Monserrat Acuña: era una mujer cuota

 

Crónica de mi experiencia como mujer cuota en un evento de literatura

 

—¿Te interesaría hablar sobre tu experiencia como mujer escritora en esta ciudad?—, me dijo y yo pensé que se trataba sobre alguna conmemoración al día del libro, al nacimiento de Sor Juanita o cualquier fecha por el estilo en la que una comparte sus aventuras tirando versos. Yo, por no dejar, acepté, bajo el lema de que es mejor estar que no estar, visibilizar que invisibilizar. Después de mi dudoso “sí”, no volví a saber del gestor cultural en cuestión, no vi los flamantes carteles ni la publicidad dedicada al evento.

Cuando llegué al centro cultural en donde tendría lugar la charla, vi a lo lejos a un escritor local ofrecerle la mano al organizador, los dos se saludaron con un cordial apretón de manos. Me acerqué a una distancia prudente para esperar mi turno.

Una vez que el gestor estuvo libre, yo le ofrecí mi mano, él la tomó y me jaló para saludarnos con un beso en la mejilla. Me sorprendió que ese primer contacto no escandalizara a ninguno de los otros participantes, después lo reflexioné y entendí que así es el modo en que saludan los señores a las jovencitas.  

—Ay, eres muy bonita.

Fueron las palabras que inmediatamente pronunció después del saludo forzado.

Yo me quedé atónita y, por un segundo, recorrí con la mirada el lugar: los tres señores asistentes de la fila de hasta adelante, dos chicas con uniforme de preparatoria, una amiga entusiasta, un par de mujeres regadas en los asientos y, hasta el fondo, dos o tres escritores locales. Esperaba de ellos, siquiera, una miradita discreta, un Enójate, hermana o ya de perdis un gesto que mostrara que alguien sentía el mismo asco que yo.

Una vez más no hubo respuesta.

Yo sentí un escozor resultante del adjetivo impuesto a mi persona. No respondí a lo que pretendía ser un halago. Por el contrario, mientras veía al quinto escritor llegar, con los jeans rotos y la playera suelta, ostentando sobre su pecho un gafete de invitado, me quedé pensando si acaso a él le dirían algo de su físico.

—Qué buenos pectorales, joven promesa de la literatura.

—La belleza de su pluma únicamente se compara a la precisión de sus piernas cruzando hasta este lugar.

Y no sucedió.

Tengo que confesar que tiempo atrás, cuando este tipo de situaciones sucedían, me sentía avergonzada. Quiero decir, no me interesa ser o creerme bonita o atractiva, ese no es el tema. Cuando participo en un evento de esa naturaleza, espero que se me pondere por mis textos. Espero que lo que esté a discusión sean los argumentos que uso, el lugar desde el que enuncio lo que sostengo. El problema es de raíz: desde el principio no formo parte de la conversación.

Comenzó la charla. Me senté junto a la otra escritora y compartimos nuestras experiencias. Los señores de la primera fila tomaron la decisión de que era un buen momento de ir por un café en el momento justo en que pronuncié la palabra feminista. Hablé sobre las peculiaridades de ser mujer y escribir. En algún momento me sentí bien por exponer ciertas dificultades. Leímos un par de textos. Al final me alegró que algunas chicas se acercaran a preguntarnos más sobre nuestro trabajo. Conversamos. Sentí que formaba redes.

Una vez acabado mi turno, me acerqué a una mesa donde vendían libros. Ese fue el momento de la verdad. Detrás de la chica que atendía, se encontraba un cartel publicitario del evento.

Cuando lo leí, sentí cómo se encogía mi estómago. El evento estaba dedicado a un tema en específico (rellene el hueco con cualquier tema: cuento fantástico, novela humorística,el siglo de oro, el cumpleaños de William Shakespeare). En este caso, se trataba de realismo mágico.

Todas las mesas estaban dedicadas a reflexiones en torno al realismo mágico, salvo en la que participé. Y claro, el panel del resto de las participaciones estaba conformado exclusivamente por hombres.

Comprendí, en ese instante, mi función en ese foro: yo no estaba ahí porque fuera interesante lo que pudiera o no decir, estaba ahí porque era una mujer cuota. La mesa de las mujeres, higiénica, sin problema alguno. No les importaba si las dos decidíamos denunciar o simplemente compartir bonitas anécdotas. A nadie le importaba un carajo.

Entendí que después de nuestra participación comenzaba el evento de verdad. Mientras a nosotras nos ponían a hablar sobre ser mujer, ellos se ocupaban de discutir lo importante. Entendí que, dado que no soy un interlocutor real para ellos, de lo único de lo que podría hablar, a sus ojos, es sobre mi propia experiencia. En su afán de ser inclusivos, hicieron lo contrario: obviaron a las mujeres que en efecto podrían discutir sobre realismo mágico y a las invitadas nos negaron la posibilidad de opinar sobre el tema.

El mecanismo que se esconde detrás de las mujeres cuota ya lo había revelado hace mucho tiempo Adrienne Rich: la cuota femenina es un ejercicio en el que el poder es arrebatado a una gran mayoría de mujeres, pero se le ofrece a unas pocas para que parezca que cualquier mujer verdaderamente calificada es capaz de acceder al liderazgo, al reconocimiento y a la recompensa. De ese modo, parece que prevalece la meritocracia y que sólo están ahí los que merecen estarlo. A través de ello, se instiga a la mujer cuota a que se perciba digna y excepcionalmente dotada, diferente de la mayoría de las mujeres. Es una simulación del poder, que hace parecer que el encuentro es realmente inclusivo, que las mujeres que estamos ahí tenemos cierta categoría, aunque en la práctica no se nos permita hablar mas que de una pequeñísima parte del conocimiento.

Decidí quedarme al resto de las participaciones. Por un momento pensé que estaba pensando mal, que simplemente yo no estaba lo suficientemente capacitada para estar en los paneles de discusiones y por eso no me habían invitado. Les di el beneficio de la duda.

La escena inmediata me pareció ridícula, pero, una vez más, supuse que era mi mente criticona, envenenando con la envidia fálica, que Freud ya nos había diagnosticado, tan prestigioso acontecimiento.

El moderador presentó a cada uno de los integrantes del primer panel y lanzó la pregunta: —¿Qué es el realismo mágico?

—¿Qué no es realismo mágico?— contestó el primero— El realismo mágico es todo.

Posteriormente les preguntaron cuál era su libro de realismo mágico favorito y el panel completo, unánimemente, dijo que, aunque no conocía muchos libros de realismo mágico, su favorito, sin lugar a dudas, era Cien años de soledad.

El realismo mágico no es precisamente mi especialidad, pero sí he leído lo suficiente. Es decir, si escucho idioteces sobre el tema, fácilmente podría identificarlas. Con el paso del tiempo, se hizo evidente que ninguno de los que exponía tenía la menor idea del tema. Sin embargo, se elogiaban entre ellos, respondían torpemente sus propias preguntas y retomaban los comentarios del anterior. Era una perfecta simulación en la que El club de Toby se legitimaba ante un público.

Lamentablemente no es la primera ni última vez que aquello sucede.

Lo que me preocupa del círculo de repetición de los clubs de Toby no tiene que ver con un ego literario. No me molesta que no me hayan invitado a hablar. Me preocupa que hay en el mundo un montón de mujeres especialistas en distintas áreas: escritoras de novela negra, doctoras, ilustradoras, empresarias, abogadas, científicas, curadoras, antropólogas. Y todas ellas tienen que estar demostrando su valía como dignas interlocutoras. Mostrando que no son niñas bonitas o viejas contestonas.

Y una vez que son invitadas a formar parte de la discusión, participan simplemente en una pantomima, como un recordatorio de que si las demás nos esforzáramos lo suficiente podríamos llegar ahí.

Pienso en las veces que esto me ha sucedido. En aquella vez que en un taller ignoraron mis comentarios, pero cuando otro de los compañeros los repitió, pensaron que eran buenas ideas. En la vez que me preguntaron por qué escribía sobre violencia si era una niña. En el dictamen positivo que me regresaron de una revista, dirigiéndose a mí como “maestro”. Pienso y sé que las mujeres que me están leyendo han pasado por esas situaciones o, quizás, por momentos más incómodos, más innecesarios o más violentos.

Por eso me alarma que en el 2018 se organice un encuentro de Novela Negra en la que figuran apenas dos mujeres en el cartel. El hecho de que continúen sucediendo arbitrariamente Clubs de Toby, significa que, a pesar de que fue en el siglo pasado cuando Adrienne Rich exhibió este mecanismo, el escenario no ha cambiado mucho. Sería un error responsabilizar únicamente a los organizadores de ese evento, puesto que el patriarcado es sistémico y nos antecede. Como diría Rita Segato: la historia de la opresión de género es tan antigua que casi se confunde con la historia de la humanidad. Sin embargo, lo cierto es que las cosas no van a cambiar a menos que decidamos tomar en nuestras manos las acciones para modificar las desigualdades.

 

Querido aliado:

Finalmente, tú, aliado, compañero que quiere ser inclusivo y que ha leído hasta este punto sin ofenderse. Sólo para ti, dejo algunos consejos no pedidos, pero que son resultado de mis reflexiones:

  1. No aceptes participar en un panel, coloquio, presentación de libro en donde menos del 50% de los participantes sean mujeres.
  2. Cuando organices un evento recuerda que no estamos en un colegio católico: no es necesario poner a mujeres a presentar libros de mujeres y hombres a presentar lo de hombres. Mejor selecciona según los intereses, temas y preocupaciones que puedan generar los debates más interesantes.
  3. Insiste poquito cuando invites a una mujer a participar en tu antología o festival. Recuerda que sistemáticamente hemos sido silenciadas, de modo que será más común que una mujer se sienta avergonzada de mostrar sus textos o prefiera no exhibirlos. Incluso ahora, mientras escribo esto, batallo contra mis “bueno”, “quizás”, “como”.
  4. Antes de aceptar una invitación, cuestiónate ¿realmente sé algo sobre este tema? ¿será mi aportación valiosa? ¿no estoy ocupando un espacio que realmente podría ocupar alguien con mayor conocimiento en esta área?
  5. Cuando elabores la publicidad de tu evento no uses partes del cuerpo femenino. No es necesario poner unas nalgas en la portada de tu antología sobre poesía joven, ni unos labios sensuales o un desnudo en tu cartel. Si pretendes tratarnos como interlocutoras, no puedes objetualizar a nuestro género.
  6. Asesórate con tu compañera feminista de confianza. Pídele consejo, pero no esperes que te haga toda la chamba. Invita a mujeres a ser parte de la organización.
  7. Y, por supuesto, lee libros escritos por mujeres, ve películas hechas por mujeres, reseña obras teatrales dirigidas por mujeres. El mejor primer paso para ser incluyente es interesarse en lo que ha escrito, dicho, hecho, pintado, la otra mitad de la humanidad.

 


Sobre la autora:

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Monserrat Acuña (Querétaro, 1994). Entusiasta jovencita que, con la dedicación propia de su género, estudió la Licenciatura en Estudios literarios en la Facultad de Lenguas y Letras de la Universidad Autónoma de Querétaro. Ha demostrado su fino uso de la pluma en prestigiosas publicaciones. Su discreta naturaleza le ha hecho interesarse en la escritura poética.

 

 


Ilustración de Julieta Granados.

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