Erica Jong: no debe escribir odas a sus abortos

A las delicadas manos de una de las editoras de El Periódico de las Señoras, llegó un bello ejemplar del libro: Las mujeres en la literatura escrito por Beth Miller, una profesora e investigadora de la Universidad del Sur de California en Los Ángeles. En este inquietante libro, encontramos el análisis de la perspectiva feminista de autoras tan relevantes como Rosario Castellanos, además de otras joyas, como es el caso de estas iluminadoras traducciones.

jongErica Jong (Nueva York, 1942) es escritora de best sellers. Su fama comenzó en 1973 con la novela Miedo a volar, se trata de un clásico del erotismo femenino. Estudió literatura inglesa en la Universidad de Columbia y enseñó en distintas universidades. Ha publicado, narrativa, poesía y no ficción.

 

Los mandamientos

 

No querrás de veras ser poet(is)a. Primero,
si eres mujer, tienes que ser tres veces
mejor que cualquiera de los hombres.
Segundo, tienes que chingar a todo
el mundo. Y tercero, tienes que haberte
muerto.

Poeta masculino, en conversación.

Si una mujer quiere ser poeta,

debe dormir cerca de la luna a cara abierta;
debe caminar a través de sí misma estudiando el paisaje;
no debe escribir sus poemas con sangre menstrual.

Si una mujer quiere ser poeta,

debe correr hacia atrás en torno al volcán;
debe palpar el movimiento a lo largo de sus grietas;
no debe conseguir un doctorado en sismografía.

Si una mujer quiere ser poeta,

no debe acostarse con manuscritos incircuncisos;
no debe escribir odas a sus abortos;
no debe hacer caldos de vieja carne de unicornio.

Si una mujer quiere ser poeta,

debe leer libros de cocina francesa y legumbre chinas;
debe chupar poetas franceses para refrescar su aliento;
debe masturbarse en talleres de poesía.

Si una mujer quiere ser poeta,

debe pelar los vellos de sus pupilas;
debe escuchar la respiración de hombres durmientes;
debe escuchar los espacios entre esa respiración.

Si una mujer quiere ser poeta,

no debe escribir sus poemas con un pene artificial;
debe rezar para que sus hijos sean mujeres;
debe perdonar a su padre su esperma más valiente.

Envidia del pene

 

Envidio a los hombres que pueden anhelar
con infinita vaciedad
el cuerpo de una mujer,

que esperan que su anhelo
haga un niño,
que su oquedad misma
fertilice lo oscuro.

Las mujeres no se hacen ilusiones sobre esto,
ya que son a la vez
casas y túneles,
copas y las que escancian el vino;
ya que conocen el vacío como estado temporal
entre dos plenitudes;
y no ven en ello ningún romance.

Si yo fuera hombre,
condenado a esa infinita vaciedad,
y no teniendo alternativa,
encontraría, como los otros, sin duda,
una mujer
para bautizarla Vientre de Luna,
Madona, Diosa del Cabello de Oro
y hacerla tienda de mi deseo,
paracaídas de seda de mi lujuria,
ícono ojiazul de mi sagrada comezón sexual,
madre de mi hambre.

Pero ya que soy mujer,
debo no sólo inspirar el poema
sino también escribirlo a máquina,
no sólo concebir al niño
sino también darlo a luz,
no sólo dar a luz al niño,
sino también bañarlo,
no sólo bañar al niño,
sino también alimentarlo,
no sólo alimentar al niño,
sino también llevarlo
a todas partes, a todas partes…

mientras que los hombres escriben poemas
sobre los misterios de la maternidad.

Envidio a los hombres que pueden anhelar
con infinita vaciedad.

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