ¡El refectorio! Hasta el nombre suena importante. Y esos niños van allí a la hora del lonche porque sus madres no están en casa o porque su casa está demasiado lejos.

Mi casa no está muy lejos pero tampoco muy cerca, y de algún modo se me metió un día en la cabeza pedirle a mi mamá que me hiciera un sandwich y le escribiera una nota a la directora para que yo también pudiera comer en el refectorio.

Ay no, dice ella apuntando hacia mí el cuchillo de la mantequilla como si yo fuera a empezar a dar la lata, no señor. Lo siguiente es que todos aquí van a querer una bolsa de lonche. Voy a estar toda la noche cortando triangulitos de pan: éste con mayonesa, éste con mostaza, el mío sin pepinillos pero con mostaza por un lado por favor. Ustedes, niños, sólo quieren darme más trabajo.

Pero Nenny dice que a ella no le gusta comer en la escuela – nunca– porque a ella le gusta ir a casa de su mejor amiga, Gloria, que vive frente al patio de la escuela. La mamá de Gloria tiene una tele grande a color y lo único que hacen es ver caricaturas. Por otra parte, Kiki y Carlos son agentes de tránsito infantiles. Tampoco quieren comer en la escuela. A ellos les gusta pararse afuera en el frío, especialmente si está lloviendo. 21 Desde que vieron esa película, 300 espartanos, creen que sufrir es bueno.

Yo no soy espartana y levanto una anémica muñeca para probarlo. Ni siquiera puedo inflar un globo sin marearme. Y además, sé hacer mi propio lonche. Si yo comiera en la escuela habría menos platos que lavar. Me verías menos y menos y me querrías más. Cada mediodía mi silla estaría vacía. Podrías llorar: ¿Dónde está mi hija favorita?, y cuando yo regresara por fin a las tres de la tarde, me valorarías.

Bueno, bueno, dice mi madre después de tres días de lo mismo. Y a la mañana siguiente me toca ir a la escuela con la carta de Mamá y mi sandwich de arroz porque no tenemos carnes frías.

Los lunes y los viernes da igual, las mañanas siempre caminan muy despacio y hoy más. Pero finalmente llega la hora y me formo en la fila de los niños que se quedan a lonchar. Todo va muy bien hasta que la monja que conoce de memoria a todos los niños del refectorio me ve y dice: Y a ti ¿quién te mandó aquí? Y como soy penosa no digo nada, nomás levanto mi mano con la carta. Esto no sirve, dice, hasta que la madre superiora dé su aprobación. Sube arriba y habla con ella. Así que fui.

Espero a que les grite a dos niños antes que a mí, a uno porque hizo algo en clase y al otro porque no lo hizo. Cuando llega mi turno me paro frente al gran escritorio con estampitas de santos bajo el cristal mientras la madre superiora lee mi carta, que dice así:

Querida madre superiora:

Por favor permítale a Esperanza entrar en el salón comedor porque vive demasiado lejos y se cansa. Como puede ver está muy flaquita. Espero en Dios no se desmaye. Con mis más cumplidas gracias,

Sra. E. Cordero.

Tú no vives lejos, dice ella. Tú vives cruzando el bulevar, nada más son cuatro cuadras. Ni siquiera. Quizá tres. De aquí son tres largas cuadras. Apuesto a que puedo ver tu casa desde mi ventana. ¿Cuál es? Ven acá, ¿Cuál es tu casa?

Entonces hace que me trepe en una caja de libros. ¿Es ésa?, dice señalando una fila de edificios feos de tres pisos, a los que hasta a los pordioseros les da pena entrar. Sí, muevo la cabeza aunque aquella no era mi casa y me echo a llorar. Yo siempre lloro cuando las monjas me gritan aunque no me estén gritando.

Entonces ella lo siente y dice que me puedo quedar –sólo por hoy, no mañana ni el día siguiente. Y yo digo sí y por favor, ¿podría darme un Kleenex? –tengo que sonarme.

En el refectorio, que no era nada del otro mundo, un montón de niños y niñas miraban mientras yo lloraba y comía mi sandwich, el pan ya grasoso y el arroz frío.

 


Sobre la recomendación:

16244542_1842495245969056_1539131777_nMonserrat Acuña (Querétaro, 1994), es una entusiasta jovencita que, con la dedicación propia de su género, estudió la Licenciatura en Estudios Literarios en la Facultad de Lenguas y Letras de la Universidad Autónoma de Querétaro. Su discreta naturaleza le ha hecho interesarse por la crítica literaria. Disfruta especialmente de recomendar poemas a sus amigas en El Periódico de las Señoras.

 

16245004_10155046028882922_1412670157_oAnaclara Muro (Zamora, 1989). Después de decidir dedicarse a la eminente carrera de Letras Hispánicas, cultivó su formación en la creación literaria. Heredera de la tradición de la bucólica poesía, se desarrolló en el guionismo y otras artes. Participa con entusiasmo en el Slam Poético Queretano, Horizontal. Taller de escrituras y Lucha de Escritores Anónimos. En algunos momentos, en medio del ajetreo de la vida cotidiana, se detiene a seleccionar bellas canciones para compartirlas en El Periódico de las Señoras. Es posible encontrarla junto al fonógrafo, seleccionando la mejor música en los bailes más elegantes.

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