Sylvia Aguilar Zéleny: Mamá finge que no le molesta que ese hombre los llame padre y madre

El libro de Aisha

(Fragmento)

 

PRÓLOGO

 

A principios de los noventa, mi hermana ganó una beca y se fue a estudiar a la Universidad de Londres. Ahí conoció a quien más tarde sería su esposo. Con él se fue a vivir a Turquía. Por él se cambió el nombre y se convirtió al Islam. Mi hermana, que creció oyendo a los Bee Gees, a América, a Donna Summer, adoptó una vida que en México sólo conocíamos a través de películas. Perdí a mi hermana cuando yo tenía doce años, pasé largo tiempo extrañándola y, después, preguntándome quién era. La suya es una historia que bien pudo haber ocurrido en cualquier ciudad en cualquier otro tiempo. He tenido que escribir de ella para entenderlo. Inicié escribiendo su historia, pero supongo que terminé escribiendo la mía. Yo soy, como dice Cristina Peri-Rossi, la que vivió para contarlo.

*

Desde un avión nocturno, el arribo a una ciudad se adivina por las luces, las mínimas luces que se multiplican hasta formar un solo brillo. El destino se aproxima. Rostros de alivio, alegría, cansancio, indiferencia, ¿qué más se siente al llegar a una ciudad? Incertidumbre, eso, supongo, es lo que hay en el rostro de mi hermana.

Imagino que toma la mano de Sayyib. Imagino que apunta y le explica lo que hay más allá del vidrio: ese es el estadio, aquel el centro comercial, esa la zona industrial. Este es un viaje importante: ella vuelve al origen, él viene a conocerlo. Cuando el avión comienza a descender se toman de la mano, cierran los ojos y murmuran la misma oración, una y otra vez, las mismas pausas, los mismos sonidos, el mismo movimiento en sus labios.

Así, así lo imagino.

Mi mente, entonces, reconstruye el aeropuerto. Ahí están mis padres, Isela y David, esperando ese avión, esperando a su hija mayor. La buscan en cada una de las personas alrededor. “¿Ya bajó?”, “¿La ves tú?”, “¿Nos pasó de largo?”. Su hija está frente a ellos y no la reconocen. Ver sin ver. ¿Cuánto tiempo y cuánta vida tiene que transcurrir para que los padres no reconozcan a sus hijos? Hace más de cinco años se fue con jeans, camiseta, chaqueta de piel. No, no puede ser ella; ella, la del rostro tímido que se asoma desde una tela interminable; ella, la de la cabeza cubierta. No puede ser, ¿o sí?

Mi hermana se acerca, “soy yo, soy yo”, repite para que le crean. La abrazan como a una desconocida. No le dicen qué sienten al verla así. No caben las escenas, sonríen con propiedad. Ella dice: “Les presento a Sayyib”. Tratan de estrecharle la mano pero él ofrece un abrazo a cada uno: “Baba” le dice a él; “Anne”, a ella. Mi hermana les explica: “Eso significa padre y madre, pero también significan suegro y suegra, ¿no es maravilloso que en nuestro idioma se usen las mismas palabras para los dos?”. Mamá finge que no le molesta que ese hombre los llame padre y madre. Papá sólo piensa en esa última frase: nuestro idioma.

Imagino lo largo que debe haber sido el camino al estacionamiento. Veo a mis padres incómodos ante el fisgoneo de la gente; los veo fingir, hacer como si no, como si al lado de ellos no estuviera una mujer cubierta de pies a cabeza. Vestida como esas mujeres que salen en documentales o películas extranjeras. Y es que ellos mismos no pueden dejar de mirarla. Es tan otra. Meten el malestar, la curiosidad o lo que sea que sienten a la cajuela, justo al lado de las maletas.

*

Este es el estudio. En él habitan un sofá cama, tres lámparas, dos escritorios, un par de archiveros y varios libreros. Papá mandó hacer este espacio para que sus hijos leyéramos e hiciéramos tareas aquí. Mamá lo decoró. Con los años, este lugar se convirtió en el archivo familiar: cajones con boletas de calificaciones, actas de nacimiento, diplomas. Sobre las paredes: fotos, dibujos, recuerdos de otro tiempo en crayola.

En una de las paredes cuelga un marco con cuatro documentos sellados por el mismo hospital. Cada uno de ellos anuncia el nacimiento de nosotros, los hijos. El primero dice: “Me llamo Patricia, nací el 21 de junio, pesé 3 kilos y medí 17 centímetros”. Mi hermana Aisha antes se llamaba Patricia. Aisha era antes una simple y sencilla Patricia.

En un estante hay una hilera de fotos de bodas y bautizos. La misma iglesia. Este recorrido fotográfico inicia con una foto de bodas, le siguen bautizos y después fotos de viajes, paseos, reuniones. Me gustan especialmente los retratos de mis hermanos Edgar y Sergio, cuando los vestían iguales y nadie sabía quién era quién. Las fotos de mi hermana comienzan en blanco y negro y se van convirtiendo en coloridas imágenes con el paso del tiempo.

Muchas de estas fotos van a desaparecer a manos de Patricia, o más bien, a manos de Aisha. Y la habitación se sentirá vacía. Es aquí donde, muchos años después, yo comenzaré a buscar a mi hermana: en los estantes, en los cajones, en lo poco que ella dejó a su paso. Pero en este momento no lo sé, en este momento el estudio sólo es el lugar en el que duermo mientras mi hermana y su nuevo esposo ocupan mi habitación.

 


Sobre la autora:

1982295_10154065325735473_8278629488614997833_nSylvia Aguilar-Zéleny es una renombrada escritora mexicana. Recibió su MA en Humanidades en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y su MFA en Escritura Creativa de la prestigiosa Universidad de Texas en El Paso donde actualmente es una encantadora profesora visitante.

Es autora de cuatro maravillosas colecciones de cuento: Gente Menuda (1999), No son gente como uno (2003), Nenitas (2013), Nenitas (Premio Ciudad de la Paz, 2013), Señorita Ansiedad y Otras Manías (Premio Narrativas Emergentes, 2014), y de las deslumbrantes novelas Una no habla de esto (2007), Todo Esto Es Yo (Premio Nacional de Novela Tamaulipas, 2015). Su novela El Libro de Aisha recibió mención honorífica en el concurso Enjambre Literario en Barcelona en 2017. Sylvia también es autora entusiasta de una serie juvenil LGBTQ titulada Coming Out, publicada por Epic Press en 2014Con gran dedicación, Sylvia ha coordinado talleres de escritura para adolescentes y víctimas de violencia como voluntaria. Actualmente es directora de CasaOctavia, una residencia para escritoras que ha cobijado el trabajo de talentosas señoritas que escriben acompañadas de un té delicioso.

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