El poema descorazonador de Bianca Phipps

Tres. Cuando tu madre te dice que no tengas miedo a enamorarte, no puedes dejar de ver cómo sus manos tiemblan, te preguntas si extrañan el peso esposado del anillo que solía descansar en ese dedo, te preguntas si tú también te enamorarás de un hombre candado. Comienzas a ser cuidadosa con los muchachos de manos de jaula; ellos tienen bocas como oceános y tu madre sigue escurriendo agua de mar de sus huesos.

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