Analí Lagunas Díaz: Parir con dolor para que escarmienten

Sin llorar mija

 

-Sin llorar mija – le dijo su madre antes de que la camilla entrara al quirófano. Todo era caos y prisa. El ruido metálico que hacían los instrumentos quirúrgicos al contacto con la bandeja que preparaba la enfermera le provocaron náuseas.

Su sueño había sido interrumpido por una inquietante necesidad de orinar, se había levantado de la cama con mucho trabajo, apenas había colocado los dos pies en el piso, cuando sintió cómo un líquido tibio se le escurría entre las piernas. Caminó hasta el interruptor de luz, con bastantes tropezones, el líquido era viscoso y hacía que sus pies resbalaran a cada paso. Apenas encendió la luz, todo fue caos y prisa. El líquido no se parecía al tapón mucoso que le habían dicho le saldría de entre las piernas, todo el piso estaba cubierto de sangre, muy espesa y abundante.

No tuvo tiempo que perder, se vistió con la única muda de ropa que aún podía usar y fue hasta el cuarto donde dormía su madre. La casa no era grande, apenas dos cuartitos y una estancia donde acomodaron cocina, sala y comedor. Ella era la única en aquella casa que tenía el privilegio de dormir sola, de tener un espacio propio donde acomodar las fantasías adolescentes que, desde seis meses atrás, habían pasado a ser propiedad de lo imposible.

-Oiga mamá – dijo ansiosa, mientras buscaba el hombro de su madre entre las cobijas- voy al hospital, voy a tener a un bebé.

La mamá abrió los ojos, sus pupilas dilatadas brillaron en la oscuridad del cuarto, se movió con cuidado para no despertar a los tres niños que dormían con ella en la cama.

-¿Vas a dónde? – alcanzó a decir la madre antes de que la niña saliera del cuarto. Uno de los niños, que sí despertó, repitió las palabras de Blanca: va a tener un bebé.

Llegó al hospital con su mochila y con una creciente inquietud palpitándole en el pecho. Tenía quince años, pero su intuición le decía que no era normal tanta sangre, ni tanto frío, ni un temblor –ligero aún- que de pronto le surcaba la espalda. Eran las cinco de la mañana y la enfermera de guardia la llevó hasta un cubículo donde se atendían las emergencias.

La niña era primeriza, no tenía sentido despertar al doctor de guardia. Bien sabía ella, gracias a sus veinte años de experiencia como enfermera, que esas mocosas calenturientas pasan horas en trabajo de parto, lloriqueando y quejándose. Parir con dolor para que escarmienten, era la política del hospital. Tienen que sufrir para que no les queden ganas de traer otra bendición, les había dicho el director del hospital, para que las estadísticas de embarazos adolescentes bajen un poco en su jurisdicción y puedan recibir el estímulo económico que la secretaría de salud entrega a las unidades médicas que logran contener el terrible problema del embarazo adolescente.

Esperó una hora, antes que el doctor pudiera revisarla. El frío se instaló por completo en su cuerpo, a pesar de ser marzo y del clima tropical de la ciudad. La sangre, que no se detenía, fue lo que obligó a la enfermera a despertar al doctor.

-Es primeriza – se disculpó la mujer-  pero no llora, ni se queja, solo sangra, lo despierto porque la niña ya tiene un color muy feo y su presión está bajando mucho.

A partir de esas palabras, todo fue caos y ruido. Bastaron diez minutos de revisión para que el doctor se diera cuenta que aquello era una emergencia: no había tiempo que perder porque el feto ya no se movía y sus signos vitales apenas eran detectables.

A Blanca solo le dijeron que necesitaban la firma de algún familiar en una carta responsiva. Los ojos de la niña perdieron la serenidad, no sabía si habría alguien en la sala de espera para poder firmar. Propuso firmar ella misma, pero no podía, tenía que ser alguien más, alguien mayor de edad, tal vez el novio que la había dejado en ese estado o la mamá que había solapado tanta irresponsabilidad, alguna amiga, una prima, cualquiera  podría ser mejor opción; porque para el doctor, la enfermera y todo el sistema de salud, cualquier persona puede ser más responsable del cuerpo de Blanca, que ella misma.

La mamá estaba en la sala de espera, acompañada de tres niños que bostezaban  aletargados sobre las bancas metálicas. La mamá también estaba embarazada, tenía seis meses y no tenía idea del embarazo de Blanca. De haberlo sabido, pensaba mientras firmaba la carta responsiva que la enfermera le entregó, hubiera buscado al culpable de aquella desgracia para que le respondiera a la bruta de su hija, para que al menos pudiera ayudarle con los gastos que acarrearía aquel bebé.

-¿No sabía que la muchacha estaba embarazada? – preguntó la enfermera, con la superioridad moral que otorgan una cofia y un uniforme blanco.

-No, yo de pronto la vi más gordita, pero nunca imaginé…

-Es lo que dicen todas y al rato ya tienen el rosario de chamacos, muy mal señora. Vamos a tener que darle una plática de salud reproductiva a su hija y por lo que veo, también a usted.

Blanca entró al quirófano pensando en las palabras de su madre y en todas las veces que alguien le había pedido que no llorara. Recordó la noche que quedó embarazada: había salido tarde del trabajo, la mamá de los niños que cuidaba en las tardes le había pedido que permaneciera más tiempo con ellos, con la promesa de costearle el taxi de regreso a casa. Pero Blanca, tonta como le habían dicho que era, se guardó el dinero y caminó. Sin llorar mija, fue lo que dijo el desgraciado que la había seguido, desde que ella cruzó la plaza y dobló a la derecha, hasta el callejón. Sin llorar mija, le dijo, mientras le desgarraba los calzones y la ponía contra la pared.

El temblor era incontrolable y el anestesiólogo no podía encontrar el punto para colocar el bloqueo raquídeo. Blanca sintió el violento camino que hacía la aguja entre sus vértebras, las manos del anestesiólogo estrujaban su espalda.

-Está muy gorda, no puedo encontrar el punto, voy a poner bloqueo general.

Y sin poder decir algo, Blanca sintió como el doctor y la enfermera reacomodaron su cuerpo sobre la mesa de operación. Sintió el frío del metal en su espalda y el temblor, poco a poco, dejó de ser una molestia.

Recorrió con la mirada el quirófano, una luz amarilla iluminaba su abdomen, alcanzó a ver las manos enguantadas del doctor y descubrió en los ojos de la enfermera una mirada similar a la que su madre hacía cuando sentía miedo.

Todo fue caos, pero ya no había ruido. Un sueño muy pesado le cerró los ojos, lo último que vio fue el reloj: eran las 6:50 de la mañana. Había escuchado la voz de su madre pidiéndole que no llorara y no iba  a hacerlo, ya no sentía dolor o frío, ni siquiera miedo. La certeza de que todo era un sueño del cual pronto despertaría fue reconfortante. De pronto sintió que aquel cuerpo agonizante no era el suyo, ni suya la pobreza con la que creció, ni tampoco era suya esa ciudad donde todos los días se perdían las muchachas o aparecían muertas en las barrancas. De pronto se vio graduándose como maestra, cuidando de su madre y sus hermanos, al fin libre, caminando sin miedo. Decidió quedarse en aquella visión de sí misma. Se acurrucó en esas fantasías y dejó que fueran su única compañía en el encuentro con la muerte.

 


Sobre la autora:

ALD_1Analí Lagunas Díaz nació en Taxco de Alarcón Gro en el año de 1989. Sus intereses literarios la hicieron realizar estudios de literatura en la FFyL de la UNAM y actualmente se instruye en gestión cultural en la Universidad de Guadalajara. Ha amenizado con sus letras diversos encuentros de escritores en Puebla, Acapulco, CDMX, Iguala y Taxco. Sus textos más prodigiosos han sido publicado en la prestigiosa editorial Río Arriba y la Revista Asalto editada por la UAM Iztapalapa. En Agosto del 2017 fue honrada con el VI premio Estatal de Cuento, Poesía Y Ensayo Literario Joven de la Secretaría de Cultura de Guerrero, en la categoría de Cuento. Su pluma le valió ser becaria del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico del Estado de Guerrero 2017 (PECDAG) en el área de literatura con el proyecto de narrativa “Apuntes a un álbum familiar, la hipertextualidad de la memoria”.

 


La imagen de portada es un grabado de la tierna adolescencia de Anaclara Muro.

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