Nadia López: por no haber resistido la mano de mi madre

PERFECTA

A mi madre

Todo lo cumplí intachablemente.

Me ocupé de las labores propias
de una señorita, me abstuve
de levantar la voz y desdeñar
las buenas costumbres de tu reino;
posé para la instantánea
de la hija provinciana modelo,
obedecí todos tus mandatos
más por miedo que por convicción.
Tú sabes que fui la mejor de todas.

Corona de los padres son los hijos
repetías como halago y sentencia,
mientras evaluabas todo a tu alrededor.
No preguntes, no reproches,
no blasfemes,
no des tu cuerpo sin estar casada.
La prohibición era la médula de tus leyes.

Pero yo, necesitaba develar el misterio.
Había sido animal enjaulado
y al sentir el calor del sol
me dejé bañar por él,
comí de la manzana
y en su sabor encontré mi delicia.

Sé de sobra que hoy soy todas tus vergüenzas,
señal de escándalo
que te ofende con su sola mención.
Nada queda de la niña que formaste.

Y es que después de todo, madre,
lo que tú nombras rebeldía, fracaso, libertinaje
yo lo llamo albedrío,
ajuste de balanza.

***

 

CIRUELO

El árbol había resistido la sequía,
el casi eterno vendaval
y aquella plaga
que lo despojó de toda grandeza.
Pese a ello y con obstinación de roble
permaneció en pie

Vivió como un barco encallado,
una casa de juegos
para la niña que fui.
Quizá por ello mi madre
-en contra de su obsesión
por llenar el patio sólo de árboles
majestuosos, fuertes y sanos-
le concedió más vida.

Por meses creí
que ella premiaría la perseverancia
del ciruelo,
su voluntad para seguir anclado
a este mundo.
Pero me equivocaba,
la prórroga llegó a su fin:
A veces la voluntad no es suficiente,
la escuché decir,
mientras el árbol era derribado.

Nadie supo en casa
por qué no protesté, ni pude llorar
como tampoco supieron
que por años odié al ciruelo,
lo desprecié
por no haber resistido
la mano de mi madre,
por ser árbol
y no quedarse.

***

BLUE 52

 

En 1989
un equipo de oceanógrafos percibió un canto de ballena
que no se correspondía con ninguna especie conocida,
pues canta a una inusual frecuencia de 52 Hz,
quedando completamente fuera
de las capacidades vocales
y auditivas de otras especies

Song of the Sea, a Cappella and Unanswered
The New York Times. 2004.

 

Miro el galope erguido de potros blancos,
desaparecen en la espuma de este mar que brama
en estruendos de agua y sal.
Siempre la misma voz de trueno,
siempre las mismas olas.

Me cuesta imaginar los bordes de tu canto
en este mar, donde el oído no basta,
imaginar el viaje sonoro de tu voz
resonando en la nada.

Blue 52 –como te han llamado-
quizá eres la única que ha conocido
la soledad más profunda,
rodeada de pájaros marinos
vagas sin que adviertan tu canto,
nada saben de ti.

Tal vez la soledad es eso,
una voz vibrado en un desierto de ecos
sin que nadie advierta su presencia.
Me pregunto qué dirás con esa voz de 52 Hercios
tan parecida al silencio,
pienso en las historias de ballena que podrías contar,
en el amor que no acude a tu llamado
y en el horror de saber que la semilla de tu voz
es infértil.

Sigo mirando el tropel de las olas,
suspendida en este azul crepitar de aguas,
buscando la palabra exacta
que haga audible mi pensamiento
en esta hoja de arena.

Por el horizonte, la tarde se desborda
refulgente y absorta en sus colores trenzados
al agua, insensible al canto de una ballena
condenada a hablar como címbalo que retiñe
en el silencio más mudo e impávida
ante la mano que escribe y no encuentra
que naufraga y enmudece.

***

EL GATO

Tal vez fue darnos la vuelta
y dormir de espaldas, sin tocarnos,
o quizá comer con prisa,
sin decir siquiera una palabra.

 

Tal vez fue dejar que tus antes
y mis antes, siguieran viviendo
en las escamas de cada reproche;
quizá fue alimentar más al gato
que a nuestro amor:
él tan obscenamente gordo
y nosotros tan tristemente hambrientos
-necesitados-
del alimento que habitaba en la piel del otro.

Quizá sólo fue juntar soledades
e irnos muriendo de a poquito
así como el gato y sus 12 kilos
que arrastraba con dolor,
y no por ello dejaba de comer
e incluso de pedir más.
A leguas se notaba que no era feliz
comiendo y aun así sus mandíbulas
no pararon.

Tal vez fue eso, todo eso,
o quizá en ocasiones
sólo deseamos aquello
que nos hará infelices.

 


Sobre la autora:

NADIA LÓPEZ GARCÍA 2Nadia López García nació en la bella Oaxaca en 1992. Recibió el prestigioso Premio a la Creación Literaria en Lenguas Originarias Cenzontle 2017, ha sido becaria de la célebre Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía del 2015 al 2017 y ha vertido sus encantadoras letras en distintos espacios como Tierra Adentro, Punto de partida (UNAM), Periódico de Poesía (UNAM), Tema y Variaciones de Literatura (UAM), La Jornada, EstePaís, Pliego16, Círculo de poesía, Liberoamérica, Palimpsesto (Sevilla, España), entre otros.

 

 


Imagen de portada de María José Arce.

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