Lauri García Dueñas: nadie me remunera por mi trabajo como cuidadora, eso es lo que se espera de mí como mujer y madre

¡Cuidado!

Sobre “Su cuerpo dejarán” de Alejandra Eme Vázquez

Por Lauri García Dueñas

Cuando Yelitza Ruiz me invitó a presentar “Su cuerpo dejarán” de Alejandra Eme Vázquez, premio Dolores Castro de ensayo 2018, me vi en un dilema.

Hace poco más o menos un mes, había rechazado presentar un libro de Comunicación en una universidad pública porque no conocía al autor, no me iban a pagar el trabajo de lectura y escritura de la presentación y porque el pedido venía de un exalumno que solo fue un día a mi taller y utilizó como mediadora a mi amiga Ch para solicitarme la presentación, además, no me enviarían el texto, yo tenía que desplazarme en transporte público para ir por el libro. Ellos daban por hecho, sin consultarme, que yo diría que sí, hasta habían escogido la fecha.

En esa ocasión, le dije a Ch que no. Aunque me costó. Me cuesta mucho decir que no. Esa vez le expliqué a Ch que me tardo aproximadamente un mes en leer el libro que me piden presentar, porque lo hago muy detenidamente con bolígrafos de color en la mano, y también necesito varias horas en la biblioteca para escribir el texto de la presentación.

Pero, desde hace dos años y ocho meses que nació mi hijo, abstraerme para leer y escribir es muy difícil, casi imposible, porque cuido. Ahondé en detalles personales: para leer y escribir sobre un libro debo contratar y pagarle dignamente a una niñera que vaya varias tardes a mi casa mientras yo me refugio en la biblioteca o en un café y, el día de la presentación, no puedo traer a mi hijo, aunque ya lo intenté, porque es un mamífero irredento que aún no abraza la cultura y las formas, por lo que debo dejarlo con su padre, que trabaja de 3 p.m. a 12 de la medianoche o más, seis días de la semana,  recurrir a mis suegros que también trabajan o pagarle a la niñera. Por eso, aquella vez dije que no.

Pero, al mismo tiempo, me surge la culpa, la vergüenza y la preocupación judeocristianas de que si dejo de hacer trabajo literario gratuito ya no me invitarán a presentaciones públicas y quedaré confinada a la cárcel doméstica a la que temo, como los niños al señor del saco.

Por ello, no iba a decir esto que les digo en voz alta y que no es política ni literariamente correcto. Muchas veces, algunos de mis colegas y yo misma hemos intentado ocultar la precariedad de nuestras vidas materiales; responsabilidad de instituciones, empresas y personas que no le dan el justo valor a nuestro trabajo; para que nuestro capital simbólico y de prestigio como artistas no decaiga. Pero la verdad es que algunos artistas, como lo pueden intuir, estamos en peligro de extinción, más que la vaquita marina.

No iba a contar esta historia hasta que leí el libro de Alejandra y, al hacer el test de mi trabajo como maestra universitaria, escritora independiente y cuidadora en condiciones laborales precarias; y tener solo 14 de los 30 puntos que me harían gozosa de un trabajo digno; me envalentoné a decir frente a todos ustedes que yo escritora, también doy clases, además trabajo de manera independiente y cuido a un mamífero irredento que no abraza la cultura.

Tengo cuatro trabajos precarios aparte de algunos voluntariados eventuales. Y como cuido, compramos leche en polvo carísima, pagamos recibos de la luz infames y le pago a una niñera mucho más del doble de un salario mínimo por día, no puedo regalar mi trabajo intelectual a menos que se trate de mis amigos y proyectos en los que creo con fervor. Pero a veces, tampoco, porque implicaría abandonar mi propio autocuidado.

Yelitza Ruiz y Ángel Vargas son mis amigos y, además de apuestos, son talentosos y los admiro por mantener este festival, que también los coloca en situación de precariedad y vulnerabilidad, porque la institución gubernamental que debería apoyarlos no lo hace en tiempo ni en forma y los somete a un estrés innecesario que les impide cubrir algunos gastos y honorarios. Debido a esta empatía con mis amigos, decidí donar mi trabajo para leer y preparar esta presentación.

Yelitza sabía que yo tenía que leer “Su cuerpo dejarán”, como deberían hacerlo todos los que estamos reunidos hoy aquí y todos aquellos que cuidan y no cuidan, me lo predijo, de forma ventrílocua, por teléfono, porque sabe y lee que yo también cuido e intuye, quiero pensar, que durante estos últimos casi tres años he tenido el síndrome de la cuidadora y me he enfrentado, con uñas y dientes, psicoanálisis y homeopatía, a una depresión funcional que a veces me apelmaza.

Creo que Yelitza me lee, sabe que gozo y sufro mi condición de Mamífera. Además, ambas somos feministas en uno de los estados con más feminicidios del mundo y ambas hemos llorado frente a “Su cuerpo dejarán”.

Ayer, además de concordar en que todos deben leer este libro, porque es un artefacto verbal amoroso de inteligencia diáfana y generosa y humor singular, le confesé que he ido subrayando varios párrafos que quisiera salir a leerle a la gente a la parada del autobús o quisiera poder transferirles lo que leí, lo que descubrí, a mis seres amados.

Ayer caminando por la Costera, intentaba enunciar el resumen del libro en mi cabeza, para luego compartirlo con mi pareja y decirle con alborozo: Ahora sé cosas que antes solo intuía. Y celebrarlo juntos.

Este libro, a mi juicio, habla de dos asuntos trascendentales que la mayoría de personas oculta por un temor fundamentado en la endoculturación que sostiene que, si tenemos trabajo, hay que dar gracias a dios y a la vida y no quejarnos.

El primero es que la mayoría de trabajadores estamos laborando en condiciones de insoportable vulnerabilidad económica, sin seguro social ni fondo para pensiones, lo que nos puede condenar a una vejez mucho más difícil de la que está viviendo la Abuela de Autora, protagonista del libro.

La segunda es que alguien en nuestras familias, o una mujer “como de la familia”, está lavando los baños, trapeando, haciendo la comida, yendo de compras, pagando los recibos y cuidando a las niñas, niños, ancianos o enfermos de nuestra estirpe.

Con suerte, como Autora, esta persona a cargo de los cuidados estará siendo retribuida de manera económica, o en el mayor de los casos, a lo mucho, la colmaremos con palabras de agradecimiento y, a veces, ni eso. Son pocos los hombres cuidadores, pero también los hay, hay que aclararlo. Y ellos también son discriminados por realizar roles que históricamente solamente se les atribuyeron a las mujeres. Pero los cuidados son, y deben ser, como me quedó claro después de la lectura: redes, comunidades, soportes mutuos, muchas veces lúdicos y lúcidos, capaces de perdonar.

*

Hoy, vengo a decirles que yo me encontré y me leí en este libro como deseo que ustedes se encuentren y lean en él. Alguien, Autora, había estado conmigo cada vez que me ponía a llorar por el cansancio físico y emocional de cuidar. Alguien por fin me entendía. Y no me juzgaba.

Al contrario que a ella, nadie me remunera por mi trabajo como cuidadora, eso es lo que se espera de mí como mujer y madre, pero coincidimos en que a mí tampoco nadie me entrega un diploma cuando a las 11:35 p.m., después de haber relevado a mi esposo o a la niñera en el cuido del bebé a las 2 p.m. u 8 p.m. según el caso, haber hecho la mochila para la guardería, bañado y dado de comer al mamífero en cuestión, puedo volver a convertirme en escritora, a veces, en los días más largos, después de nueve horas y 35 minutos de crianza continúa.

Como se imaginarán, a veces estoy tan cansada, como lo estaba Autora, y solo quiero ver el techo, como ella, o escuchar a Jon Secada, quien me recuerda que fui joven, soltera, libre y soy un ser autónomo, más allá de mi trabajo de cuidar. Hay una mujer en mí, no solo una madre. Una de las cosas más dolorosas de convertirme en madre es que ya casi nadie pregunta por mí, la mayoría de familiares y amigos solo me preguntan por mi hijo. Ese tener que estar siempre disponible y entera para cuidar es otro de los temas a los que les hinca el diente Alejandra en su libro.

*

Este libro descorre un velo, deconstruye la endoculturización y deja ver las dinámicas perversas que invisibilizan el trabajo de cuidados y lo vuelve algo explotadoramente familiar. Devela a los Tíos Jubilados que no cuidan a su madre de casi noventa años, sino que, normalizan que ella, o ellas en derredor, lo sigan cuidando a él. Pero no lo hace confrontando, sino con amor porque este es un libro de amor a la Abuela, ser de piel hermosa y suave, experta en la alquimia invisible del funcionamiento del hogar.

La Autora fue capaz de compartir no solo la forma en que construyó el libro, de una forma personal y entrañable, sino que trascendió lo políticamente correcto y mostró y se río de sus propios prejuicios y miedos, entre otros, el miedo a envejecer, las ollas de presión y las dentaduras postizas.

*

A las puertas de este libro, me pregunto ¿realmente seremos un país de viejos en 2070? O los refuerzos que estamos mandando al futuro, como mi hijo, serán capaces de cuidarnos, luchar por nuestras pensiones y salvarnos de una vejez empobrecida y precaria. ¿Es posible un envejecimiento activo? Tengo esperanza. Este libro me dio esperanzas.

A las puertas de este libro, también me pregunto por las condiciones de cuido de las personas que viven en la pobreza y extrema pobreza, porque este texto es una mirada al fenómeno desde la clase media, la que todavía articula redes de cuidado en las que el cuidador puede ser cuidado, pero se atisba también que, en el cuido, puede haber crueldad cuando las condiciones mínimas de bienestar de la cuidadora o cuidador no son garantizadas.

A las puertas de este libro, me digo, tenemos que exigir juntos condiciones de trabajo realmente dignas. Con 30 puntos de 30. Y no hay que tener vergüenza alguna en reconocer que estamos siendo explotados, autoexplotados y colocados en precariedad y vulnerabilidad económicas por empleadores injustos.

*

Lean “Su cuerpo dejarán” a la luz de sus propias historias, miren a la Abuela que aún lava los baños a sus casi noventa años, a las mujeres que desdoblan sus discursos como ventrílocuas para ejercer su sacrosanta voluntad en el tan largamente invisibilizado trabajo doméstico, donde no hay diplomas, ni premios y solo, a veces, unas palabras de agradecimiento.  Y a veces ni siquiera eso.

Miren, miremos, quién lavó la ropa, la tendió, quién trapeó, quién cocinó, quién lavó los baños, quién cuidó a mi hijo para que yo pueda venir a decirles estas palabras.

Leamos esta pieza textual llena de honestidad y comunidad.

Gracias a la red de cuidados que hoy nos permite a todas y todos estar aquí. Gracias a la Autora y, por supuesto, a Abuela, que nos permitieron ser testigos de ese vínculo amoroso entre dos seres atravesados por la pulsión de vida, que no se rinden ante los embates del hipercapitalismo. Creo, fervientemente, después de leer a Alejandra, que son los cuidados y los autocuidados los que nos salvarán de la debacle social.


La imagen de portada pertenece a la artista Julia Mathew. Para conocer más de su obra pulsa aquí.


Sobre la autora:

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Lauri García Dueñas (San Salvador, 1980) es una talentosa escritora y periodista. Esta encantadora señorita es Maestra en Comunicación y Cultura por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), becada por la fundación Heinrich Böll. Sus bellas letras han sido publicadas en los poemarios La primavera se amotina, Sucias palabras de amor, Del mar es el ahogo (XVII Premio Interamericano de Poesía Navachiste Jóvenes Creadores 2009), El tiempo es un texto indescifrable, La tía y Atávica memoria: Virginia. Así como las plaquettes: Hombre mar y Mujer en El Mar, el desierto es verde, un error espectacular atravesado por avenidas e hipopótamos líquidos, Saigón, Cuaderno africano, América, Aquí en el borde cúspide y Filigranas. Además, es co-autora de los libros de investigación periodística: Tribus Urbanas en El Salvador y El asesinato de Roque Dalton. Mapa de un largo silencio. Como dramaturga, ha escrito Mamífera y Mientras más se grita menos se mata

Algunos de sus textos han sido traducidos al inglés,  catalán, alemán y, recientemente, al árabe. Ha participado en lecturas en voz alta y talleres en  Kenia, Francia, Colombia, Chile, México y El Salvador. En 2015 y 2016, ganó dos premios únicos nacionales en el área de poesía en El Salvador.

Catedrática de Introducción al pensamiento filosófico y Filosofías de la Comunicación en la Universidad Loyola del Pacífico.

Blog: www.laurigarcialuciernaga.blogspot.com

Correo electrónico: lauriluciernaga@gmail.com

Twitter: @lauriluciernaga

FB: Lauri García Dueñas

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