Eliana Soza Martínez: perros que fueron los últimos testigos

NOCHE OBSCURA

Por Eliana Soza Martínez

A través de este vidrio, que ahora cubre mis ojos que se han convertido en tinta impresa en papel fotográfico, veo pasar cientos de personas por este camino, el mismo que hace veinte años estaba totalmente desierto, polvoriento, sin casas ni ninguna construcción cerca, apenas habitado por perros que fueron los únicos testigos de lo que me pasó.

Después de todo, el paisaje ha cambiado en este tiempo, ya se ven pequeñas casas construidas en los alrededores; veintenas de puestos de comida improvisados, ofreciendo algo para matar el hambre a los visitantes que llegan de lejos; las formas y colores de sus toldos dan calidez y la impresión de que siempre fue así, un lugar que reúne a los pobres por la fe.

No puedo mentir, nunca imaginé que pasaría todo esto, cuando una es pobre cree que no es importante, que a nadie le interesa lo que nos pasa y así fue durante algunos años, apenas fui una noticia más para los que ven los informativos a medio día, un número estadístico para la policía, un caso más para la fiscalía que si no se resolvía no importaba demasiado, pero las cosas cambiaron cuando le interesé a más personas.

Aquella noche, hace veinte años en medio de este sombrío camino desierto pensaba en lo que pasaría con mis hijos si yo les faltaba, quién iba a cuidarlos, quién les hablaría de mí; pero mientras pensaba todo esto los gritos llenos de alcohol de Julián me despertaron a la triste realidad, me lastimaba con sus manos sucias con grasa entre sus uñas traída de los autos que arreglaba en un mugriento garaje, al que le pusieron un letrero que decía “Taller Mecánico”, pero claro, como siempre, se había salido a medio día directo a la cantina a tomar y cuando el sol se había ocultado y estaba lo suficientemente ebrio, fue a mi casa a buscarme. Desde hace semanas que no vivíamos juntos, estaba cansada de sus golpes, de sus celos, de su aliento y sus caricias llenas de alcohol y violencia, de su indiferencia con los niños, de todo.

Esa noche lo dejé entrar a la casa, pero para que mis hijos no nos vieran pelear de nuevo acepté salir con él en el auto que había traído de su trabajo. Me trajo hasta aquí, hasta este camino, empezó a vociferar sus reclamos, mis lágrimas ya se habían terminado hace tiempo y mis sentimientos de culpa también. Así que solo me puse a escuchar las mismas palabras que repetía desde hace años:

—Nunca me entiendes, no me amas, sé que el Javier viene a verte y seguro que te has metido con él mientras vivíamos juntos—me decía mientras lloraba y gritaba al mismo tiempo.

Aquella obscura y fría noche algo fue diferente, Julián esta vez me miraba con más odio y rabia, al ver que no lloraba ni le pedía perdón por nada, tomó una piedra afilada y en ese momento sentí el miedo como un agujero en el estómago, que fue creciendo a medida que aquel hombre, que alguna vez había amado, se acercaba hacia mí. Le rogué, sí lo hice, por nuestros ocho hijos, porque ellos no tenían la culpa de nuestros errores; qué sería de ellos, qué pensarían de él. Pero el alcohol obscureció la mente de Julián y congeló su corazón que alguna vez fue mío. No quiso escucharme, las imágenes de Javier y yo revolcándonos en nuestra cama corrompieron su alma y, por fin, en un movimiento rápido me golpeó con la piedra en la cabeza; caí al suelo pesadamente, lo primero que hice fue llevar mis manos hacia la herida, sintiendo la sangre y el agujero que sería la causa de mi muerte.

Pero no se conformó con eso, después de ver cómo mi sangre bañaba mi rostro todavía asombrado, siguió golpeándome mientras estaba tirada en el suelo. Nadie escuchaba mis gritos, nadie pudo salvarme.

Mis hijos pequeños no supieron detalles hasta que se hicieron más grandes, ninguno de los ocho pudo perdonar a su padre por haberles arrebatado a su madre.

Creo que unas primas lejanas empezaron con el rumor de que si pedían algo a mi alma y me daban una ofrenda yo cumplía sus peticiones. De pronto más personas vinieron a hacer sus pedidos, decían que como yo había sufrido mucho en vida, mi alma se había quedado en la tierra. Empezaron a construir una ermita piedra a piedra; ahora, en esta construcción, las paredes están llenas de hojas de papel con cientos de peticiones, escritas con diferentes letras, la mayoría de mujeres que no desean tener mi misma suerte.

Desde donde estoy me quedo viendo algo resignada la vida que ya no puedo vivir, viendo con tristeza cómo mis hijos tuvieron que salir adelante sin mí, como el matrimonio de mi hija menor a la que hubiera querido acompañar en ese día especial, o cargar a mi primer nieto. Pero ahora me concentro en ver cómo Julián se pudre en la cárcel por lo que me hizo, y me encargo de que no haya noche que no sueñe conmigo para que la culpa lo vaya consumiendo y así no salga vivo de su encierro.

A mi gente, a la que viene todos los lunes y me deja flores, comida, coca, velas y reza por mi alma, las veo con compasión, porque no saben que nosotros las almas en pena no podemos hacer nada por ellas, que todo lo que creen recibir de mí es solo el resultado de tomar las mejores decisiones en su vida, de actuar en el momento preciso, de no dejar que alguien se aproveche o les haga daño, de evitar  encontrarse en su camino con un Julián que les arrebate su vida y queden en medio de la nada como yo lo estoy, sin poder hacer nada por mis hijos y aunque me llamen Santa Adelita, ni siquiera puedo interceder por ellos ante Dios.


Eliana Soza.pngSobre la autora:

La señorita Eliana Soza Martínez es una novel escritora, nacida en la ciudad que está más cerca del cielo, Potosí, Bolivia. Nos cuenta que en la universidad conoció a una querida docente quem con su pasión por las letras, le abrió las puertas hacia el mundo de la literatura. Después de comenzar a escribir cuentos breves, decidió difundirlos a través de su blog Gata de Noche. Una invitación inesperada sirve para que tres de sus microcuentos sean parte de la Antología Iberoamericana de Microcuento, la cual fue compilada por el escritor boliviano Homero Carvalho en 2017. Ella continúa escribiendo y comparte sus relatos en las páginas de Facebook: Letras Rojas y Soy Livre. A pesar de que el camino todavía es muy largo y el tramo recorrido es corto, de su pluma vienen muchas historias que merecen la oportunidad de ser contadas.

NOTA: La imagen de portada fue extraída de internet y le pertenece a la artista jessiespieces. Para conocer más de su trabajo presiona aquí.

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